jueves, 4 de diciembre de 2025

150 - Alcalá de Guadaíra / Sevilla


Queridos amigos,

Hoy me incorporo a la vida con el propósito de afrontar la última jornada en la Vía Augusta. Sin pretenderlo, mi mente realiza un balance de la ruta, sin poder evitar pensar que, desde que saliera de Cádiz, no he coincidido con ninguna otra persona realizando esta travesía. Parece evidente que la locura únicamente ha tomado confianza conmigo.

Revestido de todo el ánimo de que dispongo, enfilo mis pasos hacia la penúltima localidad de la Vía Augusta: Alcalá de Guadaíra. Su historia se remonta a tiempos muy antiguos. Los restos arqueológicos hallados en la zona —como los del paraje Gandul— evidencian que este territorio fue habitado desde épocas prerromanas. Con la presencia romana la zona fue integrada en la estructura de asentamientos de la Bética, y más tarde, durante la dominación musulmana, su situación estratégica junto al río le proporciono especial importancia.

Su nombre actual deriva del árabe Al-Kalʿat al-Guadaíra (“castillo junto al Guadaíra”), en referencia a la fortaleza que controlaba el paso del río y defendía la zona. El 21 de septiembre de 1246 quedó bajo control cristiano tras la conquista. A partir de los siglos XIV y XV, Alcalá ya destacaba como una villa poblada, con fuerte actividad agrícola —sobre todo cereales y olivar—, lo que impulsó la construcción de numerosos molinos de harina a lo largo del río Guadaíra.

Con el paso del tiempo la villa creció, extendiéndose más allá de sus murallas medievales. Durante el siglo XIX consolidó su papel como área productora agrícola y transformadora, y su industria panadera alcanzó gran importancia. La llegada del ferrocarril en 1873, conocido como el “Tren de los Panaderos”, facilitó el transporte y distribución de pan y harina hacia Sevilla.

Hoy día, Alcalá de Guadaíra, con sus 75.000 habitantes, es uno de los municipios más poblados de la provincia de Sevilla, formando parte del area metropolitana de la capital. Entre su importante patrimonio hay que resaltar el Castillo que domina desde su cerro el valle del Guadaíra. Sus orígenes se remontan a la ocupación musulmana, aunque tras la reconquista sufrió transformaciones: la fortaleza medieval que se conserva —torre del homenaje y restos de murallas— recuerda su función defensiva. Fue declarado Monumento de Interés Histórico-Artístico en 1924. Por otra parte, a lo largo del río Guadaíra se conservan antiguos molinos y tahonas, vestigios de la tradicional industria de la harina que le valió a la ciudad el sobrenombre de “Alcalá de los Panaderos”. Este legado industrial-agrícola forma parte de su identidad histórica.

Con el paso del tiempo, la ciudad ha evolucionado: parte de su población trabaja en industrias diversas, servicios y también en puestos vinculados a la proximidad con Sevilla — muchos la han convertido en ciudad dormitorio, lo que ha generado crecimiento urbano, nuevas actividades y expansión demográfica. El sector turístico y cultural —aprovechando su patrimonio histórico, su entorno natural junto al río y su cercanía a Sevilla— aporta también valor, con visitas al castillo, rutas por los molinos, patrimonio artístico y natural.

Un último esfuerzo, concentrado en tres horas de caminata, me sitúa finalmente en Sevilla, dando así por concluida la Vía Augusta. Como siempre que regreso a esta ciudad, aprovecho para visitar el Hotel Alfonso XIII y la Catedral de Santa María, con su espléndida Giralda.

Hoy no escribiré sobre Sevilla ya que lo hice en el post 045, con motivo de la visita que realicé a esta ciudad el pasado 8 de junio. Como ya adelante días atrás (post 146) a partir de este momento abro un paréntesis de tres/cuatro meses para "poner orden" en todo lo aprendido/vivido a lo largo de los 4.028 kilómetros realizados caminando por España.

¡Muchas gracias!

“Uno es más que cero”

Un abrazo,
Jon

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miércoles, 3 de diciembre de 2025

149 - Trajano / Utrera


Queridos amigos,

Por fortuna, el día amanece radiante. Aunque hace frío, luce el sol, y esto es algo que un caminante siempre agradece. Emprendo la jornada, abordando un primer tramo hasta Trajano, una minúscula pedanía de unos 900 habitantes perteneciente al municipio de Utrera. Se fundó en 1972 como uno de los últimos pueblos de colonización levantados en las marismas del Bajo Guadalquivir. Sus primeros habitantes llegaron para trabajar sus fértiles tierras. Con el paso de los años, aquel asentamiento concebido para impulsar la agricultura se convirtió en una comunidad estable, unida y con una identidad propia.

Este sencillo núcleo urbano gira en torno a la iglesia parroquial de San Pablo, edificio que actúa como centro religioso y punto de referencia para los vecinos. En la plaza principal destaca también un busto dedicado al emperador romano Marco Ulpio Trajano, que da nombre al pueblo. Más recientemente, con motivo del cincuentenario de la fundación, se erigió una columna con relieves que evocan la llegada de los colonos y el nacimiento del pueblo, convertida ya en un símbolo de su historia.

La vida económica sigue estrechamente vinculada al campo. La agricultura continúa siendo el motor esencial del lugar, con cultivos propios de la campiña sevillana como los cereales, el olivar o el girasol. Gran parte de sus habitantes trabaja todavía en explotaciones agrícolas familiares o en fincas cercanas, lo que preserva un estilo de vida ligado a la tierra y a las labores tradicionales.

En este lugar he tenido la fortuna de descubrir un tesoro: El bar Corina. Magníficos desayunos y comida tradicional, todo ello, servido en un marco de limpieza y amabilidad. Sorprende además 
—gratamente, la relación calidad/precio.


A partir de este punto, abordo un extenso tramo final hasta Utrera. Esta localidad, en la actualidad con algo más de 52.000 habitantes, ha estado habitada desde tiempos muy antiguos. Hay vestigios en el municipio que se remontan al Neolítico, y ya en época romana la zona era conocida como “Utrícula”. Mas adelante, bajo la dominación musulmana, pasó a denominarse “Gatrera”. Su historia está marcada por varios acontecimientos relevantes. Entre ellos, destacan la Reconquista cristiana (siglo XIII), que marcó el inicio de los asentamientos con rigor histórico; la construcción del castillo (entre 1325 y 1350), que es fundamental para entender el origen de la ciudad; la declaración de Utrera como cuna histórica del flamenco (a lo largo de los siglos); y la gran inundación de 1962 y la posterior consolidación como primer productor de algodón de España en 1963, eventos que marcaron la historia social y económica moderna de la ciudad.

Con el paso del tiempo, Utrera ha ido configurando un rico patrimonio histórico y cultural. Entre sus monumentos destacan los restos del antiguo Castillo de Utrera — una fortaleza de origen almohade mencionada ya en documentos medievales —, cuya torre de homenaje se alza aún, vestigio de los antiguos recintos defensivos. También sobreviven iglesias de estilo gótico como las de Santa María de la Mesa o Santiago, además del palacio nobiliario Palacio de los condes de Vistahermosa — hoy sede del ayuntamiento — un edificio histórico y señorial. Más allá de la arquitectura, Utrera mantiene viva la tradición del toro bravo y la cría ganadera de reses bravas.

Al igual que en Jerez de la Frontera, he encontrado esta ciudad vibrante y acogedora. Hacía muchos años que no la visitaba y regresar ha sido realmente gratificante. Con la etapa de hoy finalizada, me encuentro ya a las puertas de Sevilla, donde pondré punto final a la Vía Augusta.

“Uno es más que cero”

Un abrazo
,

Jon

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martes, 2 de diciembre de 2025

148 - El Cuervo de Sevilla / Lebrija / Las Cabezas de San Juan


Queridos amigos,

Recuperado en buena medida, abandono mi alojamiento cuando aún faltan veinte minutos para las seis de la mañana. La jornada que tengo ante mí es considerablemente larga, aunque sin desniveles de importancia.

Completo un primer tramo hasta El Cuervo cuando aún no ha amanecido completamente. Aunque esta localidad pertenece oficialmente a la provincia de Sevilla, raya literalmente con Cadiz. De hecho, algunas calles del casco urbano corresponden administrativamente a un municipio gaditano vecino. Estoy en uno de los municipios más jóvenes de Andalucía. A pesar de su reciente constitución como municipio independiente en 1992, su territorio posee una trayectoria histórica ligada a las antiguas rutas que conectaban Sevilla con la Baja Andalucía. Desde época romana existen indicios de tránsito y actividad en la zona, pero fue sobre todo durante la Edad Moderna cuando el lugar adquirió relevancia gracias a su ubicación estratégica en el Camino Real entre Sevilla y Jerez. A lo largo del siglo XX, el crecimiento demográfico y económico impulsó la consolidación de un núcleo urbano propio, lo que desembocó en su segregación del municipio de Lebrija y en la formación de la actual entidad municipal.

A nivel patrimonial, El Cuervo cuenta con algunos elementos relevantes, como es el caso de la Iglesia de San José, levantada en la segunda mitad del siglo XX. Probablemente su principal patrimonio se halle en su entorno natural. El Parque Rocío de la Cámara, la Laguna de los Tollos —uno de los humedales interiores más relevantes de Andalucía, parcialmente ubicado en su término— y las zonas agrícolas que rodean el casco urbano forman parte de su identidad paisajística.

La economía de El Cuervo está estrechamente vinculada a la agricultura del Bajo Guadalquivir. Destacan cultivos como el trigo, el girasol, el algodón, la remolacha y los cítricos, así como explotaciones de olivar y otras plantaciones de regadío. La agroindustria asociada —cooperativas, empresas de transporte, almacenes agrícolas— constituye otro pilar económico relevante.

Hora y media larga de esfuerzo me sitúan en la segunda de las poblaciones que visito en el día de hoy: Lebrija. Se halla situada al sur de la provincia de Sevilla y muy próxima al límite con Cádiz, es una de las localidades con mayor riqueza histórica y cultural del Bajo Guadalquivir. Su poblamiento se remonta a la Prehistoria, como muestran restos hallados en su término municipal. Durante la época tartésica y, posteriormente, bajo dominio romano, la ciudad —conocida como Nebrissa Veneria— alcanzó relevancia gracias a su posición estratégica junto a antiguas rutas comerciales y a la fertilidad de sus tierras. En este periodo nació su figura más universal: Elio Antonio de Nebrija, humanista y autor de la primera Gramática de la lengua castellana (1492). Tras la etapa visigoda y musulmana, la ciudad pasó a manos cristianas en el siglo XIII durante la expansión castellana por el valle del Guadalquivir, consolidando su estructura urbana y su desarrollo agrícola.

El patrimonio de Lebrija es amplio y diverso. La Iglesia de Santa María de la Oliva, levantada entre los siglos XIII y XVI, es uno de sus templos más destacados, con mezcla de diferentes estilos. El Castillo de Lebrija, de origen medieval, domina la ciudad desde lo alto del cerro y conserva importantes lienzos de muralla. La Iglesia de San Benito, de fuerte impronta mudéjar, y el Convento de las Concepcionistas. Entre los edificios civiles sobresale la Casa de la Cultura–Palacio de los Duques de Medina Sidonia, así como numerosas casas solariegas que conservan patios tradicionales y elementos heráldicos. El municipio cuenta además con un destacado yacimiento arqueológico romano, visible en varios puntos urbanos, y con esculturas y espacios dedicados a Nebrija, reflejo de su legado humanista.

La economía de Lebrija se ha apoyado históricamente en la agricultura, un sector que continúa siendo fundamental. El viñedo, especialmente el destinado a los vinos y mostos del Marco de Jerez, es uno de los cultivos más emblemáticos. También tienen gran peso el trigo, el algodón y el olivar. La agroindustria —bodegas, cooperativas, almazaras y empresas de transformación agrícola— constituye un pilar económico complementario.

Llueve sin pausa, aunque ligeramente. Un inconveniente con el que tendré que lidiar hasta el final de la jornada en Las Cabezas de San Juan, un municipio sevillano con una historia larga y singular dentro de la comarca del Bajo Guadalquivir. Su origen se remonta a asentamientos prerromanos, aunque fue durante la época romana cuando la zona adquirió mayor entidad gracias a su proximidad a importantes vías de comunicación. En la Edad Media pasó a manos cristianas tras la conquista del valle del Guadalquivir y quedó integrada en los dominios señoriales vinculados a los duques de Medina Sidonia. A lo largo de los siglos, la localidad ha vivido procesos de expansión ligados a la agricultura, convirtiéndose en un núcleo destacado de poblamiento rural.

El patrimonio de Las Cabezas de San Juan refleja esa herencia diversa. La Iglesia de San Juan Bautista, construida entre los siglos XV y XVIII, destaca por su mezcla de estilos arquitectónicos. El Santuario de Nuestra Señora del Rosario, muy vinculado a la devoción local, es otro de los edificios más valorados. El Convento de los Capuchinos, del siglo XVII, conserva una arquitectura sobria y representativa de la orden. En el ámbito civil, el Ayuntamiento, con su espléndida fachada, y el trazado tradicional de sus barrios históricos aportan identidad urbana. También son relevantes los restos arqueológicos dispersos por el término municipal, que evidencian su ocupación desde época antigua.

La economía del municipio continúa apoyándose en su base agrícola. El cultivo de olivar, la producción de aceite, los cítricos, los cereales y diversas plantaciones de secano y regadío constituyen las principales actividades del sector primario. La ganadería, aunque más reducida, también tiene presencia.

Hoy también he tenido la oportunidad de conversar con varias personas sobre el propósito de mi viaje en favor de la regeneración política en España. En sus rostros he percibido una mezcla de sorpresa, incredulidad y admiración.

Mientras almorzaba en un restaurante he leído una noticia que me ha llamado profundamente la atención. Según el periódico, la Junta de Andalucía facilitará legalmente la caza y eliminación del mayor número posible de jabalíes para frenar una eventual expansión de la peste porcina en la Comunidad.

Cuesta entender que se promueva la eliminación de animales sanos mientras, al mismo tiempo, existen granjas donde los cerdos se crían en condiciones de suciedad extrema. En mi recorrido por España he visto instalaciones ganaderas —de vacas, cerdos y gallinas— donde los animales viven entre excrementos y en un entorno claramente insalubre, completamente privados de libertad. Sin embargo, ni para la Administración ni para los inspectores de sanidad parece que esto constituya maltrato animal. Tampoco para buena parte de la ciudadanía.

Hubo un tiempo en este país en el que se cuidaba y respetaba a los animales, hasta el punto de que muchos eran considerados parte de la familia y llevaban incluso nombre propio. La avaricia desmedida y el entramado legal español y europeo nos han llevado a la situación actual, donde el dinero pesa más que el buen hacer y que una economía sostenible y de proximidad. Y, por lo que parece, esto tampoco inquieta demasiado a la Administración. Será cuestión de dejarlo para otro día…

Es, simplemente, mi opinión.

“Uno es más que cero”

Un abrazo,
Jon

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lunes, 1 de diciembre de 2025

147 - San Fernando / Puerto Real / El Puerto de Santa María / Jerez de la Frontera


Queridos amigos,

Con determinación (y sueño), emprendo la caminata al encuentro de la primera de las localidades que visitaré en el día de hoy: San Fernando. Situada en pleno corazón de la Bahía de Cádiz, esta es una ciudad con una historia profundamente vinculada al mar y a las fuerzas armadas. Sus orígenes se remontan a asentamientos romanos asociados a actividades salineras y marítimas, aunque su configuración urbana comenzó a definirse en época andalusí. Tras la conquista castellana, el territorio pasó a depender de la ciudad de Cádiz y más tarde de la Casa de Medina Sidonia. Su verdadero despegue llegó entre los siglos XVIII y XIX, cuando se convirtió en un importante núcleo militar y administrativo, sede de instituciones navales clave. Uno de los episodios más destacados de su historia ocurrió en 1810, cuando las Cortes Generales se reunieron en la entonces llamada Isla de León, haciendo de San Fernando el escenario donde se inició el proceso que culminaría con la Constitución de 1812, la primera carta magna liberal de España
.


El patrimonio de San Fernando refleja esta trayectoria militar, civil y religiosa. Su monumento más emblemático es el Real Teatro de las Cortes, lugar donde se gestaron las sesiones previas a la Constitución. La Iglesia Mayor de San Pedro y San Pablo, de estilo barroco y neoclásico, alberga símbolos ligados a las Cortes y a la historia constitucional. La ciudad cuenta además con un excepcional patrimonio militar: el Castillo de San Romualdo, de origen medieval y rehabilitado como espacio cultural; el Panteón de Marinos Ilustres, impresionante conjunto neoclásico donde descansan figuras destacadas de la historia naval española; y el Arsenal de la Carraca, uno de los complejos navales más antiguos y significativos del país, donde se construyeron importantes navíos desde el siglo XVIII.

Otros elementos patrimoniales igualmente valiosos incluyen el Cerro de los Mártires y el Parque del Barrero, con restos arqueológicos y espacios naturales; la Iglesia del Carmen, ligada a la Armada; el Puente Zuazo, histórico paso fortificado que jugó un papel decisivo durante la Guerra de la Independencia; y un conjunto de salinas tradicionales, únicas en su género. El entorno natural es uno de los grandes atractivos de San Fernando: el municipio está rodeado de marismas, caños y senderos que forman parte del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, un espacio de altísimo valor ecológico y paisajístico.

La economía de San Fernando ha estado tradicionalmente ligada al sector militar y naval, debido a la presencia de instalaciones como la Base de la Armada, el Arsenal de la Carraca y centros de formación militar. La industria naval y las actividades relacionadas con la defensa han sido históricamente motores de empleo. En las últimas décadas, el sector servicios ha adquirido una importancia creciente, impulsado por el comercio, la restauración y el turismo. El municipio se beneficia también de su integración en el área metropolitana de Cádiz, lo que genera empleo en sectores administrativos, educativos y sanitarios. Las salinas artesanales y la recuperación de sus paisajes asociados han impulsado el turismo de naturaleza, mientras que la gastronomía —vinculada al mar, al estero y a productos como la sal y las algas— se ha convertido en un atractivo adicional. El turismo patrimonial, orientado a su legado constitucional y naval, también se encuentra al alza.

Un segundo tramo, plano en su totalidad y con vistas al Arenal de la Carranca, me sitúan en Puerto Real, el centro geográfico de la Bahía de Cádiz, una de las localidades con mayor peso histórico y tradición industrial del litoral gaditano. Su fundación oficial se produjo en 1483, cuando los Reyes Católicos crearon la villa con el propósito de reforzar el poblamiento cristiano de la bahía tras la Reconquista. Sin embargo, el territorio estaba habitado desde mucho antes: existen restos fenicios y romanos vinculados a antiguas salinas y a actividades marítimas. Durante los siglos XVI y XVII, Puerto Real se consolidó como un enclave estratégico gracias a su astillero y a su cercanía a Cádiz, participando en el abastecimiento y servicio de las rutas atlánticas. En la Edad Moderna tuvo una intensa vida artesanal y comercial, con un trazado urbano ordenado propio de las villas fundadas por la Corona. A lo largo de los siglos XIX y XX, la expansión industrial —especialmente la naval— marcó el carácter contemporáneo del municipio y su identidad obrera.

El patrimonio de Puerto Real combina elementos religiosos, civiles e industriales de gran interés. Destaca la Iglesia Prioral de San Sebastián, edificio gótico-renacentista del siglo XVI con una magnífica portada y un interior de amplias naves. También es relevante la Iglesia de la Victoria, con un destacado retablo barroco, y la Capilla del Nazareno, ligada a la tradición cofrade local. Entre los edificios civiles sobresalen el Ayuntamiento, ejemplo de arquitectura neoclásica andaluza, y numerosas casas señoriales de los siglos XVIII y XIX, con fachadas de piedra ostionera y patios interiores característicos.

Un aspecto singular del patrimonio portorrealeño es el industrial y marítimo. El astillero histórico, origen de la actual actividad naval, representa uno de los pilares identitarios de la ciudad. El trazado urbano conserva además edificaciones y espacios vinculados a la industria salinera y a la construcción naval. El patrimonio natural es otro de sus grandes valores: el Parque Natural de la Bahía de Cádiz, que rodea buena parte del municipio, incluye marismas, caños y humedales de enorme riqueza ecológica. Lugares como el Pinar de las Canteras, pulmón verde de la ciudad, o las antiguas salinas restauradas y senderos marítimos convierten a Puerto Real en uno de los entornos más naturales de la bahía.

La economía de Puerto Real se sustenta tradicionalmente en tres pilares: industria, servicios y sector marítimo. La industria naval ha sido históricamente la actividad más representativa, vinculada al astillero de la Bahía de Cádiz, especializado en construcción, reparación y mantenimiento de buques. El sector servicios —comercio, hostelería, administración, educación y sanidad— ha crecido con fuerza gracias a la ubicación de la ciudad en el eje Cádiz–Jerez y a la presencia de centros universitarios del Campus de Puerto Real. La actividad marítima y salinera, aunque reducida en comparación con siglos pasados, sigue estando presente tanto en forma de explotación de recursos naturales como en iniciativas relacionadas con el turismo de naturaleza y la recuperación ambiental. En las últimas décadas se han sumado empresas tecnológicas, energéticas y vinculadas a la logística, aprovechando la cercanía a los grandes nodos de transporte de la bahía.

Es hora de reponer fuerzas y que mejor que hacerlo en El Puerto de Santa Maria, la tercera de las localidades que visito en el día de hoy. Ubicada en la bahía de Cádiz, también es una ciudad con una historia profundamente ligada al mar, al comercio atlántico y a la viticultura. Su origen se remonta a la Antigüedad: según la tradición, fue fundada por el caudillo griego Menesteo, aunque los restos arqueológicos apuntan a un asentamiento tartésico y más tarde romano conocido como Portus Gaditanus, puerto complementario de la vecina Gades. Tras la etapa visigoda y la ocupación andalusí —cuando recibió el nombre de Alcanatif—, la ciudad pasó a manos cristianas en el siglo XIII. Durante los siglos XV al XVIII, El Puerto vivió un esplendor notable gracias a las rutas comerciales con América y al auge de los vinos del Marco de Jerez, convirtiéndose en un punto clave para el tráfico marítimo y para las grandes casas de cargadores. En la Edad Contemporánea continuó creciendo como ciudad mercantil, bodeguera y turística, especialmente a partir del siglo XIX.

El patrimonio del Puerto de Santa María es amplio y de gran valor arquitectónico. Su monumento más emblemático es el Castillo de San Marcos, una fortaleza de origen islámico transformada durante la reconquista en santuario cristiano; conserva vestigios de la antigua mezquita y una impresionante torre defensiva. La ciudad alberga también un conjunto de casas-palacio de los siglos XVII y XVIII, construidas por familias acomodadas vinculadas al comercio americano, como el Palacio de Araníbar, el Palacio de Valdivieso o la Casa-Palacio de Vizarrón. Entre los edificios religiosos destacan la Iglesia Mayor Prioral; la Iglesia de San Francisco y la antigua Iglesia de la Compañía de Jesús, hoy centro cultural.

Un elemento esencial del patrimonio portuense son sus bodegas históricas, pertenecientes al Marco de Jerez. Aunque no tan numerosas como en Jerez o Sanlúcar, El Puerto de Santa María alberga casas de enorme tradición como Bodegas Osborne, Caballero o Gutiérrez Colosía, cuyos cascos bodegueros, patios y naves de crianza forman parte del paisaje cultural de la ciudad. La presencia del famoso toro de Osborne, todo un icono nacional, nació precisamente de esta firma portuense.

El patrimonio natural también tiene un lugar destacado. Las playas de Valdelagrana, La Puntilla y Fuentebravía, el Parque Natural de los Toruños y Pinar de la Algaida, así como el estuario del Guadalete, aportan un entorno paisajístico privilegiado que ha marcado la identidad turística del municipio. El puerto deportivo Puerto Sherry, con actividad náutica durante todo el año, es otro símbolo de su vocación marítima.

La economía del Puerto de Santa María se sustenta en varios pilares tradicionales y modernos. La industria del vino y las bodegas siguen siendo una seña de identidad, generando actividad agrícola, logística y turística. El turismo constituye hoy uno de los sectores más importantes, impulsado por su clima, su litoral y su cercanía a Cádiz, Jerez y la Sierra. La ciudad mantiene además actividad en el sector naval y pesquero, así como en servicios vinculados al transporte, la náutica de recreo y la industria agroalimentaria.

La fatiga viste por entero mi persona cuando finalizo la jornada en Jerez de la Frontera, la ciudad más poblada de la provincia (215.000 habitantes) y con un enorme peso histórico, artístico y cultural. Sus raíces se remontan a asentamientos prerromanos, aunque fue con Roma cuando la zona adquirió especial relevancia gracias a su agricultura y a su posición estratégica entre el interior y la costa. Durante el periodo andalusí, bajo el nombre de Sherish, la ciudad floreció como núcleo urbano fortificado, con un alcázar, un tejido artesanal intenso y una huerta bien desarrollada. Tras la conquista castellana en el siglo XIII, Jerez quedó integrada en la línea fronteriza con el reino nazarí de Granada, lo que reforzó su carácter defensivo y su importancia militar. En la Edad Moderna, la ciudad vivió un auge extraordinario gracias al comercio internacional de sus vinos, que desde el siglo XVIII se convirtieron en producto estrella del mercado británico y europeo. En los siglos XIX y XX, Jerez consolidó su papel como gran capital vinatera y ecuestre del sur peninsular, ampliando su patrimonio monumental y su actividad económica.

El patrimonio de Jerez es uno de los más ricos de Andalucía. La Catedral del Salvador, levantada entre los siglos XVII y XVIII, combina elementos góticos, barrocos y neoclásicos y alberga obras destacadas como el Cristo de la Viga o el Lienzo de Zurbarán del Niño Jesús Pastor. A su lado se encuentra el Campanario, independiente de la catedral y construido sobre la antigua torre-alminar. El Alcázar de Jerez, uno de los conjuntos almohades mejor conservados de la península, ofrece murallas, torres defensivas, mezquita, baños árabes, jardines y el Palacio de Villavicencio. La ciudad posee también un amplio conjunto de iglesias gótico-mudéjares como San Dionisio, San Mateo, San Lucas o San Marcos, que muestran la continuidad arquitectónica desde la Baja Edad Media. Otros edificios religiosos de gran interés son el Claustro de Santo Domingo, de origen medieval; la Cartuja de Santa María de la Defensión, una de las cartujas más bellas de España; y diversos conventos barrocos como el de San Francisco, las Mínimas o las Clarisas.

En el ámbito civil destacan numerosas casas-palacio de los siglos XVII al XIX, símbolo de la prosperidad de las familias vinateras y nobiliarias: la Casa Pemartín, la Casa de los Marqueses de Campo Real, el Palacio Bertemati, el Palacio del Virrey Laserna o la Casa Domecq. A todo ello se suma la riqueza de los barrios históricos de San Miguel y Santiago, cuna del flamenco jerezano y lugar de nacimiento de artistas legendarios.

Un capítulo imprescindible del patrimonio jerezano son sus bodegas monumentales, auténticas “catedrales del vino”. Estos edificios, construidos entre los siglos XVIII y XIX, se caracterizan por su altura, su luz tamizada y sus grandes naves sostenidas por arquerías que generan un microclima idóneo para la crianza del vino. Bodegas como González Byass (Tío Pepe), Fundador, Lustau, Díez-Mérito, Sandeman, Williams & Humbert, Harveys, Valdespino, Emilio Hidalgo, Tradición o Barbadillo (en la cercana Sanlúcar) constituyen un patrimonio único en el mundo y representan la memoria viva del sistema de criaderas y solera, una técnica de envejecimiento exclusiva que ha dado fama internacional al Jerez–Sherry–Xérès. Muchas de estas bodegas conservan archivos históricos, tonelerías tradicionales, patios ajardinados, capillas y colecciones de arte, en algunos casos de grandísimo valor.

La economía de Jerez continúa apoyándose en esta tradición vinatera, con la producción de vinos generosos, brandies y vinagres de prestigio mundial. Los cultivos de la campiña —especialmente la vid, el trigo, los cítricos y el olivar— dan soporte al sector agrícola. La ganadería también tiene un peso notable, y la yeguada jerezana vinculada al caballo cartujano es uno de los símbolos más reconocidos de la ciudad. En las últimas décadas, el sector servicios ha experimentado una gran expansión, impulsado por el turismo enológico, ecuestre, flamenco y cultural. La ciudad cuenta además con un polo creciente de industria aeronáutica, logística, y empresas tecnológicas, apoyado por la presencia del Aeropuerto de Jerez y por su buena comunicación con toda Andalucía occidental.

Se acerca la Navidad y las calles del centro histórico de Jerez de la Frontera rebosan de gente que pasea o disfruta acomodada en las numerosas terrazas de cafeterías y restaurantes, todo ello envuelto en un espectacular escenario de luces que realza aún más el ambiente festivo. Todo un lujo…

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 

Jon

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domingo, 30 de noviembre de 2025

146 - Cádiz


Queridos amigos,

Desde que abandoné el camino por la regeneración política en San Vicente de la Barquera (Cantabria), he pasado un tiempo recuperándome de Covid, una enfermedad que sospecho contraje en un albergue de Santillana del Mar, donde compartí alojamiento con dos personas. Una de ellas estaba enferma y tosiendo durante toda la noche.

A partir de mañana —lunes— pretendo abordar un tramo de unos 200 kilómetros entre las ciudades de Cádiz y Sevilla, una ruta conocida como la Vía Augusta. Después realizaré un paréntesis de tres/cuatro meses para "poner orden" en todo lo aprendido/vivido a lo largo de los 4.000 kilómetros realizados caminando por España.

Hoy os presento aquí, el punto de inicio de esa travesía: Cádiz "La Tacita de Plata". Esta ciudad se halla situada en el extremo suroccidental de la península ibérica. Abrazada prácticamente en su totalidad por el océano Atlántico, cuenta en la actualidad con algo más de 110.000 habitantes. Esta considerada la ciudad más antigua de Occidente habitada de manera ininterrumpida. Cádiz posee más de tres mil años de historia, una cronología única que ha dejado una huella profunda en su fisonomía, su cultura y su identidad. Su origen se remonta en torno al 1100 a. C., cuando los fenicios fundaron Gadir, una isla fortificada concebida como centro estratégico para el comercio de metales y productos procedentes del interior peninsular. Con el paso de los siglos, la ciudad pasaría a manos cartaginesas y más tarde romanas, adoptando el nombre de Gades y convirtiéndose en una urbe próspera, rica en actividad comercial y plenamente integrada en la dinámica del Imperio. La etapa visigoda y posteriormente la musulmana dejaron también su impronta, hasta la conquista cristiana en el siglo XIII, momento en el que Cádiz comenzó a perfilarse como un puerto clave en las rutas atlánticas.

El periodo de mayor esplendor llegaría durante la Edad Moderna, especialmente desde el siglo XVII. Tras el descubrimiento de América, Cádiz fue desplazando progresivamente a Sevilla como centro del comercio ultramarino hasta convertirse en la puerta de entrada y salida del tráfico con el Nuevo Mundo. La instalación de la Casa de Contratación en 1717 consolidó definitivamente su protagonismo económico. A través de sus muelles circulaban plata, productos exóticos, artesanía, textiles y un sinfín de mercancías procedentes de todo el ámbito colonial. Esta intensa actividad atrajo a comerciantes extranjeros, intelectuales y marinos que alimentaron un ambiente cosmopolita poco habitual en la España de la época. Cádiz se transformó en una ciudad abierta al mundo, culta y bulliciosa, cuya vitalidad se reflejó en la construcción de palacios, torres-mirador —erigidas para vigilar la llegada de barcos— y en una vida social estrechamente vinculada al mar.

El patrimonio arquitectónico y cultural de Cádiz es un reflejo vivo de esa larga y compleja trayectoria histórica. La Catedral Nueva, iniciada en 1722 y concluida en el siglo XIX, exhibe una mezcla de estilos y una inconfundible cúpula dorada que destaca en el perfil de la ciudad. A pocos pasos de ella se encuentra la Catedral Vieja, testimonio de épocas anteriores, y el Teatro Romano, uno de los mayores de la Hispania romana, descubierto en 1980 bajo el barrio del Pópulo. El Gran Teatro Falla, con su inconfundible fachada de ladrillo visto y estilo neomudéjar, constituye hoy un símbolo cultural incontestable. Allí se celebra el Concurso Oficial de Agrupaciones del Carnaval de Cádiz, cuya creatividad y sentido del humor proyectan la identidad gaditana a todo el país. Las murallas y baluartes que rodean la ciudad, especialmente la Puerta de Tierra, el Castillo de Santa Catalina y el Castillo de San Sebastián, completan un paisaje urbano en el que el pasado militar y marinero convive con la vida cotidiana contemporánea. A ello se suman barrios emblemáticos como La Viña, el Mentidero o el Pópulo, donde las calles estrechas, las plazas luminosas y el aroma del mar crean una atmósfera singularmente gaditana.

Cádiz ha tenido desde siempre una estrecha relación con el mar. El comercio marítimo, la pesca, los astilleros y la actividad portuaria constituyen sus pilares económicos tradicionales. A lo largo del siglo XX y XXI, estos sectores se han complementado con un peso creciente de los servicios, la administración pública, la educación superior —con la Universidad de Cádiz como actor fundamental en investigación y desarrollo— y, de forma muy destacada, el turismo. Las playas urbanas, como La Caleta, vinculada a escenas míticas del cine y al imaginario gaditano, o la extensa Playa de la Victoria, junto con un clima templado y un patrimonio cultural rico y diverso, conforman una oferta turística sólida que nutre buena parte de la economía local. La Bahía de Cádiz, por su parte, mantiene una notable actividad industrial y logística, especialmente en sectores como los astilleros y el transporte de mercancías.

Quiero mencionar alguna de las muchas anécdotas curiosas que definen el carácter del pueblo gaditano. Una de las más célebres tiene lugar durante la Guerra de la Independencia. En 1810, cuando gran parte del territorio español había sucumbido a la ocupación napoleónica, Cádiz resistió heroicamente un largo asedio. Su posición geográfica, casi insular, y su fortificación natural permitían la llegada de suministros por mar, lo que la convirtió en el último bastión de la resistencia española. Se dice que, mientras los franceses bombardeaban la ciudad desde el cercano fuerte de Matagorda, los gaditanos respondían con ingenio y sátira, lanzando versos burlescos y mensajes irónicos que ridiculizaban al enemigo. Esta actitud desafiante y humorística se convirtió en un sello del carácter local. En ese clima de resistencia, dinamismo intelectual y apertura al mundo se reunieron las Cortes de Cádiz, que dieron lugar a la Constitución de 1812, conocida como La Pepa, un hito fundamental en la historia del constitucionalismo español y europeo, y un símbolo del espíritu liberal y modernizador de 
la época.

Quiero d
ejar constancia en este post de mi opinión sobre la convocatoria realizada hoy (30 de noviembre) en Madrid por Alberto Núñez Feijóo (PP) en contra del Gobierno de España. Un acto que titularé "Quítate tú para ponerme yo". Es lamentable que, a día de hoy, ninguno de los partidos políticos contemple entre sus propuestas una verdadera regeneración política en este país, donde la democracia está ausente, o al menos, parece no tener cabida. Vivimos bajo una partitocracia en la que los ciudadanos somos meros espectadores y, además, víctimas de normativas y leyes que, en muchos casos, son perversas e injustas.

El sistema político actual es corrupto desde sus cimientos, por lo que es urgente llevar a cabo una regeneración política profunda; en otras palabras, abrir un proceso constituyente con el objetivo de redactar una nueva Constitución que acabe con la corrupción, mejore la eficiencia y el control de los servicios públicos, y ponga fin a este "gallinero" en que se ha convertido la política. Esta nueva Constitución debe abordar, entre otras, las siguientes cuestiones:
  • Elecciones con listas abiertas en los diferentes ámbitos de la Administración del Estado. Las personas con condenas firmes no podrán votar hasta cumplir con su condena. Además, para ser candidato electoral, será requisito indispensable tener al menos 30 años.
  • Abolición de los aforamientos en todos los niveles.
  • Garantizar una separación clara de poderes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial).
  • Fortalecer la independencia del sistema judicial, dotándola de los recursos humanos y económicos necesarios para su correcto funcionamiento. Además, implementar jurados mixtos, 50% jueces, 50% ciudadanos elegidos por sorteo.
  • Abolición de la prescripción de delitos, sin excepción.
  • Reducir la edad penal a los 16 años.
  • Proteger la propiedad privada de manera firme.
  • Responsabilidad subsidiaria de los partidos políticos por los delitos cometidos por sus afiliados o representantes.
  • La cuestiones de gran repercusión social deben someterse a referéndum, como por ejemplo la nacionalización masiva de extranjeros.
  • Compensar las ayudas sociales con trabajos comunitarios. Todas las ayudas del Estado estarán centralizadas en un registro único, que será cruzado con los de otros países de la Unión Europea. Aquellos que cometan fraude en la recepción de ayudas quedarán excluidos permanentemente del sistema; y si son extranjeros, serán deportados a su país de origen.
  • Prohibir que los sindicatos reciban ayudas económicas del Estado bajo ningún concepto, y someterlos a la fiscalización de Hacienda.
No es aceptable convocar una manifestación sin presentar una propuesta seria de cambio, que contemple puntos tan cruciales como los que he mencionado. Desde la Constitución de 1978, hemos sido testigos de un sinfín de abusos, corruptelas, privilegios y atropellos a los derechos de los ciudadanos por parte de los diversos gobiernos que hemos tenido. El pueblo ha permanecido al margen, más allá de aplaudir sin entender.

Podría hablar de los medios de comunicación, cómplices en muchos casos de esta “democracia de pesebre” que tenemos, y de la Unión Europea, principal responsable de los grandes daños que sufre el medio rural en España. En gran medida, han destruido el futuro de los agricultores y ganaderos, imponiendo normativas injustas y una burocracia absurda, creada en muchas ocasiones desde la arrogancia de quienes no distinguen un buitre de una gallina. Más grave aún, han logrado acabar con la sabiduría y el conocimiento de nuestros agricultores y ganaderos. Hoy en día, los jóvenes tienen un conocimiento mínimo o nulo sobre el medio rural. Con frecuencia afirmo que las ciudades ejercen una dictadura despiadada sobre el medio rural, y así nos va…

Estando en Cádiz, sustento esta propuesta de regeneración política en la historia, en las Cortes de Cádiz de 1812, buscando lo
grar un cambio político que represente todo un símbolo, una raya en el agua que sirva de guía para las futuras generaciones.

Quienes me conocen s
aben que llevo a Andalucía en el corazón. A lo largo de mi vida he realizado incontables viajes por esta Comunidad y he tenido la oportunidad de conocer gran parte de sus ocho provincias. Ahora abro una ventana en el tiempo para recorrer a pie Cádiz y Sevilla, una experiencia que, sin duda, me reportará momentos inolvidables.

Acompañaré la caminata con unos buenos vinos: Finos, manzanilla, amontillado..., o palo cortado.

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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martes, 4 de noviembre de 2025

145 - Arroyo / Oreña / Caborredondo / Cigüenza / Cóbreces / Trasierra / La Iglesia / Pando / Comillas / La Revilla / San Vicente de la Barquera


Queridos amigos,

He dormido en la misma estancia con dos “ilustres” ciudadanos de centro Europa. Ayer noche tuvimos nuestro primer conato de amistad. Nada comparado con lo sucedido hoy por la mañana. Ha sido necesaria más de una hora interminable con ruidos de todo tipo, hasta conseguir que sus eminencias lograran embalar su equipaje y salir de la habitación. Yo comprendo las enormes dificultades que tienen muchos de ellos para introducir sus enseres en las bolsas de plástico, para abrir/cerrar las puertas, o las cremalleras de sus mochilas. De verdad que lo entiendo… Puedo asegurar que se han realizado mudanzas con menos ajetreo y más educación.

Con la temperatura corporal en su punto más alto, inicio el camino hacia Comillas, primer gran hito de la jornada, situada a unos veintitrés kilómetros de distancia. La ruta discurre entre verdes valles, prados infinitos y pequeñas aldeas que salpican el paisaje como si el tiempo se hubiese detenido en ellas. A lo largo del trayecto atravesaré, en este orden, ocho pequeñas pedanías que guardan el alma rural de Cantabria.
  • Arroyo, vinculada a Santillana del Mar.
  • Oreña, parte de Alfoz de Lloredo, localidad situada en un entorno bellísimo, donde se pueden admirar numerosas casas de piedra diseminadas por el valle.
  • Caborredondo, perteneciente al municipio de Calbarros.
  • Cigüenza, minúscula localidad vinculada a Alfoz de Lloredo, con la Iglesia de San Martín de Tours y la Casa de Allende como monumentos de gran relevancia.
  • Cóbreces, perteneciente al municipio de Alfoz de Lloredo.
  • Trasierra, parte del municipio de Ruiloba.
  • La Iglesia, igualmente perteneciente a Ruiloba.
  • Y finalmente, Pando, también pedanía de Ruiloba.
Cinco horas de caminata ininterrumpida, sin servicios de ningún tipo en estas localidades, me sitúan finalmente en Comillas, una villa costera con poco más de dos mil habitantes situada en parte occidental de Cantabria. Este pequeño municipio se alza entre verdes colinas y acantilados que miran al Cantábrico, guardando en su interior un legado cultural y artístico que la distingue como uno de los lugares más hermosos y singulares del norte de España.

Sus orígenes se remontan a la Edad Media, cuando era un pequeño puerto pesquero y agrícola. Durante siglos, la vida de sus habitantes giró en torno al mar, la tierra y las estaciones. Sin embargo, el verdadero esplendor de Comillas llegó en el siglo XIX, cuando los llamados “indianos” —emigrantes que hicieron fortuna en América— regresaron a su tierra natal y transformaron por completo su fisonomía. Entre ellos destacó Antonio López y López, el primer marqués de Comillas, quien impulsó la construcción de palacetes, capillas y obras modernistas que hoy conforman la esencia artística del pueblo. Gracias a su mecenazgo, la villa se convirtió en un centro de arquitectura y cultura de primer nivel, atrayendo a artistas y arquitectos de renombre, entre ellos Antoni Gaudí.

El patrimonio de Comillas es extraordinario para un lugar de su tamaño. En la parte alta se alza el Palacio de Sobrellano, una joya neogótica rodeada de jardines, junto a la Capilla-Panteón del marqués, obra maestra del arquitecto Joan Martorell. Muy cerca, la monumental Universidad Pontificia de Comillas domina el paisaje con su mezcla de estilos gótico, mudéjar y modernista, símbolo del esplendor intelectual de la villa en tiempos pasados. Pero si hay un edificio que resume la singularidad de Comillas, ese es El Capricho de Gaudí, una casa llena de fantasía, color y formas inspiradas en la naturaleza, construida entre 1883 y 1885, y una de las pocas obras del genial arquitecto catalán fuera de Cataluña. El casco antiguo conserva el encanto de las villas marineras del norte: calles empedradas, casas con balcones de madera y miradores floridos que descienden hacia el puerto. Todo el conjunto urbano está declarado Bien de Interés Cultural, lo que asegura la preservación de su valor histórico y estético.

Lógicamente, la economía de Comillas ha cambiado con el tiempo, adaptándose a las nuevas realidades. En sus orígenes, la pesca, la ganadería y la agricultura eran el motor de la vida cotidiana. Hoy, sin abandonar del todo esas raíces, el turismo se ha convertido en su principal fuente de riqueza. Miles de visitantes llegan cada año atraídos por su patrimonio artístico, su entorno natural y su atmósfera tranquila. La hostelería, el comercio local y los servicios turísticos son las actividades predominantes, sostenidas por una población que, sin perder su identidad, ha sabido abrirse al mundo.

En Comillas —muy probablemente — sus afortunados residentes escuchen el eco de los indianos que soñaron con embellecer su tierra; en su puerto, la memoria viva de los pescadores que la sostuvieron durante siglos; y en sus edificios modernistas, la huella de un pasado que aún deslumbra. Pequeña en tamaño, pero inmensa en belleza y legado, esta ciudad bien puede representar el alma de Cantabria: discreta, elegante y profundamente unida a su paisaje.

Otras cuatro horas de esfuerzo me llevan finalmente a San Vicente de la Barquera, pasando previamente por La Revilla, una de sus pedanías más próximas. San Vicente de la Barquera es una villa situada en la costa, a unos doce kilómetros de Comillas. Con cerca de cuatro mil habitantes, este pequeño municipio conserva el encanto de los pueblos del norte, donde la vida aún transcurre al ritmo de las mareas. Sus orígenes se remontan a tiempos muy antiguos, pues en su entorno se han encontrado restos que datan de la Edad del Bronce. Durante la época romana ya era un puerto conocido, identificado como Portus Vereasueca, y más tarde, en la Edad Media, alcanzó su mayor esplendor. La villa recibió fueros y privilegios que impulsaron su desarrollo como punto estratégico de comercio y de paso en el Camino de Santiago del Norte. Durante siglos, el mar fue su sustento y su horizonte: desde su puerto salían los barcos pesqueros y mercantes.

El patrimonio de San Vicente de la Barquera es testimonio vivo de ese pasado espléndido. La imponente Iglesia de Santa María de los Ángeles, construida en estilo gótico, se alza sobre la villa como símbolo de su historia y de su fe. A sus pies se extiende la Puebla Vieja, un conjunto de calles empedradas, murallas y casonas que conservan el trazado medieval. El Castillo del Rey, en lo alto del promontorio, guarda todavía la memoria de los siglos en que la villa fue fortaleza y refugio frente a los ataques del mar y de los hombres. La Torre del Preboste y las antiguas puertas de la muralla completan este conjunto monumental, declarado Bien de Interés Cultural.

Pero más allá de su patrimonio histórico, San Vicente vive también de su paisaje. La ría que la abraza, los verdes prados que la rodean y las playas que se abren al Cantábrico forman parte del Parque Natural de Oyambre, un espacio protegido donde la naturaleza y la vida humana conviven en equilibrio. Es en este entorno donde se asienta la principal fuente de riqueza actual de la villa: el turismo. Cada año, miles de visitantes llegan atraídos por su belleza y gastronomía marinera. La pesca sigue siendo un pilar importante, con un puerto que mantiene viva la tradición de generaciones de marineros. Junto a ella, el turismo y los servicios se han convertido en la base de la economía local. Hostales, restaurantes y pequeñas empresas familiares trabajan para ofrecer una experiencia auténtica, respetuosa con la identidad del lugar. En los últimos años, además, se han impulsado proyectos de sostenibilidad y de economía azul, que buscan proteger el medio marino y diversificar los recursos de la comunidad.

Durante buena parte del día he realizado decenas de llamadas telefónicas con la esperanza de encontrar alojamiento para esta noche y para los próximos días, pero sin éxito. En toda esta franja norte, los albergues, hostales y alojamientos turísticos permanecen cerrados desde finales de octubre, la mayoría hasta los primeros días de marzo. Únicamente es posible hospedarse en hoteles, cuyos precios resultan, en estas fechas, demasiado elevados. Esta situación me obliga a detener mi camino en San Vicente de la Barquera, al menos hasta que la normalidad se restablezca. Me entristece hacerlo, pero comprendo que la hostelería también necesita su merecido tiempo de descanso. Aun así, seguiré buscando nuevas rutas y oportunidades para continuar próximamente con mi proyecto de regeneración política.

Quiero dar las gracias de corazón a todas las personas que han seguido mis pasos durante todos estos meses. Su apoyo e interés han sido, y seguirán siendo, un impulso constante en este camino.

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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lunes, 3 de noviembre de 2025

144 - Peñacastillo / Santa Cruz de Bezana / Arce / Oruña / Mar / Requejada / Barreda / Viveda / Santillana del Mar


Queridos amigos,

Tras una jornada de descanso para asistir a un evento familiar, retomo el camino de la regeneración política. Hoy afronto el tramo entre Santander y Santillana del Mar, en el que recorreré siete pedanías de diverso tamaño y dos municipios.

Comienzo la ruta en la primera de estas poblaciones: Peñacastillo, pedanía de Santander con unos 20.000 habitantes y un elevado nivel de vida. Su topónimo hace referencia a un peñasco donde se alzaba un antiguo castillo o fortificación. Conserva un interesante patrimonio material, con restos arqueológicos, vestigios romanos y huellas de la Guerra Civil Española. También destacan construcciones que evocan su pasado obrero e industrial —como la antigua acería de Nueva Montaña—, parte esencial de la memoria colectiva de la zona. Su economía combina la actividad industrial, concentrada en varios polígonos, con un sector servicios en constante desarrollo. Hoy es una de las áreas más pobladas y dinámicas del entorno de la capital cántabra.

Adosada a esta pedanía se encuentra el municipio de Santa Cruz de Bezana. Su historia está ligada al desarrollo agrícola, ganadero y marítimo de la zona, así como al auge del comercio de Santander en los siglos XVI al XVIII, que favoreció la construcción de casonas solariegas y molinos. Entre su patrimonio destacan la Iglesia de Santa Cruz, la Iglesia de San Pedro de Azoños, varias casonas montañesas y el Molino del Ronzón, además de un entorno natural privilegiado con playas como San Juan de la Canal o Covachos, integradas en el Geoparque de la Costa Quebrada. Hoy, es uno de los municipios con mayor renta media de Cantabria. Su economía se centra en el sector servicios y el turismo de costa.

Unas horas de viaje me sitúan en Arce, también conocida como Puente Arce, una población ubicada en el valle del río Pas y perteneciente al municipio de Piélagos. Cuenta con una población aproximada de 2.900 habitantes. Su historia se remonta a la Edad Media, cuando el lugar se consolidó como punto estratégico de paso gracias al puente que cruza el río Pas, del que toma su nombre. El actual puente de piedra, construido en el siglo XVIII sobre uno anterior posiblemente de origen romano, formaba parte del antiguo Camino Real que conectaba la costa con el interior. A lo largo de los siglos, Arce fue también residencia de linajes nobles cántabros, como los Ceballos-Escalante, que levantaron la Torre de Velo —una fortificación medieval que aún se conserva— y varias casas solariegas que atestiguan su pasado señorial. El patrimonio de Arce combina la arquitectura montañesa con un entorno natural excepcional. Destacan sus casonas de piedra con escudos heráldicos, la iglesia de San Juan Bautista, de origen medieval, y el Puente de Arce, que cruza el río Pas y constituye el emblema del pueblo. Con el paso del tiempo la población se ha convertido en un núcleo residencial y de servicios, favorecido por su cercanía a Santander.

A partir de este punto, siempre dentro de un escenario presidido por el color verde, cruzo cinco pequeñas pedanías: Oruña, vinculada al municipio de Piélagos. Mar y Requejada, pedanías de Polanco. Barreda, perteneciente a Torrelavega. Y finalmente, Viveda, minúscula población vinculada a Santillana del Mar, mi destino en el día de hoy.

Amigos, ¿Quién no conoce o ha oído hablar de Santillana del Mar? Sin duda, uno de lo pueblos más bonitos de España. Esta es una villa de alrededor de 4.200 habitantes, con un profundo pasado medieval que se remonta al menos al siglo IX, cuando se fundó un monasterio benedictino en honor a Santa Juliana. El nombre “Santillana” deriva de “Santa Juliana” (Juliana → Illana → Sant-illana), y aunque hay un dicho popular que la califica como “la villa de las tres mentiras” —porque ni es santa, ni llana, ni tiene mar— este apelativo refleja su identidad curiosa.

Durante la Edad Media, su situación en la ruta de peregrinación del Camino del Norte de Santiago y su monasterio/colegiata la convirtieron en centro religioso y de paso, lo que favoreció su crecimiento. En 1889 fue declarada Conjunto Histórico-Artístico. Además, dentro de su término municipal se encuentra la célebre Cueva de Altamira, famosa por sus pinturas rupestres paleolíticas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985.

El patrimonio de Santillana del Mar es muy destacable. Algunos de los elementos más significativos son:
  • La Colegiata de Santa Juliana: Un edificio de estilo románico levantado donde antes estuvo el monasterio benedictino. Es una joya arquitectónica y uno de los símbolos de la villa.
  • El casco histórico de la villa: Calles empedradas, palacios señoriales, casas con escudos, balcones de madera, etc., todo perfectamente conservado. Esta unidad histórico-artística le confiere una gran belleza.
  • La Cueva de Altamira: Esta cavidad con pinturas rupestres del Paleolítico se considera un hito universal del arte prehistórico. Eso eleva el valor cultural de todo el entorno.

A lo largo de los 37 kilómetros del recorrido he podido apreciar una sucesión de urbanizaciones y casas unifamiliares, clara evidencia de que el trayecto se desarrolla en una zona residencial que actúa como una prolongación natural de la ciudad de Santander…

Esta noche me hospedo en el alojamiento turístico Gándara, ubicado en una preciosa casa con muchos años de antigüedad. Aquí tengo la oportunidad de compartir la vida por un tiempo con Jorge, dueño del establecimiento, quien se dirige a mi como “Don Jon”. Es lo suyo, cuando hay nivel…😂

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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sábado, 1 de noviembre de 2025

143 - Somo / Pedreña / Santander


Queridos amigos,


Hoy es uno de noviembre, festividad de Todos los Santos. Mientras camino hacia Santander bajo una lluvia intensa que no concede tregua, acuden a mi memoria personas que ya no están presentes. Al volver la mirada hacia atrás, puedo ver a mis padres; a mi hermano pequeño, Kepa, que falleció muy joven; a quienes fueron mis suegros —personas buenas y honestas—; a mis abuelos… En definitiva, a seres queridos que formaron parte de mi vida y que hoy llevo en el corazón. De jóvenes, en demasiadas ocasiones, no somos conscientes ni sabemos valorar debidamente a nuestros progenitores, su esfuerzo y los sacrificios que hicieron para que pudiéramos tener una vida mejor que la suya. Hoy soy plenamente consciente de su lucha diaria por la supervivencia y el cuidado de su familia. Puedo sentir la vida de mis padres, marcada en demasiadas ocasiones por las penurias y con apenas recompensas de ningún tipo, pero también con dignidad inquebrantable. Siento también su protección, dispensada siempre desde la disciplina y el cariño. Descansen en paz❤️

Con estos pensamientos alcanzo la primera de las poblaciones que visitaré en esta jornada: Somo. Esta es una pequeña localidad costera de algo menos de 1800 habitantes situada frente a Santander, en la margen oriental de la bahía. Tradicionalmente fue un pequeño pueblo marinero y agrícola, cuyos habitantes vivían de la pesca, la recolección de mariscos y los cultivos locales. Su historia se remonta a la Edad Media, cuando formaba parte de las antiguas jurisdicciones rurales cántabras y mantenía estrechos lazos comerciales con la capital. A partir de la segunda mitad del siglo XX, experimentó una transformación profunda con la llegada del turismo. Su extensa playa, de más de dos kilómetros y unida a la de Loredo, se convirtió en uno de los grandes atractivos de la costa cántabra, destacando por su belleza y condiciones óptimas para el surf. El arenal del Puntal, que se adentra en la bahía, es uno de sus paisajes más emblemáticos.

El patrimonio de Somo reside sobre todo en su entorno natural —playas, dunas e isla de Santa Marina— y en las tradicionales casas montañesas que aún conserva. El Centro de Surf de Somo y las numerosas escuelas especializadas han dado fama internacional al pueblo como destino deportivo y turístico. Hoy, la economía local depende principalmente del turismo y los servicios asociados: hostelería, restauración y actividades náuticas. Sin embargo, aún se mantienen algunas prácticas tradicionales, como la pesca artesanal o la pequeña ganadería.

Un esfuerzo añadido de tres kilómetros me sitúan en Pedreña. Esta es pequeña pedanía del municipio de Marina de Cudeyo. Se halla situada en la orilla sur de la bahía de Santander, frente a la capital cántabra. De origen medieval, su historia ha estado siempre ligada al mar: durante siglos sus habitantes vivieron de la pesca, la carpintería de ribera y la recolección de marisco, combinando estas tareas con la agricultura y la ganadería de subsistencia.

El pueblo conserva su encanto tradicional, con casas montañesas de piedra, la iglesia parroquial de San Pedro y un entorno natural privilegiado formado por la ría de Cubas, las marismas del Miera y las vistas hacia la bahía. Estas marismas, protegidas por su valor ecológico, son uno de los paisajes más característicos de la zona. Un punto clave en la historia moderna de Pedreña fue la creación del Real Golf de Pedreña en 1928, uno de los campos más prestigiosos de España, y el nacimiento del reconocido golfista Severiano Ballesteros, que dio fama internacional al pueblo. Hoy, su economía se basa en el turismo, los servicios y las actividades deportivas, especialmente el golf y la náutica, aunque aún subsisten algunas labores pesqueras y ganaderas.

Aquí, en el embarcadero situado frente al magnífico Restaurante Tronky donde he tenido la oportunidad de comer en numerosas ocasiones, tomo un barco que me conducirá a Santander, el final de la jornada. Esta ciudad, capital de Cantabria, con alrededor de 175.000 habitantes, se erige en la costa norte de España como una ciudad en la que confluyen historia, naturaleza y modernidad. Situada a orillas de una de las bahías más bellas del mundo —según numerosos geógrafos y viajeros—, su perfil urbano combina la tradición marinera con una elegante arquitectura y un dinamismo que la ha convertido en un referente del norte peninsular.

Sus orígenes se remontan a tiempos prerromanos, aunque su primera mención relevante aparece en época romana bajo el nombre de Portus Victoriae Iuliobrigensium. Este enclave servía de punto de conexión entre las rutas terrestres de la antigua Cantabria y el mar, y su ubicación estratégica favoreció el intercambio comercial. Tras la caída del Imperio romano, la zona fue objeto de incursiones y repoblaciones sucesivas, especialmente a partir de la Alta Edad Media.

Durante el siglo XI, el monasterio de San Emeterio y San Celedonio —en torno al cual se desarrolló el núcleo urbano— consolidó el carácter religioso y marítimo de la villa. El topónimo “Sant Emeter” acabaría derivando en el actual “Santander”. En el siglo XIII, el rey Alfonso VIII le concedió el fuero, lo que significó el reconocimiento de sus privilegios y la apertura a una etapa de prosperidad ligada al comercio marítimo. El puerto de Santander alcanzó una gran relevancia en los siglos XVI y XVII, sobre todo en la exportación de lana castellana hacia los Países Bajos e Inglaterra. Posteriormente, en el siglo XVIII, se convirtió en el principal punto de embarque de las mercancías de Castilla con destino a América, lo que impulsó el crecimiento urbano y el florecimiento de la burguesía local. En 1755, el monarca Fernando VI le otorgó el título de ciudad, y en 1801 se creó el Consulado del Mar, reforzando su papel comercial. El siglo XIX trajo consigo transformaciones notables: la construcción del muelle de Maliaño, la llegada del ferrocarril y la consolidación del barrio de El Sardinero como destino turístico de moda. Santander se convirtió en un centro de veraneo aristocrático, especialmente a raíz de las estancias estivales de la familia real, que impulsaron la edificación del Palacio de la Magdalena (1908-1912). Sin embargo, el devastador incendio de 1941 marcó un antes y un después. El fuego, avivado por un fuerte viento sur, destruyó el casco antiguo y dejó miles de personas sin hogar. La reconstrucción posterior modernizó la ciudad, abriendo amplias avenidas y reorganizando el tejido urbano, lo que dio lugar al Santander que hoy conocemos.

Su patrimonio refleja tanto su pasado histórico como su vocación marítima y cultural. La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, de estilo gótico, se alza sobre una antigua iglesia románica; su cripta, la del Cristo, conserva restos medievales de gran valor. El Palacio de la Magdalena, símbolo indiscutible de la ciudad, se levanta en una península rodeada por el mar, con jardines, acantilados y una panorámica única de la bahía. Hoy es sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, que atrae cada verano a estudiantes y académicos de todo el mundo. Entre los edificios civiles destacan el Banco Santander, cuya sede monumental en el Paseo de Pereda se ha convertido en un icono urbano, y el Gran Casino del Sardinero, ejemplo del modernismo elegante de principios del siglo XX. Otros espacios culturales de relevancia son el Centro Botín, obra del arquitecto Renzo Piano, que combina arte contemporáneo, cultura y ocio en el corazón del puerto, y el Museo Marítimo del Cantábrico, dedicado a la historia y la biología del mar que ha definido la identidad santanderina. Los parques y playas completan su patrimonio natural: el Parque de Mataleñas, el Parque de las Llamas y las playas de El Sardinero, La Magdalena o Los Peligros son espacios emblemáticos.

Históricamente, la economía de Santander se ha apoyado en tres pilares fundamentales: el puerto, la pesca y el comercio. Su puerto sigue siendo uno de los más activos del Cantábrico, especializado en tráfico de automóviles, contenedores y graneles. También mantiene conexiones regulares con puertos británicos y europeos, lo que refuerza su papel logístico y estratégico. El sector servicios, con especial protagonismo del turismo, ha adquirido una importancia creciente desde mediados del siglo XX. La ciudad ofrece una combinación de playas, patrimonio cultural y oferta gastronómica que atrae tanto al turismo nacional como internacional. La restauración, la hostelería y el comercio son, hoy en día, grandes generadores de empleo.

Además, Santander se ha posicionado como un centro de innovación y conocimiento. La Universidad de Cantabria, junto con centros de investigación y empresas tecnológicas, ha fomentado el desarrollo de sectores vinculados a la ingeniería, las energías renovables y las finanzas. En este último ámbito, el Banco Santander —fundado en la ciudad en 1857— constituye una de las mayores entidades financieras del mundo, con un enorme peso en la economía local y global.

El sector pesquero y las industrias conserveras, aunque han perdido parte de su protagonismo tradicional, siguen formando parte de la identidad económica y cultural de la región. En los últimos años, se han impulsado iniciativas orientadas al turismo sostenible, la economía azul y la digitalización de servicios urbanos, enmarcadas en el proyecto “Smart Santander”, que busca convertir la ciudad en un referente europeo de innovación urbana.

Hoy la lluvia ha sido la protagonista de la jornada...

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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viernes, 31 de octubre de 2025

142 - Laredo / Santoña / Noja / Castillo / San Miguel de Meruelo / Bareyo / Güemes


Queridos amigos,

Saliendo de Hazas de Liendo, dos horas de viaje caminando junto al mar me llevan a Laredo. Un trayecto realmente espléndido. Esta es una de las villas más emblemáticas de la costa oriental de Cantabria, situada a orillas del mar Cantábrico y protegida por el monte Buciero y la bahía de Santoña. Su historia se remonta a la Edad Media, aunque la zona estuvo habitada desde tiempos prerromanos. El nombre de Laredo aparece documentado por primera vez en el siglo XI, y ya en el siglo XIII el rey Alfonso VIII le otorgó el título de villa, junto con una serie de privilegios que la convirtieron en uno de los principales puertos del norte peninsular.

Durante la Edad Media y el Renacimiento, Laredo formó parte del Cuatro Villas de la Costa del Mar, junto con Santander, Castro Urdiales y San Vicente de la Barquera. Estas villas gozaban de fueros y derechos comerciales que las situaban en el centro del comercio marítimo entre Castilla y Europa. Desde su puerto partían mercancías como lana, hierro o madera hacia Flandes e Inglaterra, y regresaban barcos cargados de tejidos, vino o especias. Además, Laredo fue uno de los puntos de partida de Carlos I hacia Flandes en 1517, lo que subraya su importancia política y estratégica.

El casco histórico de Laredo, conocido como la Puebla Vieja, es su principal tesoro patrimonial. Declarado Conjunto Histórico-Artístico, conserva el trazado medieval de calles estrechas y empedradas, salpicadas de casas nobles, escudos heráldicos y balcones de madera. En él destacan monumentos como la iglesia de Santa María de la Asunción, una magnífica muestra del gótico cántabro iniciada en el siglo XIII, que guarda en su interior un valioso retablo flamenco del siglo XV. También son notables las antiguas murallas, la Casa de las Cuatro Témporas, la Casa de los Gutiérrez Rada o la Casona de Zarauz.

Junto a su patrimonio histórico, Laredo cuenta con un entorno natural privilegiado. Su playa de La Salvé, con más de cuatro kilómetros de arena fina, es una de las más extensas del norte de España y un referente turístico desde el siglo XIX, cuando la villa comenzó a atraer visitantes por su clima, su belleza y su ambiente veraniego. La zona del Puntal y las marismas de Santoña, Victoria y Joyel conforman además un espacio protegido de alto valor ecológico, donde conviven numerosas especies de aves migratorias.

Laredo ha evolucionado a lo largo de los siglos. Tradicionalmente, la pesca fue su principal medio de subsistencia; su puerto, activo y bien situado, sustentó una potente flota pesquera y una industria conservera que aún hoy tiene presencia. Con el paso del tiempo, el turismo se ha convertido en el motor económico de la villa, especialmente durante los meses de verano. Hoteles, restaurantes y actividades náuticas dan vida a su litoral, mientras que la agricultura y la ganadería mantienen un papel secundario en su entorno rural.

Actualmente, combina su pasado marinero con un presente abierto al turismo, los servicios y la cultura. Cada año celebra fiestas de gran arraigo como la Batalla de Flores, declarada de Interés Turístico Nacional, que llena las calles de color y música. La villa sigue siendo, como lo fue en la Edad Media, una puerta abierta al mar y un símbolo del carácter atlántico y hospitalario de Cantabria.

Dejo atrás esta localidad para dirigirme a Santoña a bordo de una de las barcas que realizan el trayecto entre ambas márgenes de la ría de Treto, entre el Puntal de Laredo y el puerto de Santoña.

A mi llegada, encuentro una ciudad bulliciosa, en contraste con Laredo. Me hallo en una de las localidades más importantes del litoral cántabro, situada al este de la región, a orillas de una amplia bahía que comparte con Laredo y rodeada por el monte Buciero, que le otorga una silueta inconfundible. Su ubicación estratégica, protegida y con un puerto natural, ha determinado su historia desde la Antigüedad hasta nuestros días.

Los orígenes de Santoña se remontan a la época romana, cuando ya existía un asentamiento conocido como Portus Victoriae Iuliobrigensium, relacionado con la actual bahía. Sin embargo, el verdadero auge de la villa comenzó en la Edad Media. En el siglo X se fundó el monasterio de San Salvador, núcleo en torno al cual creció el primitivo poblado. En el siglo XIII, Santoña recibió el fuero de las Cuatro Villas de la Costa del Mar —junto con Santander, Laredo y San Vicente de la Barquera—, integrándose así en una importante red de puertos que comerciaban activamente con el norte de Europa.

Durante la Edad Moderna, Santoña consolidó su papel como puerto pesquero y defensivo. En los siglos XVII y XVIII, debido a su posición estratégica en la costa cantábrica, fue fortificada para proteger la bahía de incursiones extranjeras. De este periodo proceden muchas de las construcciones militares que aún se conservan, como el Fuerte de San Martín, el Fuerte de San Carlos y el Fuerte del Mazo (también conocido como “El Dueso”). Estas fortificaciones forman parte del principal patrimonio histórico de la villa y ofrecen un testimonio excepcional de la arquitectura militar costera.

En el casco urbano destacan también la iglesia de Santa María del Puerto, una joya del arte románico-gótico, originaria del siglo XIII y vinculada al antiguo monasterio fundacional. En su interior se conservan interesantes tallas y un bello retablo mayor. La villa cuenta, además, con una arquitectura civil de gran interés, como las casas solariegas de los siglos XVIII y XIX, y un paseo marítimo que refleja la prosperidad de Santoña durante la época moderna.

No obstante, si hay un elemento que define la identidad de Santoña es su relación con el mar. Desde tiempos antiguos, la pesca y la elaboración de productos del mar han sido los principales medios de vida de sus habitantes. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la llegada de empresarios italianos introdujo nuevas técnicas de conservación del pescado, especialmente de la anchoa en salazón y en aceite, lo que dio origen a una industria conservera que convirtió a Santoña en un referente mundial. A día de hoy, las conserveras de anchoa siguen siendo el motor económico y el símbolo de la villa, reconocidas por la calidad artesanal de sus productos.

En las últimas décadas, el turismo y los servicios asociados han adquirido también gran importancia, impulsados por el atractivo natural del entorno: las marismas de Santoña, Victoria y Joyel, declaradas Parque Natural, forman uno de los humedales más valiosos del norte de España y refugio de aves migratorias. Además, la cercanía del monte Buciero ofrece rutas de senderismo que combinan paisaje, historia y naturaleza.

Hoy, es una localidad dinámica que ha sabido conservar su espíritu marinero. Sus calles, su puerto y su tradición conservera conviven con la vida turística y cultural, manteniendo viva la esencia de un pueblo que mira al mar como fuente de historia, riqueza y orgullo.

Estando en Santoña, deseo poner en valor a uno de sus hijos más ilustres, si no el que más: Juan de la Cosa. Fue uno de los marinos y cartógrafos más destacados de la Era de los Descubrimientos. Nació en Santoña, Cantabria, hacia 1460, y dedicó su vida al mar, convirtiéndose en una figura clave en las primeras exploraciones del Nuevo Mundo. Aunque su nombre no es tan célebre como el de Cristóbal Colón o Américo Vespucio, su aportación al conocimiento geográfico y a la expansión ultramarina española fue decisiva.

De la Cosa comenzó su carrera como navegante y propietario de naves en el comercio atlántico. En 1492 formó parte de la primera expedición de Colón, siendo el dueño y maestre de la carabela La Santa María, la nao capitana del viaje que culminó con el descubrimiento de América. Cuando el navío encalló en las costas de La Española, Juan de la Cosa fue uno de los hombres que ayudaron a construir el fuerte de La Navidad, primer asentamiento español en el Nuevo Mundo.

Participó también en el segundo viaje colombino (1493-1496), y su experiencia acumulada en aquellas travesías le convirtió en una figura de confianza para los Reyes Católicos. En los años siguientes navegó al servicio de diversos exploradores, como Alonso de Ojeda y Rodrigo de Bastidas, explorando amplios tramos de las costas de Venezuela, Colombia y Panamá. Fue precisamente junto a Ojeda y con la compañía de Américo Vespucio cuando recorrió el litoral norte de Sudamérica en 1499, un viaje fundamental para el conocimiento de aquellas tierras.

Su fama, sin embargo, se cimentó sobre todo en su labor como cartógrafo. En 1500 elaboró su célebre mapa mundi, conocido como el “Mapa de Juan de la Cosa”, considerado el primer mapamundi que representa las costas del continente americano. Este documento, dibujado sobre pergamino y conservado hoy en el Museo Naval de Madrid, constituye una de las joyas de la cartografía universal. En él se combinan la tradición medieval con los nuevos descubrimientos, mostrando el esfuerzo por comprender un mundo en expansión.

En años posteriores, Juan de la Cosa continuó navegando y explorando al servicio de la Corona española, participando en nuevas expediciones al Caribe y Tierra Firme. En 1509 acompañó a Alonso de Ojeda en su última campaña en las costas de la actual Colombia, donde perdió la vida en combate contra los indígenas en las cercanías de Turbaco.

Su legado perdura como el de un hombre de acción y de ciencia. Juan de la Cosa encarna la figura del marino renacentista: intrépido, práctico y a la vez profundamente consciente de la trascendencia de su tiempo, cuando el mundo se abría ante los ojos de Europa y el mapa del planeta comenzaba a tomar la forma que hoy conocemos.

Dos horas más de viaje me llevan a la tercera localidad de importancia que visitaré en el día de hoy: Noja, una villa costera situada en la comarca de Trasmiera, en el oriente de Cantabria. Sus orígenes se remontan a la Edad Media. Aparece citada por primera vez en documentos del siglo XI, cuando formaba parte de las propiedades del monasterio de Santa María del Puerto (Santoña). Durante siglos fue una pequeña comunidad agrícola y pesquera dentro de la Merindad de Trasmiera, territorio que destacó por la habilidad de sus canteros y maestros de obra, muchos de los cuales participaron en la construcción de catedrales y monasterios por toda España. Noja obtuvo el título de villa en 1644, otorgado por el rey Felipe IV, lo que marcó su consolidación como núcleo independiente y con autonomía administrativa.

En el ámbito del patrimonio histórico y artístico, Noja conserva diversos elementos de interés. Destaca la iglesia parroquial de San Pedro, de origen medieval pero reformada en el siglo XVII. También son notables las casas solariegas y torreones de las familias hidalgas que residieron en la zona, como la Casa del Marqués de Velasco o el palacio de los Venero, ejemplos de la arquitectura señorial montañesa. En el entorno natural, sobresalen sus dos famosas playas —Ris y Trengandín—, separadas por el monte Brusco, y las marismas de Victoria y Joyel, integradas en el Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, uno de los humedales más importantes del norte de España por su biodiversidad.

Noja ha experimentado una profunda transformación a lo largo del último siglo. Tradicionalmente, sus habitantes se dedicaron a la pesca artesanal, la agricultura y la ganadería, actividades que marcaron su ritmo cotidiano hasta mediados del siglo XX. Sin embargo, a partir de los años sesenta, el municipio vivió un fuerte auge del turismo, convirtiéndose en uno de los destinos más populares de Cantabria durante la temporada estival. La belleza de sus playas, su entorno natural protegido y su oferta hostelera atrajeron a visitantes de toda España, lo que impulsó la construcción de alojamientos, restaurantes y servicios.

Hoy en día, el turismo y los servicios asociados son el pilar fundamental de la economía local, complementados por la actividad pesquera y por un incipiente sector vinculado al comercio y a la hostelería de calidad.

Después de atravesar San Miguel de Meruelo, finalizo la jornada en Güemes (pedanía de Bareyo). Esta pequeña población tiene una historia que se remonta a la Edad Media, cuando aparece mencionada en documentos vinculados al monasterio de Santa María del Puerto, en Santoña. Durante siglos, fue una pequeña comunidad agrícola dentro de la Merindad de Trasmiera, región conocida por sus canteros y artesanos que participaron en la construcción de importantes obras religiosas y civiles por toda España.

Su patrimonio histórico y artístico se centra en la iglesia parroquial de San Vicente Mártir, un edificio de origen medieval. También es conocida la Ermita de San Julián, situada en un paraje natural espléndido, desde donde se divisan amplias vistas de la costa.

En las últimas décadas, el desarrollo del turismo rural ha adquirido importancia, gracias a su cercanía a las playas de Ajo y Galizano y a su oferta de alojamientos rurales. Asimismo, la localidad es conocida por el Albergue de Güemes, fundado por el sacerdote Ernesto Bustio, que se ha convertido en un referente del Camino de Santiago del Norte y en símbolo de hospitalidad y solidaridad. Un lugar muy especial, donde tengo el privilegio de alojarme.

Lo que hace especial este lugar no es sólo su función como alojamiento, sino su modelo basado en la hospitalidad. No se trata solo de “pasar la noche”, sino de formar parte de una comunidad, en un entorno que invita a la reflexión. Como se suele decir de este albergue: «una utopía hecha realidad». Con el Padre Ernesto, un hombre totalmente lúcido a sus 88 años de edad, he tenido la oportunidad de conversar durante largo tiempo, además de escuchar atentamente sus sabios consejos.

“Uno es más que cero”

Un abrazo, 
Jon 

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