Queridos amigos,
Hoy es uno de noviembre, festividad de Todos los Santos. Mientras camino hacia Santander bajo una lluvia intensa que no concede tregua, acuden a mi memoria personas que ya no están presentes. Al volver la mirada hacia atrás, puedo ver a mis padres; a mi hermano pequeño, Kepa, que falleció muy joven; a quienes fueron mis suegros —personas buenas y honestas—; a mis abuelos… En definitiva, a seres queridos que formaron parte de mi vida y que hoy llevo en el corazón. De jóvenes, en demasiadas ocasiones, no somos conscientes ni sabemos valorar debidamente a nuestros progenitores, su esfuerzo y los sacrificios que hicieron para que pudiéramos tener una vida mejor que la suya. Hoy soy plenamente consciente de su lucha diaria por la supervivencia y el cuidado de su familia. Puedo sentir la vida de mis padres, marcada en demasiadas ocasiones por las penurias y con apenas recompensas de ningún tipo, pero también con dignidad inquebrantable. Siento también su protección, dispensada siempre desde la disciplina y el cariño. Descansen en paz❤️
Con estos pensamientos alcanzo la primera de las poblaciones que visitaré en esta jornada: Somo. Esta es una pequeña localidad costera de algo menos de 1800 habitantes situada frente a Santander, en la margen oriental de la bahía. Tradicionalmente fue un pequeño pueblo marinero y agrícola, cuyos habitantes vivían de la pesca, la recolección de mariscos y los cultivos locales. Su historia se remonta a la Edad Media, cuando formaba parte de las antiguas jurisdicciones rurales cántabras y mantenía estrechos lazos comerciales con la capital. A partir de la segunda mitad del siglo XX, experimentó una transformación profunda con la llegada del turismo. Su extensa playa, de más de dos kilómetros y unida a la de Loredo, se convirtió en uno de los grandes atractivos de la costa cántabra, destacando por su belleza y condiciones óptimas para el surf. El arenal del Puntal, que se adentra en la bahía, es uno de sus paisajes más emblemáticos.
El patrimonio de Somo reside sobre todo en su entorno natural —playas, dunas e isla de Santa Marina— y en las tradicionales casas montañesas que aún conserva. El Centro de Surf de Somo y las numerosas escuelas especializadas han dado fama internacional al pueblo como destino deportivo y turístico. Hoy, la economía local depende principalmente del turismo y los servicios asociados: hostelería, restauración y actividades náuticas. Sin embargo, aún se mantienen algunas prácticas tradicionales, como la pesca artesanal o la pequeña ganadería.
Un esfuerzo añadido de tres kilómetros me sitúan en Pedreña. Esta es pequeña pedanía del municipio de Marina de Cudeyo. Se halla situada en la orilla sur de la bahía de Santander, frente a la capital cántabra. De origen medieval, su historia ha estado siempre ligada al mar: durante siglos sus habitantes vivieron de la pesca, la carpintería de ribera y la recolección de marisco, combinando estas tareas con la agricultura y la ganadería de subsistencia.
El pueblo conserva su encanto tradicional, con casas montañesas de piedra, la iglesia parroquial de San Pedro y un entorno natural privilegiado formado por la ría de Cubas, las marismas del Miera y las vistas hacia la bahía. Estas marismas, protegidas por su valor ecológico, son uno de los paisajes más característicos de la zona. Un punto clave en la historia moderna de Pedreña fue la creación del Real Golf de Pedreña en 1928, uno de los campos más prestigiosos de España, y el nacimiento del reconocido golfista Severiano Ballesteros, que dio fama internacional al pueblo. Hoy, su economía se basa en el turismo, los servicios y las actividades deportivas, especialmente el golf y la náutica, aunque aún subsisten algunas labores pesqueras y ganaderas.
Aquí, en el embarcadero situado frente al magnífico Restaurante Tronky donde he tenido la oportunidad de comer en numerosas ocasiones, tomo un barco que me conducirá a Santander, el final de la jornada. Esta ciudad, capital de Cantabria, con alrededor de 175.000 habitantes, se erige en la costa norte de España como una ciudad en la que confluyen historia, naturaleza y modernidad. Situada a orillas de una de las bahías más bellas del mundo —según numerosos geógrafos y viajeros—, su perfil urbano combina la tradición marinera con una elegante arquitectura y un dinamismo que la ha convertido en un referente del norte peninsular.
Sus orígenes se remontan a tiempos prerromanos, aunque su primera mención relevante aparece en época romana bajo el nombre de Portus Victoriae Iuliobrigensium. Este enclave servía de punto de conexión entre las rutas terrestres de la antigua Cantabria y el mar, y su ubicación estratégica favoreció el intercambio comercial. Tras la caída del Imperio romano, la zona fue objeto de incursiones y repoblaciones sucesivas, especialmente a partir de la Alta Edad Media.
Durante el siglo XI, el monasterio de San Emeterio y San Celedonio —en torno al cual se desarrolló el núcleo urbano— consolidó el carácter religioso y marítimo de la villa. El topónimo “Sant Emeter” acabaría derivando en el actual “Santander”. En el siglo XIII, el rey Alfonso VIII le concedió el fuero, lo que significó el reconocimiento de sus privilegios y la apertura a una etapa de prosperidad ligada al comercio marítimo. El puerto de Santander alcanzó una gran relevancia en los siglos XVI y XVII, sobre todo en la exportación de lana castellana hacia los Países Bajos e Inglaterra. Posteriormente, en el siglo XVIII, se convirtió en el principal punto de embarque de las mercancías de Castilla con destino a América, lo que impulsó el crecimiento urbano y el florecimiento de la burguesía local. En 1755, el monarca Fernando VI le otorgó el título de ciudad, y en 1801 se creó el Consulado del Mar, reforzando su papel comercial. El siglo XIX trajo consigo transformaciones notables: la construcción del muelle de Maliaño, la llegada del ferrocarril y la consolidación del barrio de El Sardinero como destino turístico de moda. Santander se convirtió en un centro de veraneo aristocrático, especialmente a raíz de las estancias estivales de la familia real, que impulsaron la edificación del Palacio de la Magdalena (1908-1912). Sin embargo, el devastador incendio de 1941 marcó un antes y un después. El fuego, avivado por un fuerte viento sur, destruyó el casco antiguo y dejó miles de personas sin hogar. La reconstrucción posterior modernizó la ciudad, abriendo amplias avenidas y reorganizando el tejido urbano, lo que dio lugar al Santander que hoy conocemos.
Su patrimonio refleja tanto su pasado histórico como su vocación marítima y cultural. La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, de estilo gótico, se alza sobre una antigua iglesia románica; su cripta, la del Cristo, conserva restos medievales de gran valor. El Palacio de la Magdalena, símbolo indiscutible de la ciudad, se levanta en una península rodeada por el mar, con jardines, acantilados y una panorámica única de la bahía. Hoy es sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, que atrae cada verano a estudiantes y académicos de todo el mundo. Entre los edificios civiles destacan el Banco Santander, cuya sede monumental en el Paseo de Pereda se ha convertido en un icono urbano, y el Gran Casino del Sardinero, ejemplo del modernismo elegante de principios del siglo XX. Otros espacios culturales de relevancia son el Centro Botín, obra del arquitecto Renzo Piano, que combina arte contemporáneo, cultura y ocio en el corazón del puerto, y el Museo Marítimo del Cantábrico, dedicado a la historia y la biología del mar que ha definido la identidad santanderina. Los parques y playas completan su patrimonio natural: el Parque de Mataleñas, el Parque de las Llamas y las playas de El Sardinero, La Magdalena o Los Peligros son espacios emblemáticos.
Históricamente, la economía de Santander se ha apoyado en tres pilares fundamentales: el puerto, la pesca y el comercio. Su puerto sigue siendo uno de los más activos del Cantábrico, especializado en tráfico de automóviles, contenedores y graneles. También mantiene conexiones regulares con puertos británicos y europeos, lo que refuerza su papel logístico y estratégico. El sector servicios, con especial protagonismo del turismo, ha adquirido una importancia creciente desde mediados del siglo XX. La ciudad ofrece una combinación de playas, patrimonio cultural y oferta gastronómica que atrae tanto al turismo nacional como internacional. La restauración, la hostelería y el comercio son, hoy en día, grandes generadores de empleo.
Además, Santander se ha posicionado como un centro de innovación y conocimiento. La Universidad de Cantabria, junto con centros de investigación y empresas tecnológicas, ha fomentado el desarrollo de sectores vinculados a la ingeniería, las energías renovables y las finanzas. En este último ámbito, el Banco Santander —fundado en la ciudad en 1857— constituye una de las mayores entidades financieras del mundo, con un enorme peso en la economía local y global.
El sector pesquero y las industrias conserveras, aunque han perdido parte de su protagonismo tradicional, siguen formando parte de la identidad económica y cultural de la región. En los últimos años, se han impulsado iniciativas orientadas al turismo sostenible, la economía azul y la digitalización de servicios urbanos, enmarcadas en el proyecto “Smart Santander”, que busca convertir la ciudad en un referente europeo de innovación urbana.
Hoy la lluvia ha sido la protagonista de la jornada...
“Uno es más que cero”
Un abrazo,
Jon
Jon
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