lunes, 26 de mayo de 2025

032 - Magacela / La Haba / Don Benito (Vegas Altas)


Queridos amigos,

Tras hora y media de trayecto, depósito mi cuerpo en el Yacimiento de La Mata, un conjunto arqueológico situado dentro del municipio de Campanario, vinculado a la cultura tartésica. El yacimiento es accesible al público y cuenta con un Centro de Interpretación que ofrece exposiciones y áreas multimedia que recrean la vida en la villa romana y nos acercan a la realidad de las gentes que vivieron allí. Mi situación exige continuar la ruta e impide la visita en profundidad, debiendo conformarme con unas fotografías del recinto exterior.

Desde este punto se puede ver a lo lejos, encaramada en lo alto de una colina, Magacela. Declarada Conjunto Histórico-Artístico, el origen de esta localidad se remonta 3000 años a.C., como lo evidencia el dolmen Cerca del Marzo. Este monumento megalítico, compuesto por 12 ortostatos de granito dispuestos en círculo, es testimonio de la presencia humana en la zona desde tiempos prehistóricos. Su castillo, situado en lo alto de la colina Y con orígenes en la época romana, es una de las construcciones más emblemáticas del municipio. Un hallazgo arqueológico de importancia descubierto en esta localidad es la Estela de Magacela, una piedra tallada que representa a un guerrero armado con espada, lanza y escudo. Datada entre los siglos XI y VIII a.C., esta pieza se encuentra expuesta en el Museo Arqueológico Nacional de España, en Madrid.

Otras dos horas de caminata me sitúan en La Habla, una pequeña población de algo más de 1000 habitantes. Según he podido conocer, un aspecto curioso de esta localidad es su habla, que forma parte del conjunto de variedades del español extremeño. Aunque no se trata de un dialecto completamente diferenciado, el habla de La Haba incluye rasgos que la distinguen del castellano estándar. Reconozco que tengo mis dificultades para entenderles.

Tras una breve escala, oriento mi cuerpo y la mirada hacia el final de la etapa, Don Benito. Lo hago con desgana por el calor reinante; y también, sin imaginar siquiera que, en unas horas, el destino me traerá de nuevo a esta población, al no encontrar “alojamiento razonable” en Vegas Altas, el nuevo nombre asignado a Don Benito y Villanueva de la Serena, tras el proceso de fusión llevado acabo en 2022, un hito histórico en Extremadura. Tras décadas de colaboración y convivencia como localidades vecinas —separadas por apenas cinco kilómetros—, ambas decidieron dar un paso firme hacia la integración administrativa, económica y social. Todo ello, con un objetivo claro: crear una nueva ciudad que sume recursos, potencie el desarrollo y se convierta en un referente a nivel regional y nacional. Tras varios procesos participativos y consultas, el nombre elegido para el nuevo pueblo resultante fue Vegas Altas, en referencia a la comarca que ambas ciudades comparten, y que simboliza tanto su identidad común como su vocación agrícola y emprendedora.

La fusión de ambos municipios no solo tiene un impacto simbólico, sino también económico y administrativo. Al sumar fuerzas, la nueva ciudad supera los 60.000 habitantes, lo que le permite acceder a más fondos europeos, mejorar infraestructuras, optimizar servicios públicos y atraer inversiones. Además, se busca unificar los servicios municipales, crear una red urbana cohesionada y fomentar una identidad compartida entre los ciudadanos de ambas localidades. Todo un ejemplo de visión estratégica, cooperación y valentía política en una España donde este tipo de uniones son muy poco frecuentes, por no decir inexistentes.

Posiblemente, el principal referente del antiguo municipio de Don Benito sea la Iglesia de Santiago Apóstol, un imponente templo gótico del siglo XVI. Otro lugar emblemático es el Museo Etnográfico, ubicado en una antigua casa solariega. Este museo ofrece un recorrido por la vida cotidiana de la región a lo largo de los siglos, mostrando oficios tradicionales, herramientas agrícolas, trajes típicos y objetos del hogar que permiten al visitante entender la evolución de la sociedad local. Y para finalizar, el Teatro Imperial, inaugurado en los años 30 del pasado siglo XX.

Hoy deseo escribir sobre el diferente trato que damos a los animales. Estos últimos días he podido observar numerosas granjas de explotación animal, fundamentalmente, vacas y cerdos. Al ver las condiciones en las que viven estos animales, hacinados, sucios y privados de libertad, he pensado en la hipocresía y crueldad del ser humano. Resulta llamativo en el mundo actual el abismo que separa el trato que damos a los animales de compañía, mimados y humanizados, y a los animales de granja, explotados a gran escala en sistemas de producción industrial.

Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, cada año se sacrifican en el mundo más de 80.000 millones de animales terrestres para consumo humano. En su mayoría, son criados en granjas intensivas, donde el bienestar animal queda en un segundo plano frente a la rentabilidad económica. Muchos de estos animales viven en espacios hacinados, con movilidad reducida, y son sometidos a procedimientos rutinarios dolorosos como el corte de picos, rabos o cuernos.

En contraste, en Europa y especialmente en España, el número de animales de compañía ha crecido de forma exponencial en los últimos años. Según la Asociación Nacional de Fabricantes de Alimentos para Animales de Compañía (ANFAAC), en 2023 había en España más de 30 millones de mascotas registradas, con una creciente inversión por parte de las familias en alimentación premium, servicios veterinarios, accesorios e incluso productos de lujo.

En las ciudades, es habitual ver perros en carritos, vestidos con abrigos, impermeables o incluso disfraces. Algunos dueños celebran cumpleaños, llevan a sus mascotas a sesiones de fisioterapia, psicología canina o peluquería especializada. Esta humanización del animal doméstico refleja un cambio cultural profundo, donde el perro o el gato deja de ser “mascota” para convertirse en “miembro de la familia”.

Pero este trato afectuoso contrasta brutalmente con la indiferencia generalizada hacia el sufrimiento de vacas, cerdos, pollos o corderos. ¿Por qué sentimos compasión por unos y no por otros?

El problema no es querer a nuestras mascotas, sino la incoherencia ética que supone proteger a unos animales mientras se ignora el dolor de otros. Debemos apoyar modelos de ganadería extensiva o ecológica, y exigir mayor transparencia sobre el bienestar animal.

En un mundo cada vez más consciente de la necesidad de una vida sostenible y justa, este tipo de reflexiones no son un capricho ideológico, sino una necesidad ética. Porque respetar a los animales no debería depender de su función en nuestra vida, ni de si duermen en una cama o acaban en una bandeja de poliestireno.

En fin, cosas mías…

“Uno es más que cero”

Un abrazo,
Jon


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