martes, 4 de noviembre de 2025

145 - Arroyo / Oreña / Caborredondo / Cigüenza / Cóbreces / Trasierra / La Iglesia / Pando / Comillas / La Revilla / San Vicente de la Barquera


Queridos amigos,

He dormido en la misma estancia con dos “ilustres” ciudadanos de centro Europa. Ayer noche tuvimos nuestro primer conato de amistad. Nada comparado con lo sucedido hoy por la mañana. Ha sido necesaria más de una hora interminable con ruidos de todo tipo, hasta conseguir que sus eminencias lograran embalar su equipaje y salir de la habitación. Yo comprendo las enormes dificultades que tienen muchos de ellos para introducir sus enseres en las bolsas de plástico, para abrir/cerrar las puertas, o las cremalleras de sus mochilas. De verdad que lo entiendo… Puedo asegurar que se han realizado mudanzas con menos ajetreo y más educación.

Con la temperatura corporal en su punto más alto, inicio el camino hacia Comillas, primer gran hito de la jornada, situada a unos veintitrés kilómetros de distancia. La ruta discurre entre verdes valles, prados infinitos y pequeñas aldeas que salpican el paisaje como si el tiempo se hubiese detenido en ellas. A lo largo del trayecto atravesaré, en este orden, ocho pequeñas pedanías que guardan el alma rural de Cantabria.
  • Arroyo, vinculada a Santillana del Mar.
  • Oreña, parte de Alfoz de Lloredo, localidad situada en un entorno bellísimo, donde se pueden admirar numerosas casas de piedra diseminadas por el valle.
  • Caborredondo, perteneciente al municipio de Calbarros.
  • Cigüenza, minúscula localidad vinculada a Alfoz de Lloredo, con la Iglesia de San Martín de Tours y la Casa de Allende como monumentos de gran relevancia.
  • Cóbreces, perteneciente al municipio de Alfoz de Lloredo.
  • Trasierra, parte del municipio de Ruiloba.
  • La Iglesia, igualmente perteneciente a Ruiloba.
  • Y finalmente, Pando, también pedanía de Ruiloba.
Cinco horas de caminata ininterrumpida, sin servicios de ningún tipo en estas localidades, me sitúan finalmente en Comillas, una villa costera con poco más de dos mil habitantes situada en parte occidental de Cantabria. Este pequeño municipio se alza entre verdes colinas y acantilados que miran al Cantábrico, guardando en su interior un legado cultural y artístico que la distingue como uno de los lugares más hermosos y singulares del norte de España.

Sus orígenes se remontan a la Edad Media, cuando era un pequeño puerto pesquero y agrícola. Durante siglos, la vida de sus habitantes giró en torno al mar, la tierra y las estaciones. Sin embargo, el verdadero esplendor de Comillas llegó en el siglo XIX, cuando los llamados “indianos” —emigrantes que hicieron fortuna en América— regresaron a su tierra natal y transformaron por completo su fisonomía. Entre ellos destacó Antonio López y López, el primer marqués de Comillas, quien impulsó la construcción de palacetes, capillas y obras modernistas que hoy conforman la esencia artística del pueblo. Gracias a su mecenazgo, la villa se convirtió en un centro de arquitectura y cultura de primer nivel, atrayendo a artistas y arquitectos de renombre, entre ellos Antoni Gaudí.

El patrimonio de Comillas es extraordinario para un lugar de su tamaño. En la parte alta se alza el Palacio de Sobrellano, una joya neogótica rodeada de jardines, junto a la Capilla-Panteón del marqués, obra maestra del arquitecto Joan Martorell. Muy cerca, la monumental Universidad Pontificia de Comillas domina el paisaje con su mezcla de estilos gótico, mudéjar y modernista, símbolo del esplendor intelectual de la villa en tiempos pasados. Pero si hay un edificio que resume la singularidad de Comillas, ese es El Capricho de Gaudí, una casa llena de fantasía, color y formas inspiradas en la naturaleza, construida entre 1883 y 1885, y una de las pocas obras del genial arquitecto catalán fuera de Cataluña. El casco antiguo conserva el encanto de las villas marineras del norte: calles empedradas, casas con balcones de madera y miradores floridos que descienden hacia el puerto. Todo el conjunto urbano está declarado Bien de Interés Cultural, lo que asegura la preservación de su valor histórico y estético.

Lógicamente, la economía de Comillas ha cambiado con el tiempo, adaptándose a las nuevas realidades. En sus orígenes, la pesca, la ganadería y la agricultura eran el motor de la vida cotidiana. Hoy, sin abandonar del todo esas raíces, el turismo se ha convertido en su principal fuente de riqueza. Miles de visitantes llegan cada año atraídos por su patrimonio artístico, su entorno natural y su atmósfera tranquila. La hostelería, el comercio local y los servicios turísticos son las actividades predominantes, sostenidas por una población que, sin perder su identidad, ha sabido abrirse al mundo.

En Comillas —muy probablemente — sus afortunados residentes escuchen el eco de los indianos que soñaron con embellecer su tierra; en su puerto, la memoria viva de los pescadores que la sostuvieron durante siglos; y en sus edificios modernistas, la huella de un pasado que aún deslumbra. Pequeña en tamaño, pero inmensa en belleza y legado, esta ciudad bien puede representar el alma de Cantabria: discreta, elegante y profundamente unida a su paisaje.

Otras cuatro horas de esfuerzo me llevan finalmente a San Vicente de la Barquera, pasando previamente por La Revilla, una de sus pedanías más próximas. San Vicente de la Barquera es una villa situada en la costa, a unos doce kilómetros de Comillas. Con cerca de cuatro mil habitantes, este pequeño municipio conserva el encanto de los pueblos del norte, donde la vida aún transcurre al ritmo de las mareas. Sus orígenes se remontan a tiempos muy antiguos, pues en su entorno se han encontrado restos que datan de la Edad del Bronce. Durante la época romana ya era un puerto conocido, identificado como Portus Vereasueca, y más tarde, en la Edad Media, alcanzó su mayor esplendor. La villa recibió fueros y privilegios que impulsaron su desarrollo como punto estratégico de comercio y de paso en el Camino de Santiago del Norte. Durante siglos, el mar fue su sustento y su horizonte: desde su puerto salían los barcos pesqueros y mercantes.

El patrimonio de San Vicente de la Barquera es testimonio vivo de ese pasado espléndido. La imponente Iglesia de Santa María de los Ángeles, construida en estilo gótico, se alza sobre la villa como símbolo de su historia y de su fe. A sus pies se extiende la Puebla Vieja, un conjunto de calles empedradas, murallas y casonas que conservan el trazado medieval. El Castillo del Rey, en lo alto del promontorio, guarda todavía la memoria de los siglos en que la villa fue fortaleza y refugio frente a los ataques del mar y de los hombres. La Torre del Preboste y las antiguas puertas de la muralla completan este conjunto monumental, declarado Bien de Interés Cultural.

Pero más allá de su patrimonio histórico, San Vicente vive también de su paisaje. La ría que la abraza, los verdes prados que la rodean y las playas que se abren al Cantábrico forman parte del Parque Natural de Oyambre, un espacio protegido donde la naturaleza y la vida humana conviven en equilibrio. Es en este entorno donde se asienta la principal fuente de riqueza actual de la villa: el turismo. Cada año, miles de visitantes llegan atraídos por su belleza y gastronomía marinera. La pesca sigue siendo un pilar importante, con un puerto que mantiene viva la tradición de generaciones de marineros. Junto a ella, el turismo y los servicios se han convertido en la base de la economía local. Hostales, restaurantes y pequeñas empresas familiares trabajan para ofrecer una experiencia auténtica, respetuosa con la identidad del lugar. En los últimos años, además, se han impulsado proyectos de sostenibilidad y de economía azul, que buscan proteger el medio marino y diversificar los recursos de la comunidad.

Durante buena parte del día he realizado decenas de llamadas telefónicas con la esperanza de encontrar alojamiento para esta noche y para los próximos días, pero sin éxito. En toda esta franja norte, los albergues, hostales y alojamientos turísticos permanecen cerrados desde finales de octubre, la mayoría hasta los primeros días de marzo. Únicamente es posible hospedarse en hoteles, cuyos precios resultan, en estas fechas, demasiado elevados. Esta situación me obliga a detener mi camino en San Vicente de la Barquera, al menos hasta que la normalidad se restablezca. Me entristece hacerlo, pero comprendo que la hostelería también necesita su merecido tiempo de descanso. Aun así, seguiré buscando nuevas rutas y oportunidades para continuar próximamente con mi proyecto de regeneración política.

Quiero dar las gracias de corazón a todas las personas que han seguido mis pasos durante todos estos meses. Su apoyo e interés han sido, y seguirán siendo, un impulso constante en este camino.

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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