Queridos amigos,
Atrás quedan las montañas de la Sierra de Guadarrama para dar paso a las planicies de Castilla, en estas fechas adornadas por entero en tonos marrones claros. Acompaña mi viaje el silencio. Las vistas de Segovia desde Zamarramala en estas primeras horas del día son realmente espectaculares. Desde lo alto varios globos de diferentes colores ofrecen a sus afortunados inquilinos las mejores vistas posibles de la ciudad y su entorno. Humildemente reconozco la envidia que produce en mi persona.
Antes de alcanzar mi destino en el día de hoy -Santa María la Real de Nieva- visitaré un hilo de pequeños pueblos sin apenas servicios, una carencia agravada al ser domingo.
La primera de estas aldeas, Valseca, cuenta con una población de unos 200 habitantes.Aunque pueda parecer insignificante por su tamaño, aparece documentada ya en 1247, con las formas “Val Seca”, “Balseca”, su significado literal sería “Valle Seco”, posiblemente por la orografía o características del terreno. Existe presencia de restos antiguos, por ejemplo tumbas celtíberas en la zona de San Medel, lo que demuestra que ya antes de la dominación romana había asentamientos en el territorio. En el siglo XX alcanzó su mayor población en las décadas de los 40 y 50; posteriormente empezó un proceso de declive demográfico ligado al abandono del campo y a la mecanización y urbanización.
Su patrimonio se centra en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción (siglo XVIII) y varias ermitas, como son: San Roque, Santo Cristo del Humilladero (siglo XVI) y San Medel. Como es de suponer, su economía se centra en la agricultura y ganadería. Un producto muy destacado son los garbanzos de Valseca, que tienen Marca de Garantía, y gozan de gran reputación por su calidad.
Caminando bajo el sol por llanuras infinitas atravieso Los Huertos, Añe y Pinilla Ambroz, todas ellas pequeñas aldeas con unas pocas decenas de habitantes y ligadas a la repoblación medieval de la meseta castellana, cuando numerosos pequeños núcleos surgieron alrededor de Segovia.
Y por fin, Santa María la Real de Nieva. El origen de esta localidad de unos 900 habitantes se remonta al siglo XIV, cuando la reina Catalina de Lancaster, esposa de Enrique III de Castilla, mandó edificar un monasterio tras el hallazgo de una imagen de la Virgen en 1392 en un paraje cercano. A partir de este acontecimiento se levantó el Monasterio de Santa María la Real, alrededor del cual fue creciendo la villa. La población gozó de privilegios reales, entre ellos la celebración de ferias y mercados, lo que contribuyó a su desarrollo durante la Baja Edad Media.
Este monasterio de estilo gótico, cuenta con un claustro románico-gótico considerado uno de los más bellos de la provincia por su conjunto de capiteles historiados. La iglesia del monasterio, con su portada y bóvedas góticas, refleja la importancia del enclave como lugar de peregrinación y devoción mariana. Además del monasterio, el casco urbano conserva edificios de arquitectura tradicional castellana y un entramado de calles que mantienen el valor histórico de la villa.
La economía de Santa María la Real de Nieva ha estado tradicionalmente ligada a la agricultura y la ganadería, actividades que siguen teniendo peso en la vida local. La producción de cereales, junto con la cría de ovino y bovino, han sido pilares básicos. En las últimas décadas, el turismo rural y cultural ha cobrado protagonismo, gracias a la atracción que genera su patrimonio artístico y la cercanía a Segovia.
La jornada ha resultado especialmente exigente, no solo por la distancia recorrida —37 kilómetros— y el calor, sino sobre todo por la monotonía del paisaje, que da la impresión de caminar sin avanzar y acaba generando un notable desgaste psicológico.
“Uno es más que cero”
Un abrazo,
Jon
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