Queridos amigos,
Hoy despierto felizmente abandonado. Se ve que la fatiga no estaba cómoda dentro de mi famélico cuerpo; seguramente, por falta de espacio. Como primera medida de celebración, acudo a un bar próximo para tomar el primer café del día y de este modo engrasar la maquinaria con el fin de afrontar una nueva jornada, considerablemente más corta que la de ayer. De camino, paso por delante del tanatorio, adjunto al lugar donde he estado alojado. Al rebasar el edificio me miran de arriba a abajo, con desdén podría decirse. Siento que no les intereso por el poco material que aportaría al crematorio. “Buscan piezas de mayor volumen, con los huesos mejor recubiertos”,- pienso.
Concluido el desayuno, emprendo viaje hacia Castuera, mi destino para el día de hoy. Una etapa similar a la de ayer, sin ningún tipo de servicios, únicamente encinas a derecha e izquierda hasta donde alcanza la vista. A medio camino, y con el propósito de salir de la monotonía, decido abandonar la ruta para trasladar mi cuerpo hasta Puerto Hurraco. Esta pequeña pedanía del municipio de Benquerencia de la Serena es tristemente conocida por la masacre ocurrida allá por el año 1990, cuando los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo asesinaron a nueve personas y dejaron heridas a otras doce en una venganza derivada de un conflicto familiar con los Cabanillas, que se remontaba a décadas atrás. Este suceso conmocionó a toda España y aún perdura en la memoria colectiva. Los pocos habitantes de la localidad sostienen sus vidas con la agricultura y la ganadería, destacando el cultivo de aceitunas y cereales, así como la cría de cerdos y ovejas.
A mi llegada, todo está cerrado, incluido el único bar. De nuevo estoy en precario con el agua. En la plaza, algunos residentes preparan mesas para la celebración de un evento, la Primera Comunión de una niña de nombre Leire, un nombre de origen vasco. Esta circunstancia me permite conocer a Sabino, familiar de la niña. Viendo la situación que tengo, me pide que le acompañe. Pronto pone en mis manos una botella de agua, que guardo para el resto del trayecto; y otra de Coca-Cola, que vacío de inmediato con ansiedad. Durante un tiempo hablo con él de mi propósito de viaje y de su vinculación con el País Vasco. ¡Gracias Sabino!
Retomo el viaje a Castuera, bajo un sol de justicia y protegido por el paraguas, a donde llegó pasadas unas horas, con el calor ya fundiendo los huesos, la preocupación de no contar con alojamiento, y la necesidad de comprar alimentos. Finalmente, todo ha sido posible.
Castuera, ubicada en el corazón de La Serena, cuenta con una población que ronda los 6.000 habitantes. Entre otras cosas, es muy conocida por su industria del turrón, uno de los emblemas gastronómicos de la región. Elaborado de forma artesanal, ha traspasado fronteras y se ha convertido en símbolo de identidad local. Pero este dulce no es más que una puerta de entrada a una cultura gastronómica, con productos como el queso, el cordero y el jamón ibérico que forman parte del día a día de sus vecinos.
El entorno natural que rodea la localidad es otro de sus grandes atractivos. La Serena, una de las zonas de mayor riqueza paisajística y ganadera de Europa, ofrece un espectáculo de llanuras infinitas. Muy cerca se encuentra el embalse de La Serena, el mayor de España y uno de los más grandes de Europa, convertido en punto de referencia para el turismo de naturaleza y las actividades acuáticas.
La localidad cuenta con un importante legado vinculado a la Guerra Civil y la posguerra, como el campo de concentración franquista aquí establecido, y que hoy forma parte de un proceso de recuperación de la memoria histórica.
Hoy quiero hablaros de lo que vengo a llamar: “Las dos avaricias”. En este último mes he caminado fundamentalmente en el medio rural y he pensado mucho en la situación del campo, de los agricultores y ganaderos, llegando a la conclusión -acertada o no- de que viven atrapados por el individualismo y dos formas de avaricia, toda una amenaza silenciosa. No solo la del gran empresario agroindustrial que exprime al máximo los recursos y a quienes trabajan para él, sino también la del pequeño productor que, atrapado en su propio orgullo, se niega a unirse con otros para defender lo que es de todos.
Como digo, por un lado, está el poder creciente de ciertos grupos empresariales que han convertido la agricultura y la ganadería en una industria desalmada. Grandes explotaciones que ahogan al productor local, precios impuestos desde despachos lejanos, y tierras compradas por fondos que jamás han pisado una finca, ni siquiera una mala hierba. Se mercadea con los alimentos como si fueran acciones en bolsa, olvidando que detrás de cada litro de leche, cada aceituna o cada cordero hay una familia, un calendario y una lucha diaria contra el clima, los costes y la soledad.
Pero también existe otra forma de avaricia, más difícil de señalar pero igual de dañina: la del agricultor o ganadero que se niega a asociarse, que desconfía del vecino, que prefiere vender por su cuenta aunque sea perdiendo. En muchos pueblos, las cooperativas fracasan por falta de compromiso, los proyectos colectivos se estancan por viejas rencillas, y las oportunidades se pierden porque pesa más el “yo” que el “nosotros”. Y así, mientras el mercado se concentra en manos de unos pocos, los pequeños productores siguen divididos, vulnerables y aislados.Olvidamos que el individualismo es una forma de pobreza.
La tierra pronto nos enseña que nada crece solo, que las plantas necesitan agua, sol y cuidado constante. Y sin embargo, muchas veces en el campo se cultiva el recelo antes que la colaboración. Frente a eso, la solución pasa por recuperar el valor de lo común, la dignidad del trabajo compartido, la fuerza de una voz colectiva, la conciencia de que sólo unidos se puede negociar, defender el territorio, fijar población y construir un futuro que no dependa de decisiones políticas o de grandes emporios industriales.
Pienso que la agricultura, pesca y ganadería, todo lo que tiene que ver con la alimentación, debería de estar protegido por leyes fundamentales del Estado, leyes de rango superior que eviten y, si fuera posible, eliminen este escenario de avaricia infinita.
En fin, cosas mías…
“Uno es más que cero”
Un abrazo,
Jon
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"Las dos avaricias", ...gran reflexión Sinceramente sólo había percibido la primera avaricia hasta ahora, sin embargo, creo realmente que si los agricultores y ganaderos se uniesen tendrían mayor espíritu de combate y fuerza para reclamar sus derechos tan pisoteados hasta ahora ...
ResponderEliminarQué penita que les pueda el orgullo individual. Ya se sabe: La unión hace la fuerza
Gracias Jon! Mucho ánimo!! Un abrazo
¡¡Muchísimas gracias Eva por tu comentario!!
EliminarLa verdad es que hay muchas cosas en este mundo sobre las que deberíamos de reflexionar seriamente y actuar en consecuencia. Tenemos la obligación de dejar una estela de esperanza para nuestros hijos…
En ocasiones pienso que vamos en dirección contraria. Espero estar equivocado.
Un abrazo muy grande🤗🥰