Queridos amigos,
Antes de emprender una nueva jornada, desayuno en compañía de Manolo, en el único bar abierto a estas horas de la mañana: La cueva de Drake. Como decía en el post de ayer, una persona con una visión de la vida muy similar a la mía. ¡Gracias Manolo!
Tras de ascender un graderío de escaleras, accedo a un espléndido paseo acondicionado por toda la costa. A lo largo del recorrido puedo contemplar numerosos cargaderos de mineral, asentados en los acantilados junto al mar. Estos enclaves fueron, en la pasada época industrial, puntos neurálgicos de carga y descarga de hierro y otros materiales, donde los buques atracaban para abastecerse o descargar sus mercancías. Hoy, personas con sensibilidad y memoria histórica están recuperando y poniendo en valor estos vestigios del pasado, integrándolos en el patrimonio de Bizkaia para que las generaciones futuras conozcan, comprendan, y valoren la importancia de este legado.
En este paseo marítimo me cruzo con personas que aprovechan las primeras horas del día para hacer deporte o simplemente dar un tranquilo paseo. De pronto, veo a una joven de unos treinta años, con un problema de obesidad muy importante. Se acerca corriendo como buenamente puede, sin que pueda evitar un sentimiento hacia ella, mezcla de empatía y tristeza.
Esa escena me hace reflexionar sobre la importancia de actuar desde el primer eslabón, desde el primer minuto. En el caso de esta mujer, ha debido transcurrir bastante tiempo sin que tomase medidas —desde un peso “normal” hasta la obesidad—, y me pregunto: ¿por qué es tan común en el ser humano demorar aquello que debe hacerse? ¿Por qué resulta tan habitual no emprender lo necesario, sobre todo cuando está en juego nuestra salud y bienestar?.
Esta falta de voluntad puede aplicarse a innumerables situaciones: en nuestra propia salud (por ejemplo, dejar de fumar), en el ámbito laboral (aceptando injusticias que deberíamos detener desde el inicio), o en la sociedad en la que vivimos (soportando corrupción, injusticias o conformándonos con servicios mediocres). Cuando algo no favorece nuestro crecimiento o mejora como personas, debemos levantarnos, plantar cara a la situación y actuar cuanto antes, en el minuto uno.
Tres horas de caminata ininterrumpida me sitúan en Castro-Urdiales. Antes habré dejado atrás dos pequeñas pedanías de esta ciudad: Ontón, situada en el extremo oriental de Cantabria; y Mioño, igualmente ubicada en un entorno natural marcado por el mar Cantábrico, los acantilados de Dícido y el verde de las colinas circundantes.
El gran cambio en la historia de Mioño llegó a partir del siglo XIX, con la explotación minera del hierro. El subsuelo de la zona contenía importantes filones, especialmente en el monte Dícido, donde se instaló una intensa actividad minera. En 1868 se construyó un cargadero de mineral que permitía embarcar directamente el hierro en los buques fondeados en la costa. Este sistema —una estructura metálica que se adentraba en el mar— es hoy uno de los principales símbolos patrimoniales de Mioño y un ejemplo del patrimonio industrial del norte de España.
El Cargadero de Dícido es el elemento patrimonial más representativo de Mioño. El actual fue reconstruido en 1938 tras la destrucción del original, diseñado en 1895 por el ingeniero francés Gustave Eiffel. La estructura, de acero y hormigón, se alza sobre el mar como un monumento a la era industrial y está declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por el Gobierno de Cantabria.
Por otra parte, Castro-Urdiales, municipio al que pertenecen estas pedanías, es una villa costera con alrededor de 34.000 habitantes, situada en el extremo oriental de Cantabria, en la frontera con el País Vasco. Su historia se remonta a la época romana, cuando se fundó la colonia de Flaviobriga en el siglo I d. C. Este asentamiento se dedicaba principalmente a actividades portuarias y comerciales, y sus restos arqueológicos —como mosaicos, termas y estructuras urbanas— aún se conservan en parte bajo el actual casco antiguo.
Tras la caída del Imperio romano, la villa mantuvo su importancia como núcleo costero y en la Edad Media pasó a formar parte del Reino de Castilla, con privilegios de villa concedidos en el siglo XII. A partir de entonces, Castro-Urdiales se consolidó como un puerto pesquero y comercial relevante del Cantábrico.
Su patrimonio histórico y arquitectónico es uno de los más destacados de Cantabria. El edificio más representativo es la iglesia gótica de Santa María de la Asunción, construida entre los siglos XIII y XV, considerada una de las mejores muestras del gótico en el norte de España. Junto a ella se encuentra el castillo-faro de Santa Ana, fortaleza medieval adaptada en el siglo XIX para albergar un faro, y la ermita de Santa Ana, un pequeño templo situado sobre un promontorio unido por el llamado Puente Medieval o Romano, que completa el conjunto monumental más emblemático de la villa.
En el casco antiguo también destacan las casas de pescadores, las murallas medievales y el ayuntamiento barroco, así como un entramado urbano que conserva el trazado original de la villa marinera.
En cuanto a sus medios económicos, tradicionalmente Castro-Urdiales ha estado ligada al mar y la pesca, especialmente la captura de anchoas y bonito, junto con la industria conservera, que tuvo un gran desarrollo entre los siglos XIX y XX. En las últimas décadas, la economía se ha diversificado: el turismo se ha convertido en un sector fundamental, gracias a su patrimonio, su puerto deportivo y sus playas (como Brazomar y Ostende), mientras que el sector servicios y la construcción también tienen un peso importante.
Además, su proximidad a Bilbao ha favorecido un notable crecimiento demográfico y urbanístico, ya que muchos habitantes trabajan en el País Vasco y residen en Castro-Urdiales, que actúa como ciudad dormitorio sin perder su identidad cántabra. En conjunto, Castro-Urdiales combina un importante legado histórico con una economía moderna basada en el turismo, los servicios y su tradicional vínculo con el mar.
Aprovecho mi paso por esta ciudad para acercarme a la maravillosa iglesia de Santa María y dedicar un momento de recogimiento en su interior en memoria de mi querido amigo Ángel, fallecido en esta localidad el pasado año, en el mes de julio. Después, tengo la oportunidad de desayunar con Mari Jose, quien fue su esposa.
Desde este punto, emprendo viaje hacia Cerdigo e Islares, ambas pequeñas pedanías de Castro-Urdiales. En Islares he tenido la suerte de comer estupendamente en el restaurante “La Abuela Santa”. Cocina tradicional y muy bien atendido por una señora de Azerbaijan con la que he tenido la oportunidad de conversar durante largo rato.
Dicen que «saco vacío se inclina y lleno se tumba». Supongo que algo así me ha sucedido en el tiempo que he necesitado para situarme en El Pontarrón de Guriezo —la capital administrativa del valle de Valle de Guriezo, en el extremo oriental de Cantabria, cerca de la frontera con Bizkaia y a pocos kilómetros de Castro‑Urdiales.
El nombre “Pontarrón” proviene del gran puente de piedra que cruza el río Agüera y que, desde la Edad Media, sirvió como paso fundamental entre Cantabria y el País Vasco. Ese puente, y la actividad comercial que generaba el tránsito de mercancías y viajeros, marcaron el origen del actual núcleo.
El valle de Guriezo aparece documentado ya en la Edad Media como parte del corregimiento de las Cuatro Villas de la Costa de la Mar, bajo jurisdicción del Reino de Castilla. Su historia está ligada a las actividades agropecuarias, la explotación de hierro y el transporte de mineral hacia los puertos cercanos de Castro-Urdiales y Ontón. Durante los siglos XVIII y XIX, el Pontarrón se consolidó como un pequeño centro administrativo y comercial del valle, donde se concentraban el ayuntamiento, las escuelas y los principales servicios. En el siglo XX, su situación estratégica junto a la carretera nacional N-634 —que une Santander con Bilbao— reforzó su papel como punto de comunicación y paso entre ambas Comunidades.
El patrimonio más emblemático del Pontarrón es precisamente el Puente Viejo sobre el río Agüera, del que toma su nombre. Se trata de una construcción de piedra de origen medieval, con varios arcos que durante siglos fue el principal paso sobre el río en la zona. Aunque ha sido restaurado en distintas épocas, conserva su estructura tradicional y es uno de los símbolos del valle.
Y por fin, Liendo, el final de la jornada. Este municipio se halla situado en la comarca de la Costa Oriental de Cantabria, a unos 57 km de la capital autonómica, Santander. Está encajado entre el valle y la costa, con una geografía que mezcla praderas, montes suaves y un litoral de acantilados.
La actividad agrícola y ganadera ha estado presente históricamente, al igual que la pesca y las labores vinculadas al mar, aunque en menor escala que en otros municipios litorales con playas extensas. Con el paso del tiempo, su cercanía a municipios más turísticos como Castro‑Urdiales o Laredo ha favorecido cierto efecto de transición: de pueblo agrícola/pesquero hacia destino de naturaleza, turismo tranquilo y calidad de vida. En el municipio se pueden admirar numerosas viviendas de gran calidad, mansiones podría decirse.
Si tuviera que resumir/definir la travesía realizada hoy, lo haría con una sola palabra: Bellísima.
“Uno es más que cero”
Un abrazo,
Jon
Jon
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