Queridos amigos,
He pasado la noche en vela, sin poder dormir, debido al incesante ruido generado por las fiestas patronales de Alcanadre. La música y el bullicio no han cesado hasta bien entrada la mañana, alrededor de las siete. Eso sí, puedo dar fe de que los vecinos han demostrado una entrega absoluta a su Patrón, San Roque.
Después de desayunar y despedirme de Laura, la amable hospitalera de Reus (Tarragona) que gestiona el albergue de Alcanadre, emprendo camino hacia Calahorra: una etapa sin servicios en todo el recorrido.
¡Gracias, Laura, por tu excelente atención!
En la jornada de hoy, prácticamente la totalidad del trayecto discurre en paralelo al río Ebro, a la línea ferroviaria Logroño-Zaragoza, y a la autopista A68 que se encarga de aportar el ruido que los vecinos de Alcanadre han dejado aparcado.
Calahorra es una ciudad situada en el sureste de La Rioja, a orillas del río Cidacos. Con una población cercana a los 26.000 habitantes, es la segunda ciudad más poblada de la comunidad autónoma, tras Logroño. Su importancia histórica, su patrimonio monumental y su economía diversificada hacen de Calahorra un núcleo destacado dentro de la región.
Cuenta con una rica historia que se remonta a la época prerromana, cuando fue habitada por los pueblos celtas y vascones. Sin embargo, alcanzó su máximo esplendor durante el dominio romano, bajo el nombre de Calagurris Nassica Iulia, convirtiéndose en una de las ciudades más importantes del norte de Hispania. Fue centro administrativo y judicial, y cuna de importantes figuras como el filósofo Séneca el Viejo y el orador Quintiliano.
Durante la Edad Media, Calahorra fue un importante bastión fronterizo en la lucha entre musulmanes y cristianos. En el año 1045 fue conquistada por el rey García Sánchez III de Navarra. Más tarde, pasó a formar parte del Reino de Castilla. Su relevancia eclesiástica también creció, convirtiéndose en sede episcopal, lo cual aún se refleja en su imponente catedral.
El patrimonio monumental que posee es testimonio de su larga y rica historia. Destacan especialmente:
- La Catedral de Santa María: De estilo gótico, se alza sobre una antigua iglesia visigoda y, posiblemente, sobre un templo romano anterior. Es uno de los principales templos religiosos de La Rioja.
- El Museo de la Romanización: Situado en un palacete del siglo XIX, este museo alberga una extensa colección de restos arqueológicos romanos, testimonio de la importancia de Calagurris en el Imperio.
- El Casco Antiguo: Recorrer sus calles estrechas permite descubrir restos de murallas, antiguos aljibes, iglesias como la de San Andrés, y rincones con encanto que remiten a su pasado medieval y renacentista.
- Yacimientos arqueológicos: En las cercanías y dentro del mismo casco urbano se encuentran restos de villas romanas, termas y acueductos.
Además, el sector comercial y de servicios ha crecido significativamente, convirtiendo a Calahorra en un centro comarcal de referencia. El turismo cultural y gastronómico también ha cobrado importancia, en parte gracias a la promoción de eventos como las Jornadas de la Verdura.
Hoy he tenido la gran fortuna de alojarme en el complejo “El Albergue”, situado junto a la iglesia de San Francisco, en pleno casco antiguo. Aquí he podido disfrutar no solo de sus instalaciones y excelente cocina, sino también de la calidez, amabilidad y atención de todo el equipo. ¡Gracias Miguel, a ti, a tu familia y a todo el personal por hacerme sentir como en casa.
Cuesta creerlo, y aún más asimilarlo, pero esta noche las campanas de la Catedral de Santa María han repicado sin descanso durante dos largas horas, desde las 21:30h hasta las 23:20h. Me pregunto: ¿Es realmente necesario? ¿Cuál es el propósito de algo así? ¿Qué valor aporta a estas horas de la noche?.
Acomodado en la terraza del restaurante “El Albergue”, escucho a varias personas a mi alrededor expresar el mismo desconcierto y molestia. No se trata de una tradición breve o simbólica, sino de un ruido persistente que interrumpe la conversación, el descanso y el disfrute del entorno. Esta situación me empuja a escribir unas líneas sobre el impacto del ruido.
En la vida cotidiana, el ruido se ha convertido en un compañero constante, a menudo ignorado pero profundamente perjudicial. Desde la música estridente que escapa de altavoces en espacios públicos (y no tan públicos), hasta el rugido de motocicletas modificadas o el hábito cada vez más común de hablar en voz alta en la calle o en el transporte, el exceso de sonido ha dejado de ser solo una molestia ocasional para convertirse en un problema de salud pública y convivencia social.
Diversos estudios han demostrado que la exposición constante a niveles elevados de ruido puede generar estrés, irritabilidad, dificultades de concentración, insomnio e incluso problemas cardiovasculares. Más allá del impacto físico, este tipo de contaminación acústica afecta también a la calidad de vida y a las relaciones humanas. La sobreestimulación sonora crea un entorno donde es difícil relajarse, reflexionar o simplemente disfrutar del silencio.
Además, la normalización del ruido como parte de la vida moderna ha erosionado la consideración hacia los demás. Poner música a todo volumen o acelerar innecesariamente una motocicleta no solo busca destacar o imponer una presencia, sino que también demuestra una falta de empatía hacia quienes comparten el mismo espacio.
Considero fundamental recuperar el valor del respeto acústico como parte de una convivencia más saludable. El silencio, lejos de ser vacío o incómodo, puede ser un acto de cortesía, un derecho y una forma de bienestar. Reconocer el impacto del ruido es el primer paso para construir entornos más armónicos, tanto en lo individual como en lo colectivo.
“Uno es más que cero”
Un abrazo,
Jon
En la vida cotidiana, el ruido se ha convertido en un compañero constante, a menudo ignorado pero profundamente perjudicial. Desde la música estridente que escapa de altavoces en espacios públicos (y no tan públicos), hasta el rugido de motocicletas modificadas o el hábito cada vez más común de hablar en voz alta en la calle o en el transporte, el exceso de sonido ha dejado de ser solo una molestia ocasional para convertirse en un problema de salud pública y convivencia social.
Diversos estudios han demostrado que la exposición constante a niveles elevados de ruido puede generar estrés, irritabilidad, dificultades de concentración, insomnio e incluso problemas cardiovasculares. Más allá del impacto físico, este tipo de contaminación acústica afecta también a la calidad de vida y a las relaciones humanas. La sobreestimulación sonora crea un entorno donde es difícil relajarse, reflexionar o simplemente disfrutar del silencio.
Además, la normalización del ruido como parte de la vida moderna ha erosionado la consideración hacia los demás. Poner música a todo volumen o acelerar innecesariamente una motocicleta no solo busca destacar o imponer una presencia, sino que también demuestra una falta de empatía hacia quienes comparten el mismo espacio.
Considero fundamental recuperar el valor del respeto acústico como parte de una convivencia más saludable. El silencio, lejos de ser vacío o incómodo, puede ser un acto de cortesía, un derecho y una forma de bienestar. Reconocer el impacto del ruido es el primer paso para construir entornos más armónicos, tanto en lo individual como en lo colectivo.
“Uno es más que cero”
Un abrazo,
Jon
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