Queridos amigos,
Saliendo de Hazas de Liendo, dos horas de viaje caminando junto al mar me llevan a Laredo. Un trayecto realmente espléndido. Esta es una de las villas más emblemáticas de la costa oriental de Cantabria, situada a orillas del mar Cantábrico y protegida por el monte Buciero y la bahía de Santoña. Su historia se remonta a la Edad Media, aunque la zona estuvo habitada desde tiempos prerromanos. El nombre de Laredo aparece documentado por primera vez en el siglo XI, y ya en el siglo XIII el rey Alfonso VIII le otorgó el título de villa, junto con una serie de privilegios que la convirtieron en uno de los principales puertos del norte peninsular.
Durante la Edad Media y el Renacimiento, Laredo formó parte del Cuatro Villas de la Costa del Mar, junto con Santander, Castro Urdiales y San Vicente de la Barquera. Estas villas gozaban de fueros y derechos comerciales que las situaban en el centro del comercio marítimo entre Castilla y Europa. Desde su puerto partían mercancías como lana, hierro o madera hacia Flandes e Inglaterra, y regresaban barcos cargados de tejidos, vino o especias. Además, Laredo fue uno de los puntos de partida de Carlos I hacia Flandes en 1517, lo que subraya su importancia política y estratégica.
El casco histórico de Laredo, conocido como la Puebla Vieja, es su principal tesoro patrimonial. Declarado Conjunto Histórico-Artístico, conserva el trazado medieval de calles estrechas y empedradas, salpicadas de casas nobles, escudos heráldicos y balcones de madera. En él destacan monumentos como la iglesia de Santa María de la Asunción, una magnífica muestra del gótico cántabro iniciada en el siglo XIII, que guarda en su interior un valioso retablo flamenco del siglo XV. También son notables las antiguas murallas, la Casa de las Cuatro Témporas, la Casa de los Gutiérrez Rada o la Casona de Zarauz.
Junto a su patrimonio histórico, Laredo cuenta con un entorno natural privilegiado. Su playa de La Salvé, con más de cuatro kilómetros de arena fina, es una de las más extensas del norte de España y un referente turístico desde el siglo XIX, cuando la villa comenzó a atraer visitantes por su clima, su belleza y su ambiente veraniego. La zona del Puntal y las marismas de Santoña, Victoria y Joyel conforman además un espacio protegido de alto valor ecológico, donde conviven numerosas especies de aves migratorias.
Laredo ha evolucionado a lo largo de los siglos. Tradicionalmente, la pesca fue su principal medio de subsistencia; su puerto, activo y bien situado, sustentó una potente flota pesquera y una industria conservera que aún hoy tiene presencia. Con el paso del tiempo, el turismo se ha convertido en el motor económico de la villa, especialmente durante los meses de verano. Hoteles, restaurantes y actividades náuticas dan vida a su litoral, mientras que la agricultura y la ganadería mantienen un papel secundario en su entorno rural.
Actualmente, combina su pasado marinero con un presente abierto al turismo, los servicios y la cultura. Cada año celebra fiestas de gran arraigo como la Batalla de Flores, declarada de Interés Turístico Nacional, que llena las calles de color y música. La villa sigue siendo, como lo fue en la Edad Media, una puerta abierta al mar y un símbolo del carácter atlántico y hospitalario de Cantabria.
Dejo atrás esta localidad para dirigirme a Santoña a bordo de una de las barcas que realizan el trayecto entre ambas márgenes de la ría de Treto, entre el Puntal de Laredo y el puerto de Santoña.
A mi llegada, encuentro una ciudad bulliciosa, en contraste con Laredo. Me hallo en una de las localidades más importantes del litoral cántabro, situada al este de la región, a orillas de una amplia bahía que comparte con Laredo y rodeada por el monte Buciero, que le otorga una silueta inconfundible. Su ubicación estratégica, protegida y con un puerto natural, ha determinado su historia desde la Antigüedad hasta nuestros días.
Los orígenes de Santoña se remontan a la época romana, cuando ya existía un asentamiento conocido como Portus Victoriae Iuliobrigensium, relacionado con la actual bahía. Sin embargo, el verdadero auge de la villa comenzó en la Edad Media. En el siglo X se fundó el monasterio de San Salvador, núcleo en torno al cual creció el primitivo poblado. En el siglo XIII, Santoña recibió el fuero de las Cuatro Villas de la Costa del Mar —junto con Santander, Laredo y San Vicente de la Barquera—, integrándose así en una importante red de puertos que comerciaban activamente con el norte de Europa.
Durante la Edad Moderna, Santoña consolidó su papel como puerto pesquero y defensivo. En los siglos XVII y XVIII, debido a su posición estratégica en la costa cantábrica, fue fortificada para proteger la bahía de incursiones extranjeras. De este periodo proceden muchas de las construcciones militares que aún se conservan, como el Fuerte de San Martín, el Fuerte de San Carlos y el Fuerte del Mazo (también conocido como “El Dueso”). Estas fortificaciones forman parte del principal patrimonio histórico de la villa y ofrecen un testimonio excepcional de la arquitectura militar costera.
En el casco urbano destacan también la iglesia de Santa María del Puerto, una joya del arte románico-gótico, originaria del siglo XIII y vinculada al antiguo monasterio fundacional. En su interior se conservan interesantes tallas y un bello retablo mayor. La villa cuenta, además, con una arquitectura civil de gran interés, como las casas solariegas de los siglos XVIII y XIX, y un paseo marítimo que refleja la prosperidad de Santoña durante la época moderna.
No obstante, si hay un elemento que define la identidad de Santoña es su relación con el mar. Desde tiempos antiguos, la pesca y la elaboración de productos del mar han sido los principales medios de vida de sus habitantes. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la llegada de empresarios italianos introdujo nuevas técnicas de conservación del pescado, especialmente de la anchoa en salazón y en aceite, lo que dio origen a una industria conservera que convirtió a Santoña en un referente mundial. A día de hoy, las conserveras de anchoa siguen siendo el motor económico y el símbolo de la villa, reconocidas por la calidad artesanal de sus productos.
En las últimas décadas, el turismo y los servicios asociados han adquirido también gran importancia, impulsados por el atractivo natural del entorno: las marismas de Santoña, Victoria y Joyel, declaradas Parque Natural, forman uno de los humedales más valiosos del norte de España y refugio de aves migratorias. Además, la cercanía del monte Buciero ofrece rutas de senderismo que combinan paisaje, historia y naturaleza.
Hoy, es una localidad dinámica que ha sabido conservar su espíritu marinero. Sus calles, su puerto y su tradición conservera conviven con la vida turística y cultural, manteniendo viva la esencia de un pueblo que mira al mar como fuente de historia, riqueza y orgullo.
Estando en Santoña, deseo poner en valor a uno de sus hijos más ilustres, si no el que más: Juan de la Cosa. Fue uno de los marinos y cartógrafos más destacados de la Era de los Descubrimientos. Nació en Santoña, Cantabria, hacia 1460, y dedicó su vida al mar, convirtiéndose en una figura clave en las primeras exploraciones del Nuevo Mundo. Aunque su nombre no es tan célebre como el de Cristóbal Colón o Américo Vespucio, su aportación al conocimiento geográfico y a la expansión ultramarina española fue decisiva.
De la Cosa comenzó su carrera como navegante y propietario de naves en el comercio atlántico. En 1492 formó parte de la primera expedición de Colón, siendo el dueño y maestre de la carabela La Santa María, la nao capitana del viaje que culminó con el descubrimiento de América. Cuando el navío encalló en las costas de La Española, Juan de la Cosa fue uno de los hombres que ayudaron a construir el fuerte de La Navidad, primer asentamiento español en el Nuevo Mundo.
Participó también en el segundo viaje colombino (1493-1496), y su experiencia acumulada en aquellas travesías le convirtió en una figura de confianza para los Reyes Católicos. En los años siguientes navegó al servicio de diversos exploradores, como Alonso de Ojeda y Rodrigo de Bastidas, explorando amplios tramos de las costas de Venezuela, Colombia y Panamá. Fue precisamente junto a Ojeda y con la compañía de Américo Vespucio cuando recorrió el litoral norte de Sudamérica en 1499, un viaje fundamental para el conocimiento de aquellas tierras.
Su fama, sin embargo, se cimentó sobre todo en su labor como cartógrafo. En 1500 elaboró su célebre mapa mundi, conocido como el “Mapa de Juan de la Cosa”, considerado el primer mapamundi que representa las costas del continente americano. Este documento, dibujado sobre pergamino y conservado hoy en el Museo Naval de Madrid, constituye una de las joyas de la cartografía universal. En él se combinan la tradición medieval con los nuevos descubrimientos, mostrando el esfuerzo por comprender un mundo en expansión.
En años posteriores, Juan de la Cosa continuó navegando y explorando al servicio de la Corona española, participando en nuevas expediciones al Caribe y Tierra Firme. En 1509 acompañó a Alonso de Ojeda en su última campaña en las costas de la actual Colombia, donde perdió la vida en combate contra los indígenas en las cercanías de Turbaco.
Su legado perdura como el de un hombre de acción y de ciencia. Juan de la Cosa encarna la figura del marino renacentista: intrépido, práctico y a la vez profundamente consciente de la trascendencia de su tiempo, cuando el mundo se abría ante los ojos de Europa y el mapa del planeta comenzaba a tomar la forma que hoy conocemos.
Dos horas más de viaje me llevan a la tercera localidad de importancia que visitaré en el día de hoy: Noja, una villa costera situada en la comarca de Trasmiera, en el oriente de Cantabria. Sus orígenes se remontan a la Edad Media. Aparece citada por primera vez en documentos del siglo XI, cuando formaba parte de las propiedades del monasterio de Santa María del Puerto (Santoña). Durante siglos fue una pequeña comunidad agrícola y pesquera dentro de la Merindad de Trasmiera, territorio que destacó por la habilidad de sus canteros y maestros de obra, muchos de los cuales participaron en la construcción de catedrales y monasterios por toda España. Noja obtuvo el título de villa en 1644, otorgado por el rey Felipe IV, lo que marcó su consolidación como núcleo independiente y con autonomía administrativa.
En el ámbito del patrimonio histórico y artístico, Noja conserva diversos elementos de interés. Destaca la iglesia parroquial de San Pedro, de origen medieval pero reformada en el siglo XVII. También son notables las casas solariegas y torreones de las familias hidalgas que residieron en la zona, como la Casa del Marqués de Velasco o el palacio de los Venero, ejemplos de la arquitectura señorial montañesa. En el entorno natural, sobresalen sus dos famosas playas —Ris y Trengandín—, separadas por el monte Brusco, y las marismas de Victoria y Joyel, integradas en el Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, uno de los humedales más importantes del norte de España por su biodiversidad.
Noja ha experimentado una profunda transformación a lo largo del último siglo. Tradicionalmente, sus habitantes se dedicaron a la pesca artesanal, la agricultura y la ganadería, actividades que marcaron su ritmo cotidiano hasta mediados del siglo XX. Sin embargo, a partir de los años sesenta, el municipio vivió un fuerte auge del turismo, convirtiéndose en uno de los destinos más populares de Cantabria durante la temporada estival. La belleza de sus playas, su entorno natural protegido y su oferta hostelera atrajeron a visitantes de toda España, lo que impulsó la construcción de alojamientos, restaurantes y servicios.
Hoy en día, el turismo y los servicios asociados son el pilar fundamental de la economía local, complementados por la actividad pesquera y por un incipiente sector vinculado al comercio y a la hostelería de calidad.
Después de atravesar San Miguel de Meruelo, finalizo la jornada en Güemes (pedanía de Bareyo). Esta pequeña población tiene una historia que se remonta a la Edad Media, cuando aparece mencionada en documentos vinculados al monasterio de Santa María del Puerto, en Santoña. Durante siglos, fue una pequeña comunidad agrícola dentro de la Merindad de Trasmiera, región conocida por sus canteros y artesanos que participaron en la construcción de importantes obras religiosas y civiles por toda España.
Su patrimonio histórico y artístico se centra en la iglesia parroquial de San Vicente Mártir, un edificio de origen medieval. También es conocida la Ermita de San Julián, situada en un paraje natural espléndido, desde donde se divisan amplias vistas de la costa.
En las últimas décadas, el desarrollo del turismo rural ha adquirido importancia, gracias a su cercanía a las playas de Ajo y Galizano y a su oferta de alojamientos rurales. Asimismo, la localidad es conocida por el Albergue de Güemes, fundado por el sacerdote Ernesto Bustio, que se ha convertido en un referente del Camino de Santiago del Norte y en símbolo de hospitalidad y solidaridad. Un lugar muy especial, donde tengo el privilegio de alojarme.
Lo que hace especial este lugar no es sólo su función como alojamiento, sino su modelo basado en la hospitalidad. No se trata solo de “pasar la noche”, sino de formar parte de una comunidad, en un entorno que invita a la reflexión. Como se suele decir de este albergue: «una utopía hecha realidad». Con el Padre Ernesto, un hombre totalmente lúcido a sus 88 años de edad, he tenido la oportunidad de conversar durante largo tiempo, además de escuchar atentamente sus sabios consejos.
“Uno es más que cero”
Un abrazo,
Jon
Jon
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