jueves, 3 de julio de 2025

062 - Aldehuela del Jerte / Carcaboso / Ciudad romana de Cáparra


Queridos amigos,

Situado sobre el puente medieval que salva el río Jerte, vuelvo la mirada hacia el imponente recinto amurallado de Galisteo. Lo hago a modo de despedida y en absoluto silencio, con el compromiso personal de regresar en un futuro próximo.

Una hora de viaje en plena noche me acerca a Aldehuela del Jerte, un minúsculo municipio casi abrazado por el río del mismo nombre. El silencio reina en el lugar. Únicamente mis pasos, desorientados en la búsqueda del camino hacia el norte, resuenan sobre el asfalto y las calles empedradas.

Esta localidad fue fundada en el siglo XIII como aldea perteneciente al Señorío de Galisteo. En 1916 adoptó su actual denominación. Dentro de su término municipal aún se conservan bloques de origen romano, vestigios del trazado original de la antigua calzada de la Vía de la Plata. Su principal bien patrimonial es, probablemente, la iglesia parroquial de San Blas, edificada entre los siglos XVII y XVIII. En cuanto a la economía local, sigue estando fuertemente ligada al cultivo de pimiento, maíz y tabaco, actividades que se complementan con la ganadería.

Una hora más tarde, ya con el sol presente, accedo a Carcaboso, la primera —y única— localidad con servicios en esta nueva etapa del recorrido por la regeneración política en España. Situada también a orillas del río Jerte, cuenta con aproximadamente un millar de habitantes. Su origen es remoto: en el cercano Cerro de Triquiñuelo, a escasos cientos de metros al norte del núcleo urbano, se han hallado tumbas megalíticas, testimonio de su pasado ancestral. Durante la época prerromana existieron asentamientos celtas en la zona, y bajo dominio romano se convirtió en un paso estratégico, como lo demuestran los miliarios conservados junto a la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, un templo construido entre los siglos XVI y XVII.

La comida ha estado muy bien, pero quedan los postres. Léase, un largo camino por la dehesa cacereña hasta la antigua ciudad romana de Cáparra. Sin servicios y con el agua racionada, en un escenario de calor asfixiante, poco ha faltado para sucumbir en el trayecto.

Esta ciudad, situada en el norte de la provincia de Cáceres, dentro del término municipal de Oliva de Plasencia, es uno de los yacimientos arqueológicos más relevantes de Extremadura. Ubicada estratégicamente en la antigua Vía de la Plata, Cáparra fue un importante núcleo urbano durante el periodo romano, con una historia que se remonta al siglo I a. C.

Los primeros indicios de ocupación en Cáparra se remontan a tiempos prerromanos, con presencia vetona, un pueblo celta de la meseta occidental. Sin embargo, no será hasta la llegada de los romanos cuando el asentamiento adquiera verdadera importancia. La construcción de la Vía de la Plata, calzada que unía Emerita Augusta (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga), supuso el impulso definitivo para el desarrollo urbano de Cáparra.

En el periodo romano, fue elevada al rango de municipium durante el Alto Imperio, probablemente bajo el mandato de Augusto o de su sucesor Tiberio. Su nombre completo fue Municipium Flavium Caparense, lo que indica su integración en la administración romana y la concesión del derecho latino a sus habitantes. La ciudad funcionó como centro económico, administrativo y religioso para la región circundante. Fue durante los siglos I al III d. C., cuando Cáparra experimentó su máximo esplendor.

Hoy, como un soldado emérito, descolgado en el tiempo de las antiguas Legiones Alaudae o X Gemina, y bajo este Arco emblemático, dejó aquí escrito: “Cogito, ergo insisto. Virtus in arduis”.

Se ve que el calor nuevamente ha reblandecido mi cerebro. Quizá por eso hoy quiero hablaros de las hormigas… y del poder. A menudo, en los polvorientos caminos por los que traslado mi cuerpo, me cruzo con hileras de hormigas: disciplinadas, incansables, laboriosas. Trabajan con un ahínco admirable en tareas que parecen perfectamente definidas, como si respondieran a un orden invisible pero inquebrantable.

Estos diminutos seres son famosos por su asombrosa fuerza relativa: pueden cargar objetos que superan con creces su propio peso. Algunas especies levantan hasta 50 veces lo que pesan. Otras, como las hormigas tejedoras, pueden llegar a cargar hasta 100 veces su peso corporal.

Desde mi altura, las contemplo absorto. Me recuerdan a trabajadores de empresas indefinidas, obedeciendo normas que desconozco, pero que claramente existen y rigen su mundo con firmeza. Veo en ellas un sistema perfectamente organizado, aunque ajeno, casi misterioso.

Y no puedo evitar pensar en el paralelismo. Yo, observándolas desde arriba, me siento como podría hacerlo un empresario, o incluso el propio poder establecido. Sin pretenderlo, trazo una línea que une su mundo con el nuestro: el de los millones de trabajadores que pueblan la Tierra y el de ese poder absoluto que, con cada día que pasa, se concentra en manos de unos pocos.

Sé que podría, con un solo gesto, arrasar ese pequeño universo de hormigas que tengo ante mí. Y al mismo tiempo, intuyo —con inquietante claridad— que ese mismo poder que domina el mundo podría hacer lo propio con nosotros.

En fin, cosas mías…

“Uno es más que cero”

Un abrazo,
Jon

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