jueves, 18 de septiembre de 2025

116 - Simancas / Ciguñuela / Wamba / Peñaflor de Hornija


Queridos amigos,

En la jornada de hoy caminaré arropado por la fascinante historia medieval, de nuevo entre pinares y campos infinitos de cereales. En apenas, una hora de caminata accedo a la primera de las poblaciones que visitaré hoy: Simancas.

Esta localidad de poco más de 5000 habitantes se halla situada en la provincia de Valladolid. Su historia se remonta a la época prerromana, aunque adquirió especial relevancia durante la Edad Media. Tras la repoblación cristiana en el siglo XI, Simancas se convirtió en un enclave estratégico por su ubicación a orillas del río Pisuerga, siendo escenario de numerosos enfrentamientos entre musulmanes y cristianos. Durante el reinado de los Reyes Católicos, la localidad adquirió gran importancia gracias a su castillo, que más tarde sería adaptado como archivo histórico.

El patrimonio más destacado de esta villa es, sin duda, el Castillo de Simancas, hoy sede del Archivo General de Simancas, fundado en 1540 por Carlos I y desarrollado bajo Felipe II como el primer archivo oficial de la Monarquía Hispánica. En él se conservan documentos de gran valor histórico, convirtiendo a Simancas en un referente a nivel mundial. Además, la localidad cuenta con la iglesia parroquial de El Salvador, de estilo románico con transformaciones posteriores, y con un bellísimo puente medieval de origen romano que cruza el Pisuerga. El casco histórico, con calles empedradas y casas tradicionales castellanas, conserva el sabor de la villa histórica.

La economía de Simancas combina el sector primario con los servicios y el turismo. La agricultura, especialmente de secano (cereales, vid y girasol), sigue teniendo presencia, aunque ha perdido peso en las últimas décadas. El turismo cultural es cada vez más importante, gracias al atractivo del archivo, el castillo y el entorno natural junto al río. A ello se suma el crecimiento del sector servicios vinculado a la cercanía con Valladolid, lo que ha convertido a Simancas también en un lugar residencial para personas que trabajan en la capital.

Con la desazón que supone tener que abandonar un lugar tan esplendido, retomo la ruta. Ahora camino sin la protección del arbolado, expuesto al sol que cae implacable sobre mí. A medida que avanzo hacia Ciguñuela, el calor aumenta con rapidez y pronto el sudor comienza a resbalar por mis mejillas. No tardo en encontrar compañía: los insectos. Pocas cosas fatigan más a un caminante que las moscas y los mosquitos. Se diría que Dios estaba de muy mal humor el día en que decidió crear estos pequeños animales. Y lo hizo a conciencia: feos, ágiles, cansinos, perseverantes, insolentes…, y todos los adjetivos que le queramos poner. Eso sí, parece que le faltaron materiales para rematarlos, así que les instaló el cerebro justo para mantenerse en vuelo. Con estos pensamientos llego a la segunda localidad de la jornada: Ciguñuela.

La historia de está pequeña población de unos 350 habitantes se remonta a la Edad Media, cuando fue una de las muchas aldeas vinculadas al proceso de repoblación llevado a cabo tras la Reconquista. Durante siglos, su población vivió bajo la organización concejil típica de la meseta castellana, dependiendo en gran medida de la agricultura y de los lazos con Valladolid, que pronto se convirtió en el gran centro político y económico de la región.

De entre su patrimonio, destaca la iglesia parroquial de San Ginés, edificio de origen medieval que conserva elementos de distintas épocas debido a las reformas y ampliaciones que ha sufrido. También es reseñable la ermita del Cristo del Humilladero, ejemplo de la religiosidad popular castellana.

El principal medio de vida de Ciguñuela sigue estando vinculado al sector primario. La agricultura, especialmente el cultivo de cereales como el trigo y la cebada, constituye la base de su economía, junto con el viñedo en menor medida. La ganadería, aunque más reducida, también aporta actividad al entorno.

Hacer planes siempre resulta útil, pero conviene recordar que deben ir envueltos en un delicado manto de fragilidad. Así lo he podido comprobar hoy al llegar a Wamba. Había trazado la jornada con la idea de detenerme en esta población para comer y hacer alguna pequeña compra, pero al llegar descubro que todo se encuentra cerrado: panadería, tiendas y bares. No hay posibilidad alguna de comprar alimentos. Una vez más compruebo que la información que internet nos ofrece sobre lugares y establecimientos es, en muchos casos, poco fiable y, en el peor, directamente errónea.

Wamba toma su nombre del rey visigodo homónimo, elegido allí en el año 672 tras la muerte de Recesvinto, en un lugar donde entonces existía una villa visigoda conocida como Gérticos o Gerticós. De la primitiva iglesia visigoda apenas se conservan algunos restos decorativos, hoy custodiados en el Museo Arqueológico de Valladolid. Con la repoblación posterior a la Reconquista, el templo fue reedificado o reconstruido en parte. A lo largo de los siglos ha sufrido diversas reformas y ampliaciones, en las que se entrelazan huellas del arte mozárabe con elementos románicos.

Entre los principales atractivos patrimoniales de Wamba destacan:

  • La iglesia de Santa María de la O, declarada Bien de Interés Cultural. Su cabecera se atribuye al arte mozárabe —tradicionalmente vinculada a época visigoda—, mientras que las naves, pilares y arcos responden al estilo románico.
  • La capilla del Osario, situada en el interior del templo, donde se conservan cientos de huesos humanos —calaveras, tibias, fémures, entre otros—. Se estima que allí reposan entre mil y más de dos mil restos.
  • Otras capillas históricas, como la de Doña Urraca, así como antiguos frescos y diversos elementos decorativos de origen visigodo.
Al igual que en otros pueblos de la zona, su economía se apoya en la agricultura de secano —principalmente trigo y cebada— y, en menor medida, en la ganadería.
El osario, la iglesia de Santa María de la O, su valioso patrimonio histórico-artístico y la singularidad de ser el único municipio español cuyo nombre comienza por “W” atraen a numerosos visitantes, lo que genera ingresos a través del turismo, la hostelería local y los servicios asociados.
Junto a esta base tradicional, surgen iniciativas más modernas, como Wamba Nuts, dedicada a la producción de almendra ecológica. También forman parte del paisaje actual las plantas fotovoltaicas y los aerogeneradores que se alzan en los alrededores.

Dos horas largas de caminata bajo un sol de justicia llevan mi extenuado cuerpo a Peñaflor de Hornija, el final de la jornada. Este pueblo se asienta sobre un cerro que domina el valle del río Hornija, lo que le confiere una posición estratégica que ha marcado gran parte de su historia.

Sus orígenes se remontan a la Edad Media, cuando formaba parte de los territorios de repoblación del valle del Duero. En época medieval fue una localidad fortificada, con un castillo que servía de defensa y de control del paso por el valle. Durante siglos estuvo vinculado a señoríos nobiliarios y religiosos, jugando un papel importante en la organización del territorio rural.

El patrimonio más destacado es la iglesia parroquial de San Miguel, de origen medieval. También existen restos de antiguas construcciones defensivas y casas tradicionales de piedra que reflejan la arquitectura popular de la comarca. El entorno natural del río Hornija y los miradores del cerro en el que se asienta el pueblo completan el atractivo patrimonial y paisajístico.

La economía de Peñaflor de Hornija está ligada principalmente a la agricultura de secano, con cultivos de cereales como el trigo y la cebada, así como al viñedo, que forma parte de la tradición vitivinícola de la provincia. La ganadería, en especial la ovina, también desempeña un papel relevante en la vida económica local.

Paseando al atardecer con mi amigo José Manuel por los miradores del cerro, mientras disfrutábamos de unas maravillosas vistas de los valles, hemos tenido el privilegio de coincidir con David, propietario de una antigua bodega excavada en roca. Pronto nos ha invitado a conocer el interior y degustar unos vasos de vino de la tierra. Una bodega con alma, propio de los lugares que se han construido con mucho esfuerzo y cariño.
¡Gracias David!

“Uno es más que cero”

Un abrazo,
Jon

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