viernes, 31 de octubre de 2025

142 - Laredo / Santoña / Noja / Castillo / San Miguel de Meruelo / Bareyo / Güemes


Queridos amigos,

Saliendo de Hazas de Liendo, dos horas de viaje caminando junto al mar me llevan a Laredo. Un trayecto realmente espléndido. Esta es una de las villas más emblemáticas de la costa oriental de Cantabria, situada a orillas del mar Cantábrico y protegida por el monte Buciero y la bahía de Santoña. Su historia se remonta a la Edad Media, aunque la zona estuvo habitada desde tiempos prerromanos. El nombre de Laredo aparece documentado por primera vez en el siglo XI, y ya en el siglo XIII el rey Alfonso VIII le otorgó el título de villa, junto con una serie de privilegios que la convirtieron en uno de los principales puertos del norte peninsular.

Durante la Edad Media y el Renacimiento, Laredo formó parte del Cuatro Villas de la Costa del Mar, junto con Santander, Castro Urdiales y San Vicente de la Barquera. Estas villas gozaban de fueros y derechos comerciales que las situaban en el centro del comercio marítimo entre Castilla y Europa. Desde su puerto partían mercancías como lana, hierro o madera hacia Flandes e Inglaterra, y regresaban barcos cargados de tejidos, vino o especias. Además, Laredo fue uno de los puntos de partida de Carlos I hacia Flandes en 1517, lo que subraya su importancia política y estratégica.

El casco histórico de Laredo, conocido como la Puebla Vieja, es su principal tesoro patrimonial. Declarado Conjunto Histórico-Artístico, conserva el trazado medieval de calles estrechas y empedradas, salpicadas de casas nobles, escudos heráldicos y balcones de madera. En él destacan monumentos como la iglesia de Santa María de la Asunción, una magnífica muestra del gótico cántabro iniciada en el siglo XIII, que guarda en su interior un valioso retablo flamenco del siglo XV. También son notables las antiguas murallas, la Casa de las Cuatro Témporas, la Casa de los Gutiérrez Rada o la Casona de Zarauz.

Junto a su patrimonio histórico, Laredo cuenta con un entorno natural privilegiado. Su playa de La Salvé, con más de cuatro kilómetros de arena fina, es una de las más extensas del norte de España y un referente turístico desde el siglo XIX, cuando la villa comenzó a atraer visitantes por su clima, su belleza y su ambiente veraniego. La zona del Puntal y las marismas de Santoña, Victoria y Joyel conforman además un espacio protegido de alto valor ecológico, donde conviven numerosas especies de aves migratorias.

Laredo ha evolucionado a lo largo de los siglos. Tradicionalmente, la pesca fue su principal medio de subsistencia; su puerto, activo y bien situado, sustentó una potente flota pesquera y una industria conservera que aún hoy tiene presencia. Con el paso del tiempo, el turismo se ha convertido en el motor económico de la villa, especialmente durante los meses de verano. Hoteles, restaurantes y actividades náuticas dan vida a su litoral, mientras que la agricultura y la ganadería mantienen un papel secundario en su entorno rural.

Actualmente, combina su pasado marinero con un presente abierto al turismo, los servicios y la cultura. Cada año celebra fiestas de gran arraigo como la Batalla de Flores, declarada de Interés Turístico Nacional, que llena las calles de color y música. La villa sigue siendo, como lo fue en la Edad Media, una puerta abierta al mar y un símbolo del carácter atlántico y hospitalario de Cantabria.

Dejo atrás esta localidad para dirigirme a Santoña a bordo de una de las barcas que realizan el trayecto entre ambas márgenes de la ría de Treto, entre el Puntal de Laredo y el puerto de Santoña.

A mi llegada, encuentro una ciudad bulliciosa, en contraste con Laredo. Me hallo en una de las localidades más importantes del litoral cántabro, situada al este de la región, a orillas de una amplia bahía que comparte con Laredo y rodeada por el monte Buciero, que le otorga una silueta inconfundible. Su ubicación estratégica, protegida y con un puerto natural, ha determinado su historia desde la Antigüedad hasta nuestros días.

Los orígenes de Santoña se remontan a la época romana, cuando ya existía un asentamiento conocido como Portus Victoriae Iuliobrigensium, relacionado con la actual bahía. Sin embargo, el verdadero auge de la villa comenzó en la Edad Media. En el siglo X se fundó el monasterio de San Salvador, núcleo en torno al cual creció el primitivo poblado. En el siglo XIII, Santoña recibió el fuero de las Cuatro Villas de la Costa del Mar —junto con Santander, Laredo y San Vicente de la Barquera—, integrándose así en una importante red de puertos que comerciaban activamente con el norte de Europa.

Durante la Edad Moderna, Santoña consolidó su papel como puerto pesquero y defensivo. En los siglos XVII y XVIII, debido a su posición estratégica en la costa cantábrica, fue fortificada para proteger la bahía de incursiones extranjeras. De este periodo proceden muchas de las construcciones militares que aún se conservan, como el Fuerte de San Martín, el Fuerte de San Carlos y el Fuerte del Mazo (también conocido como “El Dueso”). Estas fortificaciones forman parte del principal patrimonio histórico de la villa y ofrecen un testimonio excepcional de la arquitectura militar costera.

En el casco urbano destacan también la iglesia de Santa María del Puerto, una joya del arte románico-gótico, originaria del siglo XIII y vinculada al antiguo monasterio fundacional. En su interior se conservan interesantes tallas y un bello retablo mayor. La villa cuenta, además, con una arquitectura civil de gran interés, como las casas solariegas de los siglos XVIII y XIX, y un paseo marítimo que refleja la prosperidad de Santoña durante la época moderna.

No obstante, si hay un elemento que define la identidad de Santoña es su relación con el mar. Desde tiempos antiguos, la pesca y la elaboración de productos del mar han sido los principales medios de vida de sus habitantes. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la llegada de empresarios italianos introdujo nuevas técnicas de conservación del pescado, especialmente de la anchoa en salazón y en aceite, lo que dio origen a una industria conservera que convirtió a Santoña en un referente mundial. A día de hoy, las conserveras de anchoa siguen siendo el motor económico y el símbolo de la villa, reconocidas por la calidad artesanal de sus productos.

En las últimas décadas, el turismo y los servicios asociados han adquirido también gran importancia, impulsados por el atractivo natural del entorno: las marismas de Santoña, Victoria y Joyel, declaradas Parque Natural, forman uno de los humedales más valiosos del norte de España y refugio de aves migratorias. Además, la cercanía del monte Buciero ofrece rutas de senderismo que combinan paisaje, historia y naturaleza.

Hoy, es una localidad dinámica que ha sabido conservar su espíritu marinero. Sus calles, su puerto y su tradición conservera conviven con la vida turística y cultural, manteniendo viva la esencia de un pueblo que mira al mar como fuente de historia, riqueza y orgullo.

Estando en Santoña, deseo poner en valor a uno de sus hijos más ilustres, si no el que más: Juan de la Cosa. Fue uno de los marinos y cartógrafos más destacados de la Era de los Descubrimientos. Nació en Santoña, Cantabria, hacia 1460, y dedicó su vida al mar, convirtiéndose en una figura clave en las primeras exploraciones del Nuevo Mundo. Aunque su nombre no es tan célebre como el de Cristóbal Colón o Américo Vespucio, su aportación al conocimiento geográfico y a la expansión ultramarina española fue decisiva.

De la Cosa comenzó su carrera como navegante y propietario de naves en el comercio atlántico. En 1492 formó parte de la primera expedición de Colón, siendo el dueño y maestre de la carabela La Santa María, la nao capitana del viaje que culminó con el descubrimiento de América. Cuando el navío encalló en las costas de La Española, Juan de la Cosa fue uno de los hombres que ayudaron a construir el fuerte de La Navidad, primer asentamiento español en el Nuevo Mundo.

Participó también en el segundo viaje colombino (1493-1496), y su experiencia acumulada en aquellas travesías le convirtió en una figura de confianza para los Reyes Católicos. En los años siguientes navegó al servicio de diversos exploradores, como Alonso de Ojeda y Rodrigo de Bastidas, explorando amplios tramos de las costas de Venezuela, Colombia y Panamá. Fue precisamente junto a Ojeda y con la compañía de Américo Vespucio cuando recorrió el litoral norte de Sudamérica en 1499, un viaje fundamental para el conocimiento de aquellas tierras.

Su fama, sin embargo, se cimentó sobre todo en su labor como cartógrafo. En 1500 elaboró su célebre mapa mundi, conocido como el “Mapa de Juan de la Cosa”, considerado el primer mapamundi que representa las costas del continente americano. Este documento, dibujado sobre pergamino y conservado hoy en el Museo Naval de Madrid, constituye una de las joyas de la cartografía universal. En él se combinan la tradición medieval con los nuevos descubrimientos, mostrando el esfuerzo por comprender un mundo en expansión.

En años posteriores, Juan de la Cosa continuó navegando y explorando al servicio de la Corona española, participando en nuevas expediciones al Caribe y Tierra Firme. En 1509 acompañó a Alonso de Ojeda en su última campaña en las costas de la actual Colombia, donde perdió la vida en combate contra los indígenas en las cercanías de Turbaco.

Su legado perdura como el de un hombre de acción y de ciencia. Juan de la Cosa encarna la figura del marino renacentista: intrépido, práctico y a la vez profundamente consciente de la trascendencia de su tiempo, cuando el mundo se abría ante los ojos de Europa y el mapa del planeta comenzaba a tomar la forma que hoy conocemos.

Dos horas más de viaje me llevan a la tercera localidad de importancia que visitaré en el día de hoy: Noja, una villa costera situada en la comarca de Trasmiera, en el oriente de Cantabria. Sus orígenes se remontan a la Edad Media. Aparece citada por primera vez en documentos del siglo XI, cuando formaba parte de las propiedades del monasterio de Santa María del Puerto (Santoña). Durante siglos fue una pequeña comunidad agrícola y pesquera dentro de la Merindad de Trasmiera, territorio que destacó por la habilidad de sus canteros y maestros de obra, muchos de los cuales participaron en la construcción de catedrales y monasterios por toda España. Noja obtuvo el título de villa en 1644, otorgado por el rey Felipe IV, lo que marcó su consolidación como núcleo independiente y con autonomía administrativa.

En el ámbito del patrimonio histórico y artístico, Noja conserva diversos elementos de interés. Destaca la iglesia parroquial de San Pedro, de origen medieval pero reformada en el siglo XVII. También son notables las casas solariegas y torreones de las familias hidalgas que residieron en la zona, como la Casa del Marqués de Velasco o el palacio de los Venero, ejemplos de la arquitectura señorial montañesa. En el entorno natural, sobresalen sus dos famosas playas —Ris y Trengandín—, separadas por el monte Brusco, y las marismas de Victoria y Joyel, integradas en el Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, uno de los humedales más importantes del norte de España por su biodiversidad.

Noja ha experimentado una profunda transformación a lo largo del último siglo. Tradicionalmente, sus habitantes se dedicaron a la pesca artesanal, la agricultura y la ganadería, actividades que marcaron su ritmo cotidiano hasta mediados del siglo XX. Sin embargo, a partir de los años sesenta, el municipio vivió un fuerte auge del turismo, convirtiéndose en uno de los destinos más populares de Cantabria durante la temporada estival. La belleza de sus playas, su entorno natural protegido y su oferta hostelera atrajeron a visitantes de toda España, lo que impulsó la construcción de alojamientos, restaurantes y servicios.

Hoy en día, el turismo y los servicios asociados son el pilar fundamental de la economía local, complementados por la actividad pesquera y por un incipiente sector vinculado al comercio y a la hostelería de calidad.

Después de atravesar San Miguel de Meruelo, finalizo la jornada en Güemes (pedanía de Bareyo). Esta pequeña población tiene una historia que se remonta a la Edad Media, cuando aparece mencionada en documentos vinculados al monasterio de Santa María del Puerto, en Santoña. Durante siglos, fue una pequeña comunidad agrícola dentro de la Merindad de Trasmiera, región conocida por sus canteros y artesanos que participaron en la construcción de importantes obras religiosas y civiles por toda España.

Su patrimonio histórico y artístico se centra en la iglesia parroquial de San Vicente Mártir, un edificio de origen medieval. También es conocida la Ermita de San Julián, situada en un paraje natural espléndido, desde donde se divisan amplias vistas de la costa.

En las últimas décadas, el desarrollo del turismo rural ha adquirido importancia, gracias a su cercanía a las playas de Ajo y Galizano y a su oferta de alojamientos rurales. Asimismo, la localidad es conocida por el Albergue de Güemes, fundado por el sacerdote Ernesto Bustio, que se ha convertido en un referente del Camino de Santiago del Norte y en símbolo de hospitalidad y solidaridad. Un lugar muy especial, donde tengo el privilegio de alojarme.

Lo que hace especial este lugar no es sólo su función como alojamiento, sino su modelo basado en la hospitalidad. No se trata solo de “pasar la noche”, sino de formar parte de una comunidad, en un entorno que invita a la reflexión. Como se suele decir de este albergue: «una utopía hecha realidad». Con el Padre Ernesto, un hombre totalmente lúcido a sus 88 años de edad, he tenido la oportunidad de conversar durante largo tiempo, además de escuchar atentamente sus sabios consejos.

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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jueves, 30 de octubre de 2025

141 - Ontón / Mioño / Castro-Urdiales / Cerdigo / Islares / El Pontarrón de Guriezo / Liendo


Queridos amigos,

Antes de emprender una nueva jornada, desayuno en compañía de Manolo, en el único bar abierto a estas horas de la mañana: La cueva de Drake. Como decía en el post de ayer, una persona con una visión de la vida muy similar a la mía. ¡Gracias Manolo!

Tras de ascender un graderío de escaleras, accedo a un espléndido paseo acondicionado por toda la costa. A lo largo del recorrido puedo contemplar numerosos cargaderos de mineral, asentados en los acantilados junto al mar. Estos enclaves fueron, en la pasada época industrial, puntos neurálgicos de carga y descarga de hierro y otros materiales, donde los buques atracaban para abastecerse o descargar sus mercancías. Hoy, personas con sensibilidad y memoria histórica están recuperando y poniendo en valor estos vestigios del pasado, integrándolos en el patrimonio de Bizkaia para que las generaciones futuras conozcan, comprendan, y valoren la importancia de este legado.

En este paseo marítimo me cruzo con personas que aprovechan las primeras horas del día para hacer deporte o simplemente dar un tranquilo paseo. De pronto, veo a una joven de unos treinta años, con un problema de obesidad muy importante. Se acerca corriendo como buenamente puede, sin que pueda evitar un sentimiento hacia ella, mezcla de empatía y tristeza.

Esa escena me hace reflexionar sobre la importancia de actuar desde el primer eslabón, desde el primer minuto. En el caso de esta mujer, ha debido transcurrir bastante tiempo sin que tomase medidas —desde un peso “normal” hasta la obesidad—, y me pregunto: ¿por qué es tan común en el ser humano demorar aquello que debe hacerse? ¿Por qué resulta tan habitual no emprender lo necesario, sobre todo cuando está en juego nuestra salud y bienestar?.

Esta falta de voluntad puede aplicarse a innumerables situaciones: en nuestra propia salud (por ejemplo, dejar de fumar), en el ámbito laboral (aceptando injusticias que deberíamos detener desde el inicio), o en la sociedad en la que vivimos (soportando corrupción, injusticias o conformándonos con servicios mediocres). Cuando algo no favorece nuestro crecimiento o mejora como personas, debemos levantarnos, plantar cara a la situación y actuar cuanto antes, en el minuto uno.

Tres horas de caminata ininterrumpida me sitúan en Castro-Urdiales. Antes habré dejado atrás dos pequeñas pedanías de esta ciudad: Ontón, situada en el extremo oriental de Cantabria; y Mioño, igualmente ubicada en un entorno natural marcado por el mar Cantábrico, los acantilados de Dícido y el verde de las colinas circundantes.

El gran cambio en la historia de Mioño llegó a partir del siglo XIX, con la explotación minera del hierro. El subsuelo de la zona contenía importantes filones, especialmente en el monte Dícido, donde se instaló una intensa actividad minera. En 1868 se construyó un cargadero de mineral que permitía embarcar directamente el hierro en los buques fondeados en la costa. Este sistema —una estructura metálica que se adentraba en el mar— es hoy uno de los principales símbolos patrimoniales de Mioño y un ejemplo del patrimonio industrial del norte de España.

El Cargadero de Dícido es el elemento patrimonial más representativo de Mioño. El actual fue reconstruido en 1938 tras la destrucción del original, diseñado en 1895 por el ingeniero francés Gustave Eiffel. La estructura, de acero y hormigón, se alza sobre el mar como un monumento a la era industrial y está declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por el Gobierno de Cantabria.

Por otra parte, Castro-Urdiales, municipio al que pertenecen estas pedanías, es una villa costera con alrededor de 34.000 habitantes, situada en el extremo oriental de Cantabria, en la frontera con el País Vasco. Su historia se remonta a la época romana, cuando se fundó la colonia de Flaviobriga en el siglo I d. C. Este asentamiento se dedicaba principalmente a actividades portuarias y comerciales, y sus restos arqueológicos —como mosaicos, termas y estructuras urbanas— aún se conservan en parte bajo el actual casco antiguo.

Tras la caída del Imperio romano, la villa mantuvo su importancia como núcleo costero y en la Edad Media pasó a formar parte del Reino de Castilla, con privilegios de villa concedidos en el siglo XII. A partir de entonces, Castro-Urdiales se consolidó como un puerto pesquero y comercial relevante del Cantábrico.

Su patrimonio histórico y arquitectónico es uno de los más destacados de Cantabria. El edificio más representativo es la iglesia gótica de Santa María de la Asunción, construida entre los siglos XIII y XV, considerada una de las mejores muestras del gótico en el norte de España. Junto a ella se encuentra el castillo-faro de Santa Ana, fortaleza medieval adaptada en el siglo XIX para albergar un faro, y la ermita de Santa Ana, un pequeño templo situado sobre un promontorio unido por el llamado Puente Medieval o Romano, que completa el conjunto monumental más emblemático de la villa.

En el casco antiguo también destacan las casas de pescadores, las murallas medievales y el ayuntamiento barroco, así como un entramado urbano que conserva el trazado original de la villa marinera.

En cuanto a sus medios económicos, tradicionalmente Castro-Urdiales ha estado ligada al mar y la pesca, especialmente la captura de anchoas y bonito, junto con la industria conservera, que tuvo un gran desarrollo entre los siglos XIX y XX. En las últimas décadas, la economía se ha diversificado: el turismo se ha convertido en un sector fundamental, gracias a su patrimonio, su puerto deportivo y sus playas (como Brazomar y Ostende), mientras que el sector servicios y la construcción también tienen un peso importante.

Además, su proximidad a Bilbao ha favorecido un notable crecimiento demográfico y urbanístico, ya que muchos habitantes trabajan en el País Vasco y residen en Castro-Urdiales, que actúa como ciudad dormitorio sin perder su identidad cántabra. En conjunto, Castro-Urdiales combina un importante legado histórico con una economía moderna basada en el turismo, los servicios y su tradicional vínculo con el mar.

Aprovecho mi paso por esta ciudad para acercarme a la maravillosa iglesia de Santa María y dedicar un momento de recogimiento en su interior en memoria de mi querido amigo Ángel, fallecido en esta localidad el pasado año, en el mes de julio. Después, tengo la oportunidad de desayunar con Mari Jose, quien fue su esposa.

Desde este punto, emprendo viaje hacia Cerdigo e Islares, ambas pequeñas pedanías de Castro-Urdiales. En Islares he tenido la suerte de comer estupendamente en el restaurante “La Abuela Santa”. Cocina tradicional y muy bien atendido por una señora de Azerbaijan con la que he tenido la oportunidad de conversar durante largo rato.

Dicen que «saco vacío se inclina y lleno se tumba». Supongo que algo así me ha sucedido en el tiempo que he necesitado para situarme en El Pontarrón de Guriezo —la capital administrativa del valle de Valle de Guriezo, en el extremo oriental de Cantabria, cerca de la frontera con Bizkaia y a pocos kilómetros de Castro‑Urdiales.

El nombre “Pontarrón” proviene del gran puente de piedra que cruza el río Agüera y que, desde la Edad Media, sirvió como paso fundamental entre Cantabria y el País Vasco. Ese puente, y la actividad comercial que generaba el tránsito de mercancías y viajeros, marcaron el origen del actual núcleo.

El valle de Guriezo aparece documentado ya en la Edad Media como parte del corregimiento de las Cuatro Villas de la Costa de la Mar, bajo jurisdicción del Reino de Castilla. Su historia está ligada a las actividades agropecuarias, la explotación de hierro y el transporte de mineral hacia los puertos cercanos de Castro-Urdiales y Ontón. Durante los siglos XVIII y XIX, el Pontarrón se consolidó como un pequeño centro administrativo y comercial del valle, donde se concentraban el ayuntamiento, las escuelas y los principales servicios. En el siglo XX, su situación estratégica junto a la carretera nacional N-634 —que une Santander con Bilbao— reforzó su papel como punto de comunicación y paso entre ambas Comunidades.

El patrimonio más emblemático del Pontarrón es precisamente el Puente Viejo sobre el río Agüera, del que toma su nombre. Se trata de una construcción de piedra de origen medieval, con varios arcos que durante siglos fue el principal paso sobre el río en la zona. Aunque ha sido restaurado en distintas épocas, conserva su estructura tradicional y es uno de los símbolos del valle.

Y por fin, Liendo, el final de la jornada. Este municipio se halla situado en la comarca de la Costa Oriental de Cantabria, a unos 57 km de la capital autonómica, Santander. Está encajado entre el valle y la costa, con una geografía que mezcla praderas, montes suaves y un litoral de acantilados.

La actividad agrícola y ganadera ha estado presente históricamente, al igual que la pesca y las labores vinculadas al mar, aunque en menor escala que en otros municipios litorales con playas extensas. Con el paso del tiempo, su cercanía a municipios más turísticos como Castro‑Urdiales o Laredo ha favorecido cierto efecto de transición: de pueblo agrícola/pesquero hacia destino de naturaleza, turismo tranquilo y calidad de vida. En el municipio se pueden admirar numerosas viviendas de gran calidad, mansiones podría decirse.

Si tuviera que resumir/definir la travesía realizada hoy, lo haría con una sola palabra: Bellísima.

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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miércoles, 29 de octubre de 2025

140 - Barakaldo / Sestao / Portugalete / Gallarta / Pobeña


Queridos amigos,

Tras una jornada de pausa para acudir a una revisión médica programada, retomo el camino hacia Oviedo desde Donostia / San Sebastián; en concreto, el tramo comprendido entre Bilbao y Santander, donde realizaré una nueva escala de un día.

Desde Bilbao se puede avanzar hacia el oeste por tres rutas: siguiendo ambas márgenes de la ría del Nervión o internándose tierra adentro. Opto por esta última alternativa con el propósito de recorrer el mayor número posible de localidades. Después de unas tres horas de caminata, alcanzo la primera de ellas: Barakaldo

Situada en la margen izquierda de la ría, esta ciudad, con más de 100.000 habitantes, es la segunda más poblada de Bizkaia después de Bilbao y forma parte del área metropolitana del Gran Bilbao. Su desarrollo histórico está íntimamente vinculado al proceso de industrialización del País Vasco y a las profundas transformaciones sociales y económicas que trajo consigo.

Los orígenes de Barakaldo se remontan a la Edad Media, cuando era una pequeña zona rural compuesta por caseríos dispersos dedicados a la agricultura y la ganadería. Durante siglos, el municipio formó parte de las anteiglesias de Bizkaia, bajo la denominación de Anteiglesia de San Vicente de Barakaldo.

Un hecho especialmente reseñable de la historia de Barakaldo es su papel clave durante la industrialización del País Vasco a finales del siglo XIX y comienzos del XX, especialmente con la creación en 1902 de Altos Hornos de Vizcaya (AHV). Esta empresa, resultado de la fusión de varias siderurgias más pequeñas, llegó a ser la mayor industria siderúrgica de España y uno de los motores económicos de Bizkaia durante casi todo el siglo XX. Su instalación en Barakaldo transformó completamente el municipio. Pasó de ser una zona rural a una ciudad obrera e industrial de primer orden, atrajo a miles de trabajadores de toda España, lo que provocó un fuerte crecimiento demográfico y una gran diversidad cultural y configuró una identidad colectiva muy ligada al trabajo industrial, la solidaridad y el movimiento obrero.

Otro hecho destacable fue el cierre definitivo de Altos Hornos en 1996, que marcó el fin de una era y dio inicio a un ambicioso proceso de reconversión urbana y económica. Tras la desindustrialización, Barakaldo ha experimentado una profunda reconversión económica. Actualmente, su economía se basa principalmente en el sector servicios, el comercio y las actividades vinculadas al ocio y la cultura.

La ciudad conserva varios testimonios de su pasado histórico e industrial. Entre los más destacados se encuentran:
  • La iglesia de San Vicente Mártir, de origen medieval.
  • El Jardín Botánico Ramón Rubial, un espacio verde de gran valor ambiental, con más de 300 especies de árboles y plantas de todo el mundo.
  • El Puente de Rontegi, símbolo de la conexión metropolitana con Bilbao y otras localidades vecinas.
  • El Edificio Ilgner, antiguo centro de formación de Altos Hornos de Vizcaya, hoy rehabilitado como centro de empresas e innovación.
  • El Palacio Munoa, una elegante residencia burguesa del siglo XIX rodeada de un extenso parque, antigua propiedad de la familia Chávarri.
En la actualidad, el Centro Comercial Max Center, el BEC (Bilbao Exhibition Centre) —uno de los recintos feriales más importantes del norte de España— y la amplia oferta de servicios públicos y privados han impulsado la creación de empleo en áreas como el comercio, la hostelería y los servicios profesionales.

Alejada cuarto kilómetros se encuentra Sestao, una ciudad hermana, podríamos decir. Limita con Barakaldo y forma parte del núcleo histórico de la industrialización vasca. Aunque su extensión es reducida —apenas 3,5 km²—, su historia y su identidad están profundamente ligadas a la industria siderúrgica y al movimiento obrero del siglo XX.

Los orígenes de Sestao se remontan a la Edad Media. En sus primeros siglos de existencia, la zona estaba poblada por caseríos dispersos dedicados a la agricultura, la ganadería y la pesca en la ría. Sin embargo, su transformación radical llegó en el siglo XIX con el auge de la Revolución Industrial en Bizkaia.

La abundancia de mineral de hierro en los montes de Triano y la cercanía al puerto de Bilbao convirtieron Sestao en un lugar estratégico para la implantación de la industria pesada. En 1882 se instaló la Sociedad de Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Acero de Bilbao, que más tarde se fusionaría con otras empresas para dar lugar, en 1902, a Altos Hornos de Vizcaya (AHV). Su enorme factoría, situada en los terrenos de Sestao y Barakaldo, fue el corazón industrial de la margen izquierda durante casi un siglo.

La ciudad creció vertiginosamente: miles de trabajadores, muchos procedentes de otras regiones de España, se asentaron en el municipio, dando lugar a una sociedad de carácter obrero y solidario, con una fuerte conciencia de clase. Durante el siglo XX, Sestao vivió intensamente los conflictos laborales, las huelgas y las reivindicaciones sociales.

El cierre progresivo de las industrias siderúrgicas en los años 80 y 90 supuso una grave crisis económica y social. No obstante, en las últimas décadas, Sestao ha iniciado un proceso de reconversión urbana, buscando nuevos horizontes en los sectores tecnológicos, medioambientales y de servicios.

Aunque es principalmente una ciudad de origen industrial, conserva varios elementos patrimoniales y espacios emblemáticos que reflejan su historia y su identidad:
  • La Iglesia de San Pedro Apóstol, construida entre los siglos XIX y XX, es el principal templo religioso del municipio.
  • Los restos de los Altos Hornos de Vizcaya, especialmente el Horno Alto nº 1, restaurado y convertido en símbolo del pasado siderúrgico de la comarca, hoy forma parte del patrimonio industrial vasco.
  • El Ayuntamiento de Sestao, edificio de estilo neoclásico inaugurado en 1903, representa la etapa de consolidación del municipio como núcleo urbano independiente.
  • El Parque de la Benedicta, un amplio espacio verde junto a la ría, ocupa terrenos donde antes se encontraban instalaciones industriales, y hoy es uno de los principales puntos de ocio y encuentro ciudadano.
  • El barrio de Kueto y las antiguas viviendas obreras, que conservan parte de la arquitectura popular vinculada a los primeros trabajadores industriales.
La economía de Sestao ha pasado por una profunda transformación. Durante gran parte del siglo XX, el sector industrial —especialmente el siderúrgico y el naval— fue su principal fuente de empleo y riqueza. Sin embargo, tras el cierre de Altos Hornos y otras fábricas en las décadas finales del siglo XX, el municipio afrontó un proceso de reconversión difícil.

En la actualidad, los principales medios de vida se concentran en el sector servicios, el comercio local y actividades relacionadas con la reparación naval y la industria ligera. Destaca la actividad en los astilleros de La Naval, que aunque han sufrido altibajos, siguen siendo un referente histórico de la construcción naval vasca.

Además, Sestao forma parte de diversos proyectos de regeneración urbana y económica impulsados por la Ría 2000 y el Plan Urban, que buscan transformar antiguos espacios industriales en zonas residenciales, tecnológicas y medioambientales.

Prácticamente adosada a Sestao se halla la villa de Portugalete. Con algo más de 45.000 habitantes, es uno de los municipios más emblemáticos de la comarca, tanto por su historia ligada al comercio marítimo como por su notable patrimonio cultural y arquitectónico.

Fue fundada en 1322 por María Díaz de Haro, señora de Bizkaia, con el objetivo de crear un puerto comercial que compitiera con el de Bilbao, entonces en auge. Su nombre proviene del término “Portu Galete”, que podría traducirse como “puerto hermoso” o “puerto pequeño”.

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, Portugalete prosperó gracias a la navegación y el comercio marítimo, aprovechando su estratégica posición en la desembocadura de la ría. El puerto jarrillero (nombre con el que se conoce popularmente a sus habitantes, “jarrilleros”) fue punto clave en el intercambio de hierro, lana, vino y otros productos con distintos puertos del Cantábrico y del norte de Europa.

En el siglo XIX, con la industrialización de Bizkaia, Portugalete experimentó una profunda transformación. Aunque el auge de las fábricas y astilleros se concentró en municipios vecinos antes mencionados, la villa se convirtió en un centro residencial y de veraneo de la burguesía bilbaína, que construyó en ella elegantes edificios y paseos.

Portugalete conserva un valioso conjunto histórico-artístico que refleja su evolución desde la época medieval hasta la modernidad:
  • Puente Colgante o Puente Bizkaia (1893): símbolo por excelencia de la villa y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2006. Fue el primer puente transbordador del mundo construido en estructura metálica, diseñado por el ingeniero Alberto de Palacio, discípulo de Gustave Eiffel. Une Portugalete con Getxo y representa una de las grandes obras de la ingeniería industrial del siglo XIX.
  • Basílica de Santa María, construida entre los siglos XV y XVII, destaca por su monumental portada.
  • Casco histórico, con calles empedradas, soportales y casas nobles que conservan el trazado original medieval.
  • Torre de Salazar, edificio fortificado del siglo XV que perteneció a una de las familias más influyentes de la villa, hoy convertida en museo y centro cultural.
  • Paseo de la Canilla y muelles de la ría, que ofrecen vistas panorámicas del Puente Colgante y del paisaje industrial y marítimo de la margen izquierda.
  • Parque de la Florida y Casa consistorial, ejemplos del esplendor urbanístico del siglo XIX.
A diferencia de sus vecinas Barakaldo o Sestao, Portugalete no desarrolló una industria pesada de gran escala, lo que le permitió mantener un carácter más residencial y comercial. Hoy en día, su economía se basa principalmente en el sector servicios, especialmente el comercio, la hostelería y el turismo.

Antes de continuar hacia la siguiente localidad, quiero dejar constancia de mi afecto y gratitud hacia los numerosos compañeros de trabajo de estas tres localidades con quienes tuve el privilegio de compartir, durante décadas, una intensa vida laboral e industrial. A todos ellos los llevo en el recuerdo y en el corazón.

Gallarta, la cuarta población que visito en el día de hoy, es la capital del municipio de Abanto y Ciérvana-Abanto Zierbena, situada en la comarca de la Margen Izquierda del Nervión, en Bizkaia, dentro del área metropolitana de Bilbao. Aunque hoy es una localidad moderna y residencial, su identidad está profundamente marcada por la minería del hierro, que durante más de un siglo fue el motor económico y social de toda la zona.

Sus orígenes se remontan a tiempos antiguos, pero su desarrollo urbano y económico está estrechamente ligado a la explotación minera de los montes de Triano, una de las cuencas mineras más importantes de Europa durante los siglos XIX y XX.

A finales del siglo XIX, con la industrialización del País Vasco y el auge de la siderurgia, Gallarta se convirtió en el epicentro de la minería del hierro en Bizkaia. De sus minas —como Bodovalle, San Luis o La Concha II— se extraía el mineral que abastecía a las grandes empresas siderúrgicas de la ría, entre ellas Altos Hornos de Vizcaya. Esta actividad transformó profundamente la vida del municipio.

A mediados del siglo XX, la intensificación de la minería a cielo abierto provocó un hecho singular: el antiguo núcleo urbano de Gallarta fue literalmente demolido y trasladado unos cientos de metros más allá, para permitir la expansión de las explotaciones. La actual Gallarta fue reconstruida en la década de 1950 sobre una nueva ubicación. El cierre de las minas en los años 80 marcó el fin de una época.

Su patrimonio está íntimamente vinculado a su pasado minero, conservando varios elementos que recuerdan su papel en la historia industrial de Bizkaia:
  • Museo de la Minería del País Vasco (Euskal Herriko Meatzaritzaren Museoa): inaugurado en 1986, es el principal centro de interpretación de la historia minera vasca. En él se exponen herramientas, fotografías, maquetas y testimonios sobre la vida de los mineros y la transformación del paisaje. Un lugar muy interesante para visitar.
  • Antiguas explotaciones mineras, como el corte de Bodovalle, un enorme cráter resultado de las extracciones a cielo abierto, que hoy constituye un impresionante testimonio paisajístico del pasado minero.
  • Iglesia de San Antonio de Padua, situada en el nuevo núcleo urbano, construida tras el traslado de la localidad.
  • Monumentos y esculturas dedicadas a los mineros, como el Monumento al Minero en el centro de Gallarta, que rinde homenaje a quienes trabajaron en las duras condiciones de las minas.
  • Rutas mineras y miradores, que permiten recorrer los restos de infraestructuras mineras —vías, planos inclinados, hornos de calcinación— integradas en el paisaje natural.
Tras el cierre de las minas, la economía de Gallarta y de todo Abanto Zierbena ha experimentado una importante reconversión. Hoy, los principales medios de vida se basan en:
  • El sector servicios, incluyendo el comercio local, la hostelería y los servicios públicos.
  • El sector industrial y logístico, gracias a la cercanía con los polos industriales de la Margen Izquierda y el puerto de Bilbao.
  • El turismo cultural y patrimonial, centrado en la memoria minera y en el Museo de la Minería, que atrae visitantes de todo el País Vasco.
  • En menor medida, la construcción y las actividades tecnológicas y medioambientales, impulsadas por programas de regeneración de antiguos suelos industriales.
Algo más de treinta kilómetros de caminata me llevan finalmente a Pobeña, el final de la jornada. Este es un barrio perteneciente al municipio de Muskiz, en la provincia de Bizkaia. Las primeras referencias escritas lo sitúan en el año 1102, cuando la noble Eli Velázquez donó la iglesia de Santa María de “Pubeia” junto con sus derechos portuarios al monasterio de San Millán de la Cogolla.

Durante buena parte de su historia fue un pequeño núcleo marinero-rural, hasta que en el siglo XIX entró de lleno en la era industrial. Su costa al mar Cantábrico, la presencia de mineral de hierro en la zona y la instalación de infraestructuras mineras convirtieron a Pobeña en un enclave significativo para la minería del hierro en la margen occidental vizcaína. En esa etapa, se construyeron cargaderos de mineral sobre los acantilados, líneas aéreas de transporte del mineral, lavaderos, y se transformó el paisaje rural e incluso costero original.

En las últimas décadas, Pobeña ha vivido una reconversión hacia el turismo, los servicios y la recuperación del patrimonio industrial, además de conservar su carácter costero y natural. Señalar como principales elementos patrimoniales:
  • Ermita de Nuestra Señora del Socorro: Construida en 1768 por promesa del capitán Pedro de Llano tras salvarse de una tormenta; se ubica junto a la playa de La Arena, en un promontorio rocoso sobre la marisma.
  • Iglesia de San Nicolás de Bari (Pobeña): Edificada en 1750 gracias al legado del arzobispo Pedro de la Quadra y Achiga.
  • Vestigios de la minería del hierro: En Pobeña y sus alrededores se conservan restos de cargaderos de mineral, lavaderos, líneas de cable aéreo y plataformas de carga agrícola/minera. Por ejemplo: el cargadero de “El Castillo” y la ruta peatonal que aprovecha la antigua vía minera.
Hoy comparto estancia con dos personas de Alemania: Andrea y Heike. Y también con Manolito (así le gusta que le llamen), nuestro anfitrión. Con él he compartido un buen rato de conversación. Tenemos en común nuestra vida laboral en la industria, además de una mirada muy similar hacia la vida.

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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lunes, 27 de octubre de 2025

139 - Larrabetzu / Lezama / Zamudio / Bilbao


Queridos amigos,

Antes de emprender el trayecto hasta la localidad de  Larrabetzu dejo una muestra de agradecimiento a los dueños de la Casa Rural y Albergue Turístico “Pozueta” donde he estado alojado, por su atención y amabilidad.

Larrabetzu es un pequeño municipio de dos mil habitantes situado en Bizkaia. Diversos documentos acreditan su fundación en el siglo XIV, concretamente en el año 1376. Sin embargo, en la zona hay presencia mucho más antigua: por ejemplo, la iglesia de Iglesia de San Emeterio y San Celedonio tiene raíz en el siglo IX, ligada a la tradición de las iglesias “juraderas” del antiguo señorío de Bizkaia. Durante la Edad Media, se benefició de su posición en una de las rutas de peregrinación del Camino de Santiago de la Costa, lo que favoreció el tránsito de personas, cultura y comercio.

A pesar de su reducido tamaño, el patrimonio de Larrabetzu combina arquitectura tradicional vasca, palacios rurales y construcciones religiosas de valor. Señalar como elementos más destacados:
  • Su casco histórico fue declarado Bien Cultural, categoría “Conjunto Monumental”, en 1994. En el mismo destacan dos palacios: el Palacio de Icaza, del siglo XV; y el Palacio de Anguleri, que mezcla tipología de caserío vasco con palacio.
  • La Iglesia de San Emeterio y San Celedonio es otra construcción importante.
  • El entorno rural también forma parte de su patrimonio: los numerosos caseríos tradicionales —baserriak— han sido objeto de estudio local. Por ejemplo, se ha publicado un libro que recoge la historia de 162 caseríos del municipio, desde los más antiguos del siglo XVI.
Uno de los pilares más destacados de su economía es la viticultura y el enoturismo. En el municipio se encuentra la Bodega Gorka Izagirre, una empresa familiar dedicada a la producción de txakolí, el vino blanco típico del País Vasco, que ha alcanzado un notable reconocimiento por la calidad de sus productos. Larrabetzu forma parte, además, de los municipios incluidos en la denominación de origen Txakolí de Bizkaia, lo que refuerza su papel dentro de este sector.

Tras una breve pausa para desayunar emprendo viaje a la que será la segunda localidad a visitar en el día de hoy: Lezama. Situada en el valle del Txorierri, sus orígenes se remontan a tiempos medievales: la existencia de torres de linaje y casas solares señala la presencia de familias nobiliarias desde épocas antiguas. Por ejemplo, la Torre de Lezama, según la documentación, ya aparece ligada al siglo XIV. Durante la Edad Media y la Edad Moderna, Lezama se desarrolló como anteiglesia (una entidad tradicional vasca) con una estructura rural consistente, vinculada al caserío vasco, a la agricultura y a la nobleza local. En tiempos más recientes, el municipio ha experimentado transformaciones gracias a su cercanía a Bilbao, con mejoras de comunicaciones y servicios.

Además de la Torre de Lezama, anteriormente mencionada, cabe destacar entre sus elementos patrimoniales la Iglesia de Santa María (siglo XIII), y diversas casas solariegas: el municipio conserva múltiples casas de linaje y caseríos tradicionales dispersos por su territorio, lo que da al paisaje un carácter muy vinculado a la tradición vasca. Añadir, el Humilladero del Santo Cristo (siglo XVII), señalado como uno de los más bellos de la zona.

En referencia a su economía, Lezama combina la tradición agraria con funciones modernas derivadas de su proximidad al área metropolitana de Bilbao. La agricultura, horticultura y viticultura continúan teniendo un peso significativo en la economía local. Aunque no sea un gran centro industrial, su entorno rural alberga numerosas explotaciones agrarias y hortícolas, así como bodegas dedicadas al vino con denominación de origen Bizkaiko Txakolina.

Por otro lado, la proximidad a Bilbao ha favorecido el desarrollo de servicios vinculados al entorno metropolitano y al ámbito deportivo. Lezama acoge infraestructuras deportivas de primer nivel, entre las que destacan las instalaciones de la cantera de futbol del Athletic Club, generadoras de empleo directo e indirecto. Un lugar que frecuenté durante la época en que mi sobrino Andoitz fue jugador de este club.

Apenas un par de kilómetros me separan de la tercera población a visitar: Zamudio. Al igual que Lezama, se halla situada en el valle del Valle del Txorierri. Las primeras noticias documentadas sitúan la creación de la parroquia de San Martín de Arteaga en el año 930 y la existencia de la “Torre de Zamudio” como núcleo noble en esa época. Durante siglos Zamudio desarrolló un carácter rural, con caseríos, agricultura y ganadería, formando su identidad tradicional vasca. A partir de los años 70-80 comenzó a transformarse debido a la llegada de la industria, la construcción de viviendas y la reducción del peso del caserío como modo de vida principal. Hoy Zamudio queda definida por una fuerte presencia tecnológica e industrial.

Esta localidad presenta un caso relevante en Bizkaia por su altísimo nivel de renta per-cápita y por su tejido económico. El Parque Científico y Tecnológico de Bizkaia, ubicado en Zamudio, es un polo de I+D que agrupa numerosas empresas de tecnología, investigación e innovación. Debido a esta presencia, la localidad mantiene el mayor PIB per-cápita de la Comunidad Autónoma del País Vasco. Además de la industria tecnológica, el municipio dispone de comercio local y servicios tanto para la población residente como para las empresas allí instaladas. Este municipio ejemplifica la transformación de un entorno rural tradicional a un centro de actividad tecnológica e industrial de primer nivel.

El esfuerzo realizado desde primera hora de la mañana ha comenzado a pasar factura y aún queda un largo recorrido y desnivel para situar mi cansado cuerpo en el centro del universo, al menos del mundo conocido: Bilbao. Subiendo las empinadas laderas, el sudor cae ante mí como si de una cascada se tratara. Me ha costado tanto ascender al monte Abril que bien puedo asegurar que he llegado a primeros de mayo. Una vez en la ciudad, visito la Basílica de Nuestra Señora de Begoña, patrona de Bizkaia, con el fin de recuperar el agua bendita perdida en el trayecto.

Bilbao, capital de Bizkaia y principal ciudad del País Vasco, fue fundada oficialmente el 15 de junio de 1300 por Don Diego López V de Haro, señor de Bizkaia, quien otorgó a la villa su carta fundacional. Este documento establecía el núcleo original en la margen derecha de la ría del Nervión, en torno a la actual calle Somera del Casco Viejo. Desde el principio, su posición estratégica —en el estuario navegable que conectaba con el mar Cantábrico— convirtió a Bilbao en un punto clave para el comercio marítimo y el transporte de mercancías hacia Castilla.

Durante los siglos XIV y XV, la villa prosperó como puerto comercial. Se exportaba lana castellana y hierro vizcaíno, mientras llegaban productos del norte de Europa. En 1511, la reina Juana I de Castilla (Juana la Loca) le otorgó privilegios que reforzaron su papel económico, lo que permitió que Bilbao se convirtiera en el puerto más importante del Cantábrico.

En los siglos XVIII y XIX, Bilbao experimentó un gran crecimiento con el comercio ultramarino y, sobre todo, con la industrialización. El hierro y el acero de Bizkaia alimentaron altos hornos, astilleros y fábricas que transformaron el paisaje. Surgieron barrios obreros, bancos (como el Banco de Bilbao, precursor del actual BBVA) y una burguesía poderosa que impulsó la expansión urbana.

Sin embargo, el auge industrial trajo conflictos. Bilbao fue escenario clave en las Guerras Carlistas (siglo XIX): la villa fue sitiada en varias ocasiones. En el sitio de 1874, durante la Tercera Guerra Carlista, Bilbao resistió heroicamente el asedio, y su liberación por el general Serrano el 2 de mayo de 1874 se celebra aún como una de las fechas simbólicas de la historia local.

En el siglo XX, la ciudad se convirtió en el motor económico del País Vasco gracias a la industria pesada, los astilleros y la minería. Pero a finales de siglo la crisis industrial golpeó duramente. A partir de los años 90, Bilbao protagonizó una reconversión urbana ejemplar: la limpieza de la ría, la construcción del Museo Guggenheim (1997), el metro diseñado por Norman Foster, la reordenación de Abandoibarra y la apuesta por la cultura y los servicios marcaron el renacimiento de la ciudad. Este proceso es conocido como el “Efecto Bilbao”, y ha sido estudiado en todo el mundo como modelo de transformación urbana.

Hoy, Bilbao combina su herencia industrial y su identidad vasca con una imagen moderna, sostenible y culturalmente activa…

¿Alguien se anima a compartir alguna jornada conmigo?
**Provincia de Bizkaia:
29/10 Miércoles......POBEÑA
**Provincia de Cantabria:
30/10 Jueves….....…MOLLANEDA
31/10 Viernes…...…GÜEMES
01/11 Sábado……….SANTANDER
02/11 Domingo…….(Sin definir)
03/11 Lunes………… SANTILLANA DEL MAR
04/11 Martes...…….COMILLAS

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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domingo, 26 de octubre de 2025

138 - Munitibar / Mendata / Gernika


Queridos amigos,

Después de la exigente jornada de ayer, el día de hoy se presenta más amable, con un recorrido de menor longitud y desnivel acumulado. Tras asistir al oficio de Laudes en la iglesia, emprendo el camino hacia la primera de las localidades que visitaré hoy: Munitibar.

Oficialmente Munitibar-Arbatzegi Gerrikaitz, este es un pequeño municipio de apenas medio millar de habitantes situado en la comarca de Lea-Artibai, en el noreste de la provincia de Bizkaia. Rodeado de montes, bosques y prados, se asienta en el valle del río Lea, en un entorno natural de gran belleza.

El actual municipio nació en 1882, fruto de la fusión de dos antiguas anteiglesias: Arbatzegi-Gerrikaitz y Munitibar. Ambas localidades existían ya en la Edad Media y formaban parte de la Merindad de Markina, dentro del Señorío de Bizkaia. En tiempos medievales, su población se dedicaba principalmente a la agricultura, la ganadería y al trabajo del hierro, aprovechando la abundancia de agua y madera de la zona.

Durante las Guerras Carlistas (siglo XIX), el valle de Lea fue escenario de diversos enfrentamientos, y en Munitibar se refugiaron tanto tropas como población civil. La unión administrativa de las dos anteiglesias vino poco después de esos conflictos, buscando una gestión más eficiente y una identidad común.

El patrimonio de Munitibar es notable para su tamaño. Destaca la Iglesia de San Vicente Mártir, un magnífico ejemplo del gótico vasco. También merece atención la Casa Consistorial, edificio de piedra del siglo XIX, y varios caseríos tradicionales (baserriak), que reflejan la arquitectura rural vasca en su forma más auténtica.

Cerca del núcleo urbano, en la ribera del Lea, se encuentra el Molino de Bengolea, restaurado y conservado como testimonio de la importancia que tuvo la molienda de grano y el aprovechamiento hidráulico en la economía local.

La vida en Munitibar siempre ha estado estrechamente ligada al campo. La agricultura y la ganadería han sido históricamente las principales fuentes de sustento, aunque en las últimas décadas muchos habitantes trabajan en los sectores industrial y de servicios en municipios cercanos como Markina-Xemein o Gernika. La explotación forestal (especialmente de pino) y la producción de derivados lácteos continúan siendo actividades destacadas.

Una anécdota interesante es que, durante siglos, las dos partes del municipio —Munitibar y Arbatzegi-Gerrikaitz— mantuvieron cierta rivalidad amistosa, hasta el punto de que cada una tenía su propia iglesia y fiestas patronales. Tras la unión en el siglo XIX, se decidió alternar los festejos y compartir las tradiciones, creando una identidad común que aún hoy se celebra con orgullo.

De camino a Gernika visito Mendata, una pequeña población rural con apenas cuatro centenares de habitantes y conformada por las barriadas de Olabe, Marmiz y Albiz.

¿Quien no ha oído hablar de Gernika?, me pregunto. Sin duda alguna, estoy en el corazón histórico de Bizkaia. Esta es una villa emblemática, tanto por su valor histórico como por su carga simbólica en la identidad vasca. Fundada oficialmente en 1366 por Don Tello, señor de Bizkaia y hermano del rey Enrique II de Castilla. La fundación se inscribe dentro del proceso de creación de villas con fueros durante la Edad Media, con el fin de reforzar la autoridad del señorío y promover la actividad comercial.

Desde su origen, Gernika adquirió un papel fundamental en la vida política del Señorío de Bizkaia. En la cercana Casa de Juntas, los representantes de los distintos concejos vizcaínos se reunían bajo el Árbol de Gernika, símbolo de las libertades forales vascas. Bajo sus ramas, los señores de Bizkaia —y más tarde los reyes de Castilla y España— juraban respetar los fueros y privilegios del territorio.

Este rito se mantuvo hasta el siglo XIX, y aunque las instituciones forales fueron abolidas en 1876 tras la Tercera Guerra Carlista, el Árbol de Gernika siguió siendo un emblema de la identidad vasca y de la defensa de las libertades históricas. Hoy, la Casa de Juntas es la sede del Parlamento de Bizkaia, y en sus jardines se conserva el actual Árbol de Gernika, descendiente directo del original.

El nombre de la ciudad ha quedado grabado en la memoria colectiva mundial por el trágico bombardeo sufrido el 26 de abril de 1937, durante la Guerra Civil Española. El ataque aéreo, llevado a cabo por la Legión Cóndor alemana en apoyo al bando franquista, destruyó gran parte de la ciudad y causó centenares de víctimas civiles. El suceso inspiró a Pablo Picasso su célebre cuadro Gernika, convertido desde entonces en un símbolo universal contra la barbarie y la guerra.

El patrimonio de Gernika es extenso y profundamente ligado a la historia del pueblo vasco. En primer lugar, destaca el Árbol de Gernika, roble bajo el cual los señores de Bizkaia juraban respetar los fueros vascos. Este árbol —símbolo de los vascos— y la Casa de Juntas, edificio que alberga el Parlamento foral de Bizkaia, representan la tradición democrática e identitaria de Euskadi.

Señalar también por su importancia los siguientes elementos patrimoniales:
  • La Iglesia de Santa María, de estilo gótico, con una imponente estructura.
  • El Museo de la Paz, dedicado a la memoria del bombardeo y a la promoción de la cultura de la paz y los derechos humanos.
  • El Museo Euskal Herria, ubicado en el Palacio Alegría, que ofrece una visión completa de la historia, la cultura y las costumbres del País Vasco.
La economía de Gernika se ha transformado a lo largo de las décadas. Tradicionalmente agrícola y ganadera, hoy en día, se sustenta principalmente en tres pilares:
  • Industria y servicios, con especial presencia de empresas metalúrgicas, mecánicas y tecnológicas situadas en el entorno del Parque Empresarial de Gernika.
  • Turismo cultural, impulsado por el interés histórico y simbólico del lugar, así como por su proximidad a la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, declarada por la UNESCO.
  • Comercio local y hostelería, que dinamizan la vida económica de la villa y contribuyen a mantener un equilibrio entre modernidad y tradición.
A mí llegada he tenido la oportunidad de ver la villa foral engalanada y preparada para un evento de primer nivel, a celebrar mañana lunes, día 27. Cada año, el último lunes de octubre, Gernika se convierte en el epicentro de la tradición rural vizcaína con la celebración de su célebre Feria del Último Lunes de Octubre (Gernikako Azken Astelehena). Lo que en su origen fue un sencillo mercado de ganado se ha transformado, con el paso de los siglos, en una de las ferias agrícolas y ganaderas más emblemáticas del País Vasco.

Desde primeras horas de la mañana, las calles del casco urbano se llenan de puestos en los que productores locales ofrecen lo mejor del campo y la huerta: quesos, miel, pan, sidra, txakoli, verduras, frutas, embutidos y una gran variedad de productos artesanales. Los concursos de ganado y las degustaciones populares conviven con las exhibiciones de bueyes, las actuaciones de bertsolaris y los concursos agrícolas que premian la calidad y el esmero de los productores.

La feria no es solo un escaparate del mundo rural, sino también una jornada festiva que atrae a decenas de miles de visitantes de toda Euskadi. El ambiente se impregna de música, de olores a talo recién hecho y de conversaciones en euskera que dan vida a una tradición profundamente enraizada en la identidad del pueblo vasco.

El Último Lunes de Octubre en Gernika es, en definitiva, una cita donde se entrelazan historia, cultura y vida cotidiana; una celebración que mantiene viva la esencia del mundo rural en pleno corazón de Bizkaia.

El destino ha llevado mi persona hasta Pozueta, un barrio del municipio de Muxika, en pleno entorno rural, donde me hospedo en un espléndido caserío vasco, parte del cuál ha sido reconvertido en Casa Rural y Albergue Turístico. Aquí comparto la vida por un tiempo con cinco personas de diferentes lugares de Europa.

La jornada ha resultado más dura de lo esperado, sobre todo por la lluvia, presente con mayor o menor intensidad, durante toda la mañana…

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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sábado, 25 de octubre de 2025

137 - Olatz / Markina-Xemein / Ziortza-Bolibar


Queridos amigos,

Hoy tengo ante mí una etapa de elevada dificultad por la longitud y acusado desnivel, con un único punto intermedio de servicios: Markina-Xemein.

Esta localidad comprende dos núcleos históricos, Markina y la anteiglesia de Xemein. Los registros más antiguos indican presencia humana desde el Mesolítico, con yacimientos, tumbas megalíticas y hallazgos de la época romana. En el siglo X aparece el pequeño núcleo religioso de Iturreta. La villa de Markina fue fundada el 6 de mayo de 1355 por Don Tello, señor de Bizkaia, para dar carta de población (“carta puebla”) con la intención de crear un asentamiento que defendiera la frontera con Gipuzkoa. Aunque históricamente muy próximos, la configuración administrativa como “Markina-Xemein” resulta de un proceso de fusión que data de 1952, cuando Markina y Xemein se unen oficialmente.

El casco histórico conserva el trazado medieval original. Hace unas décadas fue declarado Bien Cultural con la categoría de Conjunto Monumental, lo que da idea de su valor. También se pueden admirar varios palacios, casas torre y edificaciones barrocas; por ejemplo, el Palacio de Patrokua (o de Gaytán de Ayala). Otros monumentos relevantes son la Iglesia de Santa María de la Asunción de Xemein (siglo XVI) y el Convento e Iglesia del Carmen de Markina, fundado en 1691.

Uno de los recursos más emblemáticos del municipio es el conocido mármol negro llamado “Mármol Negro de Markina”, extracción que históricamente ha dado valor económico y ahora aspira incluso a reconocimiento geológico internacional.

En el ámbito deportivo, el municipio es conocido como “Universidad de la Pelota Vasca”: el frontón de Markina ha sido centro de formación de pelotaris que han llegado a destacar internacionalmente.

Una de las historias más curiosas y populares de Markina-Xemein narra que en la ermita de San Miguel de Arretxinaga, junto a la confluencia de dos ríos en el valle, existe un altar formado por tres enormes bloques de piedra natural que quedaron integrados en el templo. Según la tradición local, quien pase tres veces por debajo de ese altar sin tocar las piedras, tendrá la dicha de encontrar pareja en menos de un año. Esas grandes piedras son una curiosidad en sí mismas (por su origen y forma en el interior de la ermita) y la costumbre popular ha convertido esa formación en un punto cargado de superstición positiva.

En esta localidad guardo un tiempo de descanso mientras contemplo la llegada de los participantes de una media maratón. Retomado el camino, tengo la fortuna de poder comer en Armola Jatetxea, un estupendo restaurante situado en el barrio de Iruzubieta, ya dentro del municipio de Ziortza-Bolibar, localidad con algo menos de 500 habitantes situada en la comarca de Lea Artibai, en la falda del monte Oiz, al noreste de Bizkaia.

Sus orígenes se remontan al menos al siglo XI, cuando ya aparece documentada. El nombre “Bolibar” vendría del vasco bolu (“molino”) + ibar (“vega / valle”): “vega del molino”. Durante muchos años fue una zona rural, ligada a la vecina villa de Markina-Xemein, y entre 1969 y 2004 estuvo anexionada al municipio de Markina-Xemein. El 1 de enero de 2005 se constituyó como municipio independiente bajo el nombre oficial de Ziortza-Bolibar.

La familia de los Bolívar (de ahí el apellido mundialmente conocido de Simón Bolívar) tiene su origen en esta zona de Bolibar. De hecho, el municipio lo realza como parte de su identidad histórica.

A pesar de su reducido tamaño posee un patrimonio muy importante, como es el Museo Simón Bolívar, ubicado en el caserío Errementarikua, que recuerda la vinculación de la familia Bolívar con el municipio, y también muestra la vida tradicional en la Edad Media en Bizkaia. Añadir, la Iglesia de Santo Tomás de Bolibar (siglos XVII-XVIII), los barrios rurales con caseríos tradicionales, y la ermita de San Pedro de Arta (s. XI).

Mención aparte merece la Colegiata de Zenarruza, donde hoy quedo alojado. Este lugar tiene una historia que combina hechos documentados y leyendas populares. Una de las más célebres relata que en el año 968, durante la fiesta de la Asunción, apareció un águila coronada que voló hasta el osario del cementerio de la iglesia de Santa Lucía de Garay, cogió una calavera y la dejó caer en la ladera opuesta. Interpretado como señal divina, este suceso motivó que se construyera una ermita en ese lugar en honor a la Virgen María. En cualquier caso, se constata arqueológicamente que en el emplazamiento existían restos de edificaciones de origen prerrománico o altomedieval (siglos IX–X) junto a necrópolis antiguas.

En 1379 se erige oficialmente como colegiata, por decisión del obispo Gonzalo de Mena y Roelas de Calahorra, órgano al que pertenecía entonces la diócesis de Bizkaia. El 12 de junio de 1380 se promulgaron las constituciones que establecían su gobierno por un abad y seis beneficiados (canónigos regulares de san Agustín). La colegiata cumplía una función religiosa, comunitaria y de apoyo a los peregrinos que transitaban por el tramo del Camino de Santiago por la Costa (también llamado Camino del Norte) que pasaba por esa zona. Durante los siglos XV al XVI la colegiata alcanzó su esplendor.

A partir del siglo XIX la institución sufrió los efectos de desamortizaciones y de la secularización de muchas colegiatas. En 1851 se pone fin a su condición original según algunos registros. En 1948 fue declarada Monumento Nacional de Euskadi. A finales del siglo XX, en 1988, se instaló una comunidad de monjes de la orden cisterciense-trapense procedentes de la Abadía de la Oliva (Navarra), que revitalizó el conjunto.

Quien realiza caminando el trayecto desde Deba hasta la Colegiata de Cenarruza debe saber que Dios le pondrá a prueba en todas y cada una de las empinadas rampas diseminadas a lo largo del trayecto. A mi llegada a la colegiata, he pensado con humor: “pocos borrachos he visto tambalearse con tanta gracia como yo en este momento”.

Supongo que Dios quiere a sus devotos fieles junto a él, siempre en lo más alto…

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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viernes, 24 de octubre de 2025

136 - Getaria / Azkizu / Zumaia / Itziar / Deba


Queridos amigos,

Con la intención de desayunar en alguno de los bares de Zarautz y disponer de un margen de tiempo extra para disfrutar por unos minutos de la ciudad, salgo de mis aposentos reales cuando aún es noche cerrada, tras despedirme de mis compañeros de alojamiento, a quienes ayer tuve la oportunidad de explicar el propósito de mi viaje caminando por el país.

Ya en Zarautz, avanzo hacia Getaria por la playa de La Concha y continúo luego por el magnífico paseo que recorre todo el litoral. A estas primeras horas de la mañana, son muchas las personas que practican deporte o caminan junto al mar, disfrutando de unas vistas inmejorables del entorno.

¡Qué puedo decir de Getaria! Podría considerarse el hermano menor de Zarautz… o quizá el mayor. A lo largo de mi vida he visitado esta localidad en numerosas ocasiones y siempre he disfrutado de la excelente gastronomía de sus restaurantes, especialmente del Kaia, uno de mis favoritos.

Getaria es una villa costera situada en un enclave privilegiado del litoral cantábrico, entre Zarautz y Zumaia, destaca por su casco histórico medieval, su puerto pesquero y su profunda conexión con el mar. A pesar de su tamaño reducido, Getaria posee una importante historia y legado cultural y económico que la convierten en uno de los pueblos más emblemáticos de la costa vasca.

Los orígenes de Getaria se remontan a la Edad Media. Fue fundada en el siglo XIII, concretamente en 1209, por orden del rey Alfonso VIII de Castilla, quien le concedió la carta puebla. Su ubicación estratégica, protegida por el monte San Antón —popularmente conocido como “el Ratón de Getaria” por su forma—, la convirtió en un importante puerto pesquero y defensivo.

A lo largo de los siglos, la ciudad sufrió ataques y conflictos, como los incendios que destruyeron buena parte de la villa en los siglos XV y XVII, o los estragos de las guerras carlistas. No obstante, siempre se recuperó gracias a la fortaleza de su comunidad.

Getaria también es cuna de figuras históricas de gran relevancia. El más célebre es Juan Sebastián Elcano, marino que completó la primera vuelta al mundo tras la muerte de Magallanes. Su hazaña convirtió a Getaria en símbolo de la exploración marítima universal. Otro hijo ilustre es Cristóbal Balenciaga, considerado uno de los grandes maestros de la alta costura del siglo XX.

En referencia a su patrimonio, el casco antiguo de Getaria conserva su trazado medieval, con calles empedradas y casas de piedra típicamente vascas. Entre sus monumentos más destacados se encuentran:

  • La iglesia de San Salvador, un magnífico templo gótico del siglo XV, declarado Monumento Nacional. En ella juraron las Juntas Generales de Guipúzcoa en 1397, hecho que marca el nacimiento institucional del territorio histórico.
  • El puerto de Getaria, corazón de la villa, que mantiene la actividad pesquera tradicional y concentra gran parte de la vida social y gastronómica del pueblo.
  • El monte y faro de San Antón, antiguo islote unido a tierra por un istmo, que ofrece vistas panorámicas del litoral y rutas naturales muy frecuentadas.
  • El monumento a Juan Sebastián Elcano, situado en lo alto del monte, visible desde distintos puntos de la costa.
  • El Museo Cristóbal Balenciaga, ubicado en un moderno edificio anexo al Palacio Aldamar, dedicado a la vida y obra del famoso diseñador getariarra.
Además, las murallas, las casas-torre y el ambiente marinero de sus calles contribuyen a mantener la esencia histórica del lugar.

Tradicionalmente, la economía de Getaria ha estado vinculada al mar y a la pesca, especialmente del bonito del norte y la anchoa, productos que siguen siendo emblemas locales. En torno a la actividad pesquera se han desarrollado industrias conserveras y de transformación del pescado.

Otra fuente económica fundamental es la viticultura, en particular la producción del txakoli de Getaria (Getariako Txakolina), vino blanco con denominación de origen propia. Las empinadas laderas que rodean la villa están cubiertas de viñedos, y numerosas bodegas elaboran este vino afrutado y ligeramente espumoso que se exporta a toda España y al extranjero.

El turismo constituye hoy otro pilar esencial de la economía local. La oferta gastronómica, basada en el pescado a la parrilla, junto con su patrimonio histórico, su costa y su ambiente marinero, atraen a miles de visitantes cada año.

Continúo viaje hacia la pequeña aldea de Azkizu, que pronto dejo atrás para acceder a la segunda población de importancia del día: Zumaia. Esta es una villa costera situada en la desembocadura de los ríos Urola y Narrondo, en la provincia de Gipuzkoa. Forma parte de la comarca del Urola Kosta y se halla en un entorno natural espectacular, donde el mar Cantábrico se encuentra con los acantilados del Geoparque de la Costa Vasca. Su paisaje, su patrimonio histórico y su carácter marinero la convierten en uno de los destinos más atractivos del litoral guipuzcoano.

Con orígenes en la Edad Media, fue fundada oficialmente en 1347 por orden del rey Alfonso XI de Castilla, quien le concedió la carta puebla para proteger la desembocadura del Urola y fomentar el desarrollo de una comunidad pesquera y artesanal. Su nombre original, Villa de Zumaya, proviene del topónimo vasco zumai(a), que alude a la presencia de juncos o cañas en la zona.

Durante siglos, Zumaia fue un pequeño núcleo pesquero y agrícola, aunque su puerto también tuvo cierta importancia en el comercio costero. En los siglos XVI y XVII participó en la construcción naval, y muchos de sus habitantes se embarcaron en expediciones de pesca o comercio hacia el norte de Europa.

A lo largo de su historia, la villa sufrió diversos conflictos, como las guerras carlistas, que afectaron gravemente al País Vasco en el siglo XIX. No obstante, supo mantener su identidad marinera y su vida comunitaria, adaptándose a los cambios económicos del siglo XX con el desarrollo del turismo y de pequeñas industrias locales.

Zumaia conserva un notable patrimonio histórico, artístico y natural que refleja su pasado y su entorno privilegiado. Entre sus elementos más destacados se encuentran:
  • La iglesia de San Pedro Apóstol, construida entre los siglos XIII y XV, es uno de los mejores ejemplos del gótico vasco.
  • La ermita de San Telmo, situada sobre el acantilado que domina la playa de Itzurun, es uno de los lugares más emblemáticos del municipio. Dedicada al patrón de los marineros, se ha hecho famosa por sus vistas espectaculares y por haber aparecido en películas como “Ocho apellidos vascos” o “Juego de Tronos”.
  • El casco antiguo, de trazado medieval, conserva calles estrechas, casas de piedra y edificios con escudos nobiliarios que recuerdan el pasado señorial y marinero de la villa.
  • El Museo de Zuloaga, instalado en el antiguo convento de San Francisco, alberga una importante colección de obras del pintor Ignacio Zuloaga, natural de Eibar pero muy vinculado a Zumaia.
  • El Flysch, formación geológica que aflora en los acantilados de Itzurun y Algorri, constituye uno de los conjuntos geológicos más impresionantes de Europa. Sus capas de roca sedimentaria, formadas durante millones de años, permiten leer la historia de la Tierra como si fuera un libro abierto.
Históricamente, como otros pueblos costeros del entorno, los principales medios de vida de Zumaia fueron la pesca, la navegación y la agricultura. El puerto fue durante siglos el motor económico de la villa, facilitando el comercio marítimo y la actividad pesquera, especialmente del bonito, la anchoa y la sardina.

A partir del siglo XX, la economía local se diversificó con la aparición de pequeñas industrias metalúrgicas y navales, así como talleres de carpintería y mecánica vinculados al sector marítimo. En la actualidad, los tres pilares económicos de Zumaia son:
  • El turismo, que ha crecido notablemente gracias al Geoparque de la Costa Vasca, las playas de Itzurun y Santiago, y la oferta cultural y gastronómica.
  • La pesca y las conserveras, aunque en menor medida que en el pasado, siguen teniendo presencia en el puerto.
  • El vino txakoli, producido en los viñedos cercanos, que comparte denominación de origen con el txakoli de Getaria y Zarautz.
Los kilómetros realizados hasta este punto pesan en el cuerpo y suponen un verdadero handicap para salvar el fuerte desnivel existente hasta la localidad de Itziar, última cota antes de emprender un largo y pronunciado descenso hasta Deba, el final de la jornada.

Deba es una villa costera situada en la provincia de Gipuzkoa, en el corazón del litoral occidental vasco. A orillas del mar Cantábrico y en la desembocadura del río del mismo nombre, Deba combina un importante pasado histórico con un patrimonio monumental de gran valor y una vida económica tradicionalmente ligada al mar, la agricultura y, en las últimas décadas, al turismo.

El territorio de Deba ha estado habitado desde tiempos prehistóricos, como demuestran los restos arqueológicos hallados en cuevas cercanas, entre ellas la cueva de Ekain, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (situada en el vecino valle de Sastarrain, aunque vinculada históricamente al área de Deba).

La actual villa de Deba fue fundada en 1294 por orden del rey Sancho IV de Castilla, quien trasladó la población desde el primitivo núcleo de Itziar —situado en el monte— hasta la costa, buscando potenciar el comercio marítimo y la pesca. La nueva fundación recibió el nombre de Monreal de Deba y una carta puebla que garantizaba privilegios a sus habitantes.

Durante la Edad Media y Moderna, Deba prosperó como puerto comercial y pesquero. Desde su embarcadero se exportaban hierro, lana y vino, e importaban productos del norte de Europa. El auge económico se reflejó en la construcción de magníficos edificios religiosos y civiles. Sin embargo, los ataques piratas, las guerras carlistas y los cambios económicos posteriores redujeron progresivamente su importancia marítima.

A partir del siglo XIX, Deba se reinventó como villa turística y balnearia. Su clima suave, su playa y su paisaje atrajeron a visitantes de toda España, convirtiéndola en un destino de veraneo de la burguesía guipuzcoana.

Deba conserva un notable conjunto monumental que refleja su esplendor histórico y su estrecha relación con el mar. Resaltar de entre su patrimonio:
  • Iglesia parroquial de Santa María: construida entre los siglos XV y XVI, es una de las joyas del gótico vasco.
  • Casco antiguo: de trazado medieval, alberga casas blasonadas y calles empedradas que conservan el aire histórico de la villa.
  • Convento de San Francisco: fundado en el siglo XVI, fue un importante centro religioso y hoy acoge espacios culturales.
  • Puerto y playa de Santiago: el puerto sigue siendo símbolo de la identidad marinera de Deba, mientras que la playa, situada junto a la desembocadura del río, es uno de los grandes atractivos turísticos del municipio.
  • Barrio de Itziar: a escasos kilómetros del centro urbano, destaca por su santuario dedicado a la Virgen de Itziar, patrona de los marineros y de la comarca.
La economía de Deba ha girado en torno al mar y la pesca, con especial importancia de las capturas de bonito y anchoa. A su alrededor se desarrollaron industrias conserveras y astilleros. También ha tenido gran peso la agricultura y la ganadería en los barrios rurales, como Itziar o Lastur, donde aún se mantienen los caseríos tradicionales dedicados a la producción de leche, maíz y hortalizas.

Desde el siglo XIX, y especialmente a lo largo del XX, el turismo se ha convertido en el motor económico principal. La villa ha sabido conjugar su herencia histórica con una oferta moderna de alojamiento, restauración y actividades de naturaleza. Su playa, los paisajes del geoparque y la gastronomía —con productos del mar y sidra o txakoli de la comarca— atraen cada año a numerosos visitantes.

Hoy me alojo rodeado del glamour que desprende una vieja estación de ferrocarril reconvertida en albergue para peregrinos del Camino de Santiago. Muchos huéspedes, la mayoría de diferentes países europeos. Despido de este modo un día que ha resultado muy exigente en esfuerzo y extraordinario en belleza.

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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jueves, 23 de octubre de 2025

135 - Orio / Zarautz


Queridos amigos,

Emprendo esta nueva travesía —de Donostia/San Sebastián a Oviedo— bajo una alerta severa por malas condiciones meteorológicas en la provincia de Gipuzkoa. Una borrasca bautizada con el nombre de “Benjamin” que está dejando lluvias y rachas de viento que superan los 165 kilómetros por hora. No queda otra que afrontar el camino con calma y superar, del mejor modo posible, todo lo que vaya surgiendo.

La ciudad presenta, en estas primeras horas de la mañana, el aspecto de haber sufrido un pequeño tornado. Árboles caídos, ramas esparcidas por el suelo y cascotes desprendidos de varios edificios dan testimonio de la fuerza del temporal. El viento sopla con gran intensidad, una situación que requiere atención constante.

Esta primera etapa es tan bonita como exigente. Tras recorrer la playa de La Concha, el camino presenta una fuerte subida de unos dos kilómetros hasta el Monte Igueldo. Desde este punto, la ruta continúa entre tramos asfaltados y senderos con magníficas vistas al mar, hasta iniciar un vertiginoso descenso hacia Orio, la primera localidad a visitar en el día de hoy.

Ubicado en la desembocadura del río Oria, este pequeño municipio combina la tradición marinera con el encanto de un entorno natural privilegiado, en el que confluyen el mar, el río y las montañas. El origen de Orio se remonta a la Edad Media. El núcleo urbano se formó alrededor del puerto y de la iglesia parroquial de San Nicolás de Bari, que se documenta ya en el siglo XIII. Durante siglos, la vida de sus habitantes estuvo estrechamente ligada al mar, especialmente a la pesca y a la construcción naval. Como muchos pueblos costeros vascos, Orio sufrió los estragos de incendios y conflictos, entre ellos los derivados de las guerras carlistas.

En el siglo XIX, la construcción del ferrocarril del Norte y la mejora de las comunicaciones impulsaron el desarrollo del municipio, que comenzó a abrirse al turismo y a las actividades industriales. A lo largo del siglo XX, Orio mantuvo su carácter marinero, aunque fue diversificando poco a poco su economía.

El casco histórico de Orio conserva la esencia de un pueblo marinero tradicional, con calles empedradas, casas con balcones de madera y un ambiente acogedor. Entre sus principales monumentos señalar:
  • La iglesia parroquial de San Nicolás de Bari, de estilo gótico-renacentista, que domina el casco viejo y guarda un valioso retablo barroco.
  • La ermita de San Martín de Tours, situada en lo alto del monte que lleva su nombre, desde donde se obtiene una de las mejores panorámicas de la costa guipuzcoana.
  • El puerto y la zona vieja, con su típico trazado medieval, donde se respira el ambiente marinero de antaño.
  • El puente sobre el Oria, punto de paso histórico entre las dos orillas del río, que ha tenido gran importancia en las comunicaciones de la comarca.
  • Además, la playa de Antilla, en la desembocadura del río, se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos del municipio.
Tradicionalmente, la pesca ha sido el pilar económico de Orio. Durante siglos, sus marineros faenaron en el Cantábrico y participaron en las grandes campañas de pesca de ballenas y bacalao. Aún hoy, la localidad mantiene una importante relación con el mar, tanto a través de la pesca como de la gastronomía, siendo muy conocida por sus asadores de pescado, especialmente por las doradas a la parrilla, símbolo culinario del pueblo.

En las últimas décadas, el turismo ha cobrado gran protagonismo, gracias a la belleza natural del entorno, la playa, el surf y el prestigio de su oferta gastronómica. También existen pequeñas industrias y talleres vinculados a la carpintería naval, al sector servicios y a la construcción.

Después de comer -muy bien y económico- en el hogar del jubilado de Orio emprendo un corto trayecto hasta Zarautz, ahora con el viento más calmado.

Esta localidad, famosa por su extensa playa y su fuerte tradición turística, es uno de los destinos más emblemáticos del litoral guipuzcoano. Los orígenes de Zarautz se remontan a la Alta Edad Media, aunque existen restos arqueológicos en sus alrededores —como los hallazgos en la zona de Santa María la Real— que demuestran presencia humana desde tiempos prehistóricos. La villa fue fundada oficialmente en el año 1237 por el rey Fernando III de Castilla, quien le otorgó fuero para favorecer su poblamiento y desarrollo. Desde entonces, pasó a formar parte de la red de villas costeras guipuzcoanas con derechos comerciales y marítimos, lo que marcó su carácter marinero desde los primeros tiempos.

Durante los siglos XIV y XV, la economía local se basó fundamentalmente en la pesca —en especial la del bacalao y la ballena— y en el comercio marítimo. Los marineros zarauztarras participaron activamente en las grandes campañas pesqueras del Atlántico Norte, llegando incluso a Terranova. Paralelamente, la villa desarrolló una incipiente actividad agrícola, destacando los cultivos de vid para la producción de txakoli, un vino blanco local que hoy sigue siendo seña de identidad de la comarca.

En la misma época, se consolidaron las familias nobles y linajes locales, que construyeron torres defensivas y casas solariegas. Estas casas-torre respondían tanto a la necesidad de defensa como al deseo de mostrar poder e influencia en una época marcada por las guerras de bandos entre linajes guipuzcoanos.

Durante los siglos XVI y XVII, Zarautz vivió un periodo de prosperidad. Se construyeron palacios y edificios religiosos que aún hoy embellecen el casco histórico.

En los dos siglos posteriores, la villa mantuvo su carácter marinero, aunque el comercio marítimo comenzó a decaer debido a los cambios en las rutas comerciales y al auge de los puertos mayores, como San Sebastián o Pasajes. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, Zarautz experimentó una profunda transformación social y económica: la llegada del ferrocarril del Norte en 1895 impulsó su desarrollo turístico, y la villa se convirtió en un prestigioso destino de veraneo para la aristocracia vasca y española.

El auge turístico trajo consigo la construcción del Gran Hotel de Zarautz y numerosas villas señoriales a lo largo del paseo marítimo. En este periodo, la localidad adquirió una imagen cosmopolita, con balnearios, cafés, casinos y un ambiente social muy activo. El turismo se convirtió así en el nuevo motor económico, sustituyendo progresivamente a la pesca.

Durante el siglo XX, especialmente tras la Guerra Civil, Zarautz siguió consolidándose como referente turístico y cultural. Su extensa playa —la más larga de Gipuzkoa— atrajo tanto a familias vascas como a visitantes de otras regiones de España. En las décadas de 1960 y 1970, el auge del turismo de masas transformó la villa, con la expansión urbanística y la creación de nuevas infraestructuras.

Zarautz conserva un importante patrimonio histórico y arquitectónico que refleja su evolución desde un puerto pesquero medieval hasta una elegante villa turística. Entre sus elementos más destacados se encuentran:
  • La iglesia de Santa María la Real, de origen gótico (siglos XV-XVI).
  • El Palacio de Narros, erigido en el siglo XVI por la familia Zarauz. Este palacio renacentista se convertiría siglos más tarde en residencia de verano de la reina Isabel II y de la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, consolidando la relación de la villa con la realeza.
  • Las torres y casas solariegas del casco antiguo, como la Torre Luzea (siglo XV), uno de los mejores ejemplos de arquitectura civil medieval en Guipúzcoa.
  • El convento de los franciscanos y la ermita de Santa Bárbara, situada en un alto con magníficas vistas de la bahía.
  • Además, su paseo marítimo y su playa de más de 2,5 kilómetros son hoy el emblema de la localidad.
Históricamente, la economía de Zarautz se basó en la pesca y la agricultura, pero a partir del siglo XIX el turismo se convirtió en su principal motor económico. En la actualidad, este sector sigue siendo el eje central de la economía local, sustentado por una amplia oferta hotelera, gastronómica y de ocio.

El surf tiene un papel muy destacado: Zarautz es considerada una de las cunas del surf en España, lo que atrae a miles de visitantes nacionales e internacionales cada año. La gastronomía es otro de sus grandes atractivos, con una fuerte tradición culinaria que ha dado chefs de renombre, como Karlos Arguiñano, que tiene su restaurante y escuela de cocina en la villa.

Además, la ciudad mantiene cierta actividad industrial y de servicios, así como una agricultura residual centrada en el cultivo de la vid para txakoli, con bodegas que forman parte de la denominación de origen Getariako Txakolina.

Al atardecer visitó el Antiguo cargadero de mineral de Mollarri – Malla Harria, situado muy próximo al lugar donde me hospedo. Este es uno de los vestigios más representativos del pasado industrial de la costa vasca. Construido a comienzos del siglo XX, su función principal era facilitar la carga del mineral de hierro procedente de las minas de Asteasu y Andatza en los buques que partían desde la bahía de Zarautz rumbo a otros puertos.

El proyecto fue impulsado por la Compañía Minera Malla Harria, que ideó un complejo sistema de transporte mediante vagonetas y cables aéreos que descendían desde el monte Talai Mendi hasta el acantilado donde se encuentra el cargadero. Allí, el mineral se vertía directamente a las bodegas de los barcos mediante una estructura metálica que sobresalía del acantilado, una auténtica obra de ingeniería para la época.

El cargadero permaneció en funcionamiento hasta mediados del siglo XX, cuando la actividad minera en la zona fue decayendo. En los últimos años, el Ayuntamiento de Zarautz y la Diputación Foral de Gipuzkoa han llevado a cabo labores de consolidación y restauración, con el objetivo de preservar este patrimonio industrial y poner en valor su entorno natural. Hoy en día, el conjunto de Mollarri – Malla Harria forma parte de un itinerario cultural y de senderismo muy popular, que combina historia, naturaleza y unas vistas espectaculares del litoral cantábrico.

Apostado en una de las terrazas del Hostel del Gran Camping Zarautz, donde me hospedo, contemplo la fuerza del mar que azota sin descanso la bellísima costa de Zarautz. Mientras tanto, no puedo evitar pensar que  –en este escenario únicamente falta una estrella para alcanzar la perfección absoluta.

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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